Día 99: Los postes gritan más que cualquier red social

Por Rivelino Rueda

Qué disparate.

Hay que mudarse, sobrino,

cambiar de espacio,

cambiar de piel.

Ponerse otro pellejo

sobre la carne.

Disfrazarse de alguien mejor

o peor,

no importa con tal de que

sea diferente el ropaje y el pasado.

De niño aprendí que

cualquier palacio debe ser primero

la abstracción de un ladrillo.

Eliseo Alberto/Esther en alguna parte

En cada poste una tabla de salvación, un resquicio de tierra para asirse del abismo. En cada estaca de concreto, de acero o de madera la posibilidad de subsistencia. Carteles que gritan por ayuda. Pedazos de papel lacerados de agua y viento se adhieren a los mástiles urbanos suplicando por segundos de atención.

Es el otro lenguaje de la peste. El de los símbolos en tamaño carta u oficio. El pegote de los rostros de desaparecidos. El del menú del día. El del plomero desesperado. El de la mascota perdida. El del medicamento milagroso. El de la venta de cubrebocas y gel antibacterial al mejor precio. El del postre casero y el guisado especial.

Los anuncios colocados con cinta adhesiva o engrudo de las autoridades capitalinas que insisten en “salvar vidas y quedarse en casa”. Los que promocionan la crema milagrosa. Los de las albóndigas con sopa, arroz y agua del día a cincuenta pesos con servicio a domicilio. Los de la cantina y el restaurante caro que en la nueva normalidad baja sus precios al treinta o cuarenta por ciento para no quebrar.

Una plaga que transforma hasta las más mínimas normas de hacer negocio. Una pandemia que ha encontrado refugio en esos mástiles viejos de luz o de telefonía. Esos que cargan toneladas de peso en cajas amenazantes de electricidad.

Esas que explotaron en el sismo del martes o que atraen relámpagos remotos. Ahí, en esos postes, se bifurca la desesperación, el miedo y la angustia de los tiempos de la pandemia. Los tiempos que marcan servicios de peluquería o de farmacia o domicilio. Los que ofrecen clases de música o matemáticas a distancia. Los de los tacos al pastor al dos por uno. Los de las fotografías del ladrón de autopartes que se hace pasar por bolero.

El papel escrito a mano. El que implora. El que tiene que ser colocado mil veces para que no sea olvidado. El que se adhiere al poste como rémora de mares nunca explorados. El que amanece arrancado o en un charco. El que ofrece las tortas al tres por dos o el kilo de barbacoa y consomé a domicilio.

El póster que busca distraer de los 25,060 decesos de este jueves 26 de junio y de los 25,529 casos de contagios activos, con una oferta de cinco jabones que eliminan el virus del “sarscovdos” de manera efectiva por solo doscientos pesos. El de las inyecciones a domicilio y el que advierte a la persona que está matando gatos y perros en el barrio que si lo encuentran “no se la va a acabar”.

El anuncio que suplica por el paradero de María de la Luz Sanguino Flores. El que nos recuerda que hay otras tragedias en esta contingencia epidemiológica… El que en nuestros días es un mensaje más poderoso, más humano, que cualquier red social.

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