Día 95: Encierros sobre encierros y pestes sobre pestes para los gemelos ermitaños

Por Rivelino Rueda

Aquí, donde el eslogan de la ciudad

habla de los gemelos,

tener un hermano idéntico

te sube de categoría:

como ser sicario en Ciudad Juárez,

músico en Liverpool

o llevar tetas operadas en Medellín.

De alguna forma,

si tienes un doble,

eres más parte de la ciudad

que el resto.

Protagonista del lugar,

en vez de actor de reparto.

Juan Pablo Meneses/El pueblo de gemelos

Para los gemelos Galarza el confinamiento por la pandemia sólo es un trámite pasajero. Las ventanas tapiadas de su lúgubre hogar, la hierba seca abandonada en cada rincón, el gris cerrado de las paredes enmohecidas y las persianas horizontales lacradas de polvo, son características de dos hombres que apenas se asoman a la luz y de los que nadie sabe nada.

Jonás y Abraham llegaron al barrio desde que se asentaron las primeras casas al otro lado del Río de la Piedad, entre las décadas de los cuarenta y cincuenta del siglo pasado.

A una calle de lo que apenas en el siglo pasado era un afluente caudaloso, los idénticos hermanos levantaron esa casa tipo californiana rústica. Alguien asegura que el naufragio de esa fortaleza comentó a mediados de la década de los ochenta. Otros la ubican antes, durante el sexenio de Luis Echeverría.

Es un hecho que antes hubo gloria y abundancia en ese pedazo de suelo chilango. También es un hecho que el colapso fue crudo, estrepitoso. Lo dicen los rostros fatigados y exasperados de los gemelos de gruesos bigotes, calvicie antigua, atuendos ochenteros y gruesas gafas. Para ambos la epidemia del “sarscovdos” no es más que la reiteración de un encierro eterno.

Abraham tiene la encomienda de retirar cualquier indicio de basura de las banquetas que abrazan la construcción partida por la vegetación indomable. Lo hace de forma particular: a patadas.

Lleva los desechos (botes, cubrebocas, papeles, latas, bolsas e incluso animales muertos) a las aceras de enfrente con torpes –y la mayoría de las veces fallidos—movimientos futboleros.

Jonás es de los que sólo supervisa los esfuerzos del gemelo, pero también el bíblico naufragio de la fortaleza de historias descosidas, de sofocos de ceniza y olvido. Como su gemelo, Jonás es un hombre de uno noventa de estatura, aunque los años lo han encorvado como a un ahuehuete viejo.

Es, a todas luces, el que lleva las riendas del desastre remoto, del encierro eterno, de la guerra sin cuartel contra el exterior. La plaga en este lugar es una más. La plaga, para él, es sólo aquella cosa inmaterial que hasta este sábado 21 de junio ha cargado con 20,781 mexicanos

Por eso la actitud histriónica de Abraham de desafiar a ésta y a las otras plagas que habitan en su hogar y en su mente. Por eso el estornudo abierto, sin remordimientos, escandaloso, las pocas veces que se para en la equina a tomar el sol. Por esos los escupitajos viscosos al asfalto. Por eso los ruidos metálicos en las fosas nasales.

Dicen algunos vecinos, medio en serio, medio en broma, que Jonás y Abraham sí tienen esposas, hijos y nietos. Que todos están encerrados en esa fortaleza herrumbrosa y lacerada por salitres milenarios.

Que esta historia de los gemelos es algo parecido a la película El castillo de la pureza (Arturo Ripstein, 1972). Que todos los que habitan allí, detrás de esas ventanas tapiadas con tabiques grisáceos y fortificada con herrería oxidada, forman parte de un pacto de olvido, de encierro voluntario por el mundo inservible e inhumano de allá afuera. Eso dicen. A saber.

Abraham y Jonás toleran, sólo toleran, la decisión de una manada de ocho gatos de asentarse en su jardín de escombros. Ellos los dejan quedarse y reproducirse en su barco encallado, pero sin alimentos, sin la posibilidad de entrar en los camarotes devastados por algas, corales y rémoras.

Para los gemelos no hay nada novedoso en este encierro que va por sus primeros cien días, por sus primeros tres meses. No les dice nada el olvido, la soledad, el enclaustramiento, los rituales de ermitaños, las pandemias acumuladas… Para Jonás y Abraham todo está en su sitio.

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