Día 98: La caracola despertó y se encontró convertida en un monstruoso ser humano

Por Rivelino Rueda

Una mañana, al despertar

de sueños intranquilos,

Gregor Samsa se encontró

en su cama convertido en

un monstruoso insecto.

Estaba boca arriba,

sobre la dura coraza

de su caparazón, y,

si levantaba un poco la cabeza,

podía ver su abovedado vientre,

marrón y

dividido por surcos arqueados.

Franz Kafka/La metamorfosis

Lo verdaderamente monstruoso para cualquier insecto en esta peste es que la premisa kafkiana se diera a la inversa. Que después de un sueño intranquilo la caracola, por ejemplo, se despertara convertido en ser humano.

Que se viera erguida, frágil y depredadora. Que se tocara la cabeza y encontrara pelos en lo que antes eran antenas. Que sintiera la necesidad de transgredir su entorno y reventara con su pie un caparazón viscoso.

Que fuera el único ser sobre la tierra en transmitir un virus entre los de su especie y que ese bicho invisible tuviera la capacidad de la aniquilación entre los mismos miembros de una comunidad… Y así hasta llegar a contagiar a 191,410 mujeres y hombres, y a matar a 23,377 personas tan solo en México. Eso sí sería una tragedia.

Un monstruoso escarabajo que despierta de un sueño intranquilo. Una metamorfosis que transforma al bicho en un aborrecible Gregor Samsa. Vaya locura.

La madre, la hermana y el padre de la caracola en la más elevada impotencia al observarla convertida en el depredador más asqueroso de toda la historia… En el único ser sobre la tierra que puede matarse a sí mismo a través de un virus, de una peste.

Hay metamorfosis en esta peste. Los insectos son más poderosos. Más seguros. La plaga humana en el confinamiento los hace más dueños de su entorno, de sus grietas, de sus madrigueras, de sus agujeros, de sus rincones, de sus escondites, de sus sepulturas a voluntad, de sus cuevas milimétricas, de sus alas y de sus vuelos. La plaga fue el líquido amniótico, el cataplasma para la vida y la plenitud de sabandijas, alimañas y larvas.

Los especímenes, los portadores, los transmisores acurrucados en sus miedos pandémicos, encerrados y apretujados como en nido de cucarachas.

Los responsables de cataclismos y tragedias, de aniquilaciones masivas entre ellos mismos; con guerras, con alimentos, con plagas, con odios y afrentas, ahí solos, temblando sus más profundos holocaustos, sudando sus miserias; solos, confinados a un encierro donde no pueden tocarse ni lamerse; donde no pueden abrazarse ni aparearse a sus anchas.

Una peste con aroma a petricor, a hojarasca mojada, a polvo lunar, a malva y moho. Una plaga armoniosa y ordenada, sin confinamientos ni atroces miedos de culpa.

Una legión de caparazones, alas, antenas, corazas, filamentos, redes microscópicas, cilios, cavidades, patas y viscosidades… Una peste que no quiere amanecer transformada en Gregor Samsa.

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