Día de Muertos

Por Carlos Alonso Chimal Ortiz

Foto: Mónica Loya Ramírez

 

Pienso en ponerme mi mejor traje, el más caro y desgastado, ya que por lo mismo lo uso cada vez que se me requiere en ese trabajo, en donde todos se pavonean con ropa cara, pero que por dentro son unos seres sin vida, sin algún motivo para estar felices siempre. Esos cadáveres andantes que muestran solo desprecio por la gente que sí sabemos vivir, y lo que menos nos importa es si traigo una prenda con marca o no, aunque a veces me pregunto el porqué debo de ir así…

 

La gente sabe que me caga vestir de traje y usar corbatas. Tengo como seis, pero debo de aclarar que son caras. Eso a mí me vale madre, sólo fue una pose y no pasará de ser eso. Finalmente todo eso se queda aquí, en este mundo terrenal lleno de mentirosos y gente sin alma, bueno, desde que nacieron están muertos.

 

Una pose. Así es que si me conocieron sin corbata me reconocerán mejor desde lejos sin ella. Ese pedazo de trapo que es como una correa. ¿Para qué madres sirve eso? Entonces mejor me pongo esa ropa que me hace sentir bien, algo fachoso pero tampoco tan mal alineado. Ahora sí, ya estoy listo.

 

Llego a la cita y me encuentro con ese espagueti a la albondiguesa (siempre le he llamado así). Soy un adicto a las pastas, pero cuando volteo y veo esa michelada enorme, de esas que son un poquito más de un litro y de un trago te tomas unos 300 mililitros. Tus ojos se cierran y cuando los abres están más húmedos de lo normal. Entonces también ella me ve y me dice:

 

–¡Bébeme!

 

¡Sin pensarlo la hice mía! De fondo escuchaba música y risas. Siempre me he caracterizado por hacer de mis anécdotas un monólogo muy divertido para mis acompañantes. Entonces me doy cuenta que todos me escuchan atentamente, ya que mi padre el pintor, me ha dado las enseñanzas de darle consejo a un amigo, de cómo hacerle una piñata a su hija, y mi madre, la escuchante de todos mis problemas, me dan la pauta para repartir consejos.

 

No me mal entiendan, todo es una metáfora. He aprendido cosas hasta del político más malo. Al principio hacen cosas buenas y ya saben cómo termina al final, con tanta basura y mentiras que la mujer o el hombre más infiel jamás pudieran crear. Pero bueno, la cosa es que me fui acompañado de cientos de personas que iban felices. Sí, ya lo saben… He muerto.

 

Pero sé que por algo estuve aquí en este mundo de mortales y, sobre todo, que a todos los que lean esto, sepan que los quiero, aprecio, o por lo menos pasaron por mi vida, y eso es muy importante para mí, espero que yo también para algunos de ustedes. No soy la persona más perfecta del mundo, pero ¿alguien lo es? No necesitamos sacrificar a alguien para que se arrepienta de sus pecados, ahora los bloqueamos de Facebook o simplemente dejamos de pensarlos.

 

Dirán algunas personas que apenas me conocen:

 

–“¡Ah chinga!”

 

“Si apenas conozco a ese güey”. “Era mi compañero lejano del trabajo”. “Yo le vendía cigarros y cervezas”, o simplemente esos compañeros desconocidos del transporte colectivo que llegan a ser parte de tu vida. Sabes cuando están tristes o están felices porque llevan esa cara y no una máscara para caerle bien a la gente, al señor que recoge tu basura, a la señora que gana más dinero que tú en tu trabajo porque le sabe hacer la barba o lamer las botas a alguien de más rango, o al compañero que trataste mal simplemente porque tuviste un mal día. Todos ellos van a estar en el mismo lugar conmigo en cien años.

 

Ya en la puerta veo a esas personas que me han estado esperando y sobre todo cuidando en vida. Esos animalitos también están ahí para ayudarme a cruzar el río moviendo su rabito, y como dijera alguien: “No lloren por mí… ya estoy muerto y ya me lloré a mí mismo. Mejor hagamos una fiesta”.

 

Carlos Chimal 1981 – ¿?

 

Para todos mis muertos… Y los de ustedes con aprecio.

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