Día 96: Mónico comenzó a olvidar; nosotros no olvidaremos

Por Rivelino Rueda

Me gustaría hablarte de él

y de su vida (…)

Casi todo el mundo

consideraba a mi padre

indestructible,

un hombre de piel dura

y genio vivo,

que se irritaba fácilmente.

Nada más lejos de la verdad.

No todo el mundo sabía

lo mucho que sufrió

debido a los golpes

que le dio la vida

a sus seres queridos.

Philp Roth/Pastoral americana

Mónico de nuevo no me reconoció. Una vez más me confundió con Tío Nando, su hermano menor. No me preocupa. La funesta licuadora que tiene en la mente desde hace casi tres años lo orilla a olvidar cosas, nombres, acontecimientos, amigos e hijos.

Mientras “Pucho” tenga a alguien que recuerde por él y no olvide su enorme legado, sus innumerables anécdotas de una vida vivida a plenitud, el séptimo de los hijos de Mónico Rueda y Guadalupe Nieto estará a salvo del naufragio de la peste blanca.

El jueves Mónico me saludó detrás de la ventanilla y amoldó esa mirada de millones de dudas. Llevaba su cubrebocas azul. Venía del dentista. Luego amoldó esa radiante sonrisa que lo caracteriza.

Me extendió la mano. Dudé en dársela por aquello de la sana distancia. Nos dimos un apretón de mano. Me dijo Nando otra vez y otra vez le respondí: “No, Rivelino. Tu hijo”. Luego entornó la mirada y de nuevo el cosmos alrevesado sacudió su memoria… Esa memoria que nunca le fallaba cuando narraba hechos increíbles de su fascinante vida.

Quizá le relampaguearon en las ramificaciones nerviosas de su cabeza aquella casa de tablones rojos y techos de cinc donde nació, allá por 1934, en el barrio de Ignacio Allende, en la Alcaldía Azcapotzalco, a un lado de las vías del tren que venían de Buenavista e iban para el norte del país, y que dejaban al paso de cada tren un cataclismo telúrico en toda esa zona de incipiente desarrollo urbano.

O tal vez “El Faroles” se detuvo a rememorar aquel partido de futbol que jugó junto a Pelé, en el Parque Jaime J. Merino, de Poza Rica, Veracruz, el 7 de febrero de 1959, en donde el marcador fue de cinco a cinco entre la escuadra del Santos (que literalmente era la selección de Brasil que ganó la Copa del Mundo en Suecia 1958), y en donde al final del encuentro el director técnico del conjunto carioca preguntó que cómo se llamaba ese “chaparrito” con el número ocho en su espalda.

–Es “El Faroles”—le respondieron.

–Ahhhh. Me gusta su técnica—dijo el técnico santista.

Pero también es posible que la memoria del “Chiquilín” –como también le dicen—esté detenida en esos tiempos de intransigencia política, cuando llevó a su hijo menor a las urnas de votación para la elección presidencial de 1982, lo metió con él a la casilla electoral, y en la boleta dejó un mensaje: “Voto por la mamá de Miguel de la Madrid Hurtado”.

Puede que esa luz blanca lo haya trasladado a aquella ocasión donde le borró la sonrisa a un soberbio José López Portillo con una protesta espontánea de vecinos del barrio, organizada por él y reprimida por elementos del Estado Mayor Presidencial, para exigir con cartulinas, matracas, cacerolas y todo el ruido posible la reposición del servicio de agua potable en la colonia.

O puede que sea que esté detenida en ese momento que decidió no llevar a “sus muchachos” del equipo infantil de futbol París IMP a una concentración política en la campaña electoral de Carlos Salinas de Gortari, en el Deportivo Reynosa, en 1988, bajo la amenaza de los “dueños de la Liga Azcapotzalco” de que en caso de no asistir “los equipos perderán todos sus puntos en el torneo”. O cuando llegaba de las movilizaciones en el Zócalo por el desafuero de Andrés Manuel López Obrador y el fraude electoral de 2006 con la piel erizada.

Mónico, el de la contingencia diarreica el día de su boda con María Dolores, en junio de 1967, en Torreón, Coahuila. El que después del partido Argentina-Inglaterra en el Mundial de México 1986, en el Estadio Azteca (ese del gol más hermoso en la historia de este deporte por parte de Diego Armando Maradona), sacó sus aires de justiciero cuando los hooligans arremetían contra todo lo que veían a su paso, sobre todo a aficionados con la bandera albiceleste.

“El Faroles” dijo que él se aventaba el tiro, pero “con uno de mi tamaño”, cuando un traductor lanzó el reto de una pelea de dos entre un hooligan y cualquiera que levantara la mano. Mónico dio el paso al frente, pero ningún inglés lo hizo.

En el círculo de fanáticos del país que había asesinado a cientos de muchachitos tres años atrás, en la Guerra de las Malvinas, detecté a más de tres jóvenes de la estatura de mi padre. Nadie dio un paso al frente.  

 A Mónico de pronto se le arremolinaron todos los recuerdos y un día optó por ir olvidando. Por olvidar rostros, horas para dormir, objetos que había tenido en sus manos diez minutos atrás. Por desechar de su memoria momentos que marcaron su vida. Por olvidar nombres y lecturas. Por dejar que la peste blanca se llevara sabores y aromas; canciones y mares, y desiertos, y campos infinitos de futbol.

“Faroles” le cedió a esa luz blanca recuerdos que lo fueron quebrando en los últimos años: el accidente de Beto, su hijo mayor. La muerte de algunos de sus más entrañables amigos, “Pichicuaz” Garrido, Tavo Barajas, Glostora. El ya no saber nada de otro de sus compañeros inseparables en las canchas, como Hugo Frank. El buscar borrar de la memoria esos pasajes que lo fueron devastando, pero que en ese proceso se llevó más recuerdos de la cuenta.

“Pucho”. El de su Dolores eterna, su compañera inseparable de siempre. La “Dolor” que hoy lo cuida y lo procura. Ella es a la única que nunca ha desconocido en ese maremoto de olvidos. Así tenía que ser.

Mónico. El que preguntaba insistentemente hace unos meses por su primera esposa, Rosa, quien fue propietaria en algún momento del Café La Habana, y quien falleció hace dos semanas. El que también se tuvo que tragar en silencio las muertes de sus hermanas y hermanos: Tía Eloísa, Tío Miguel, Tío Luis, Tío Chavo, Tío Cato, Tía Luisa, Tía Ana. El que siempre me enseña una fotografía de todos ellos, en una Navidad de 1984, y me pregunta que quién vive aún de sus hermanos.

Tal vez hoy “El Chiquilín” esté estacionado en alguno de sus partidos de futbol con el Poza Rica, con los Pumas de la UNAM, con el Necaxa, con la Selección Nacional, con el Torreón, con el Salamanca. Tal vez esté festejando algún título en algún vestidor de algún estadio del país con sus compañeros. Tal vez esté en esa batalla campal en Guadalajara, cuando el Poza Rica y El Nacional se jugaban el ascenso en la Temporada 1962-1963, y la fanaticada ingresó al terreno de juego a tratar de linchar a los del equipo veracruzano.

Puede que también el dueño de la parrilla de carnes asadas esté gritando al viento “¡Se están acabando!” “¡Se acaban!” O tal vez dominando el balón tres horas seguidas. Él solo. Él, el balón y el mundo.

Mónico entorna sus ojillos cansados. Duda de nuevo si su hijo menor es su hermano mayor. Pregunta luego que si sigo trabajando en el periodismo. Luego que por qué ya no he ido a verlos. “Es por la epidemia papá. Acuérdate que ahorita no se puede”, le responde María Fernanda, su hija de en medio.

Hoy papá pasó a verme y de nuevo dibujó esa fascinante sonrisa. Hoy Mónico tiene todo el derecho a olvidar todo lo que quiera y a recordar lo poco o mucho que esté en su mente, pero hoy ninguno de nosotros tenemos el derecho a olvidar su maravillosa vida, su historia sin igual…

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One Thought to “Día 96: Mónico comenzó a olvidar; nosotros no olvidaremos”

  1. Miguel Alejandro Cruz

    Entrañable ese escrito Rivelino. Hiciste que recordara a mi madre y aquellos años que citas. No hace falta que me guste el futbol para sentir tu dolor y entender lo chingón que fue tu padre. Abrazo.

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