Don Jero, el muchachito travieso de sesenta y dos años

Por Rivelino Rueda

Foto: Mónica Loya

Los ojos de Don Jerónimo son macizos y tallados con tosquedad. Pero esa osca característica de duende gruñón se diluye con las travesuras de niño que va dejando a su paso. El disfrute es total.

El huesudo hombre de sesenta y dos años, con casaca negra de edades remotas y zapatos tenis de coalescentes ejércitos en retirada, suma una estela de carcajadas contagiosas y brinquillos endemoniados de niño malcriado.

Don Jero sabe cómo provocar la hilaridad de los vecinos clasemedieros de la Colonia Narvarte. Vulnerar su tranquilidad pendenciera en un domingo de “puente largo”. Primero se acerca de puntitas al edificio nuevo.

En la Calzada Casa del Obrero Mundial (ya a nadie por aquí le dice nada ese poderoso nombre que fue el germen, hace cien años, de la formación del Partido Comunista Mexicano) no circulan automóviles.

Por allá solo algún desmañando en ropa de noche paseando a un perro igual de soñoliento. Por acá Don Jero coloca las dos manos en las hileras de timbres y las desliza en tres ocasiones, como si acariciara las teclas de marfil de un piano de cola.

Dos pasitos para atrás y comienzan los gritos de rabia. Comienzan los gritos. Las perífrasis altaneras. El asaz insulto.“¡¿Quién?!” “¡Quién!” “¡Hola!” “¡Hola!” “¡¿Quién es?!” “¡¿Qué quién chingados es!” “¡Aquí hay gente que está durmiendo hijos de la chingada!” “¡Vele a tocar el culo a tu puta madre!”

Es la Babilonia bíblica en una bocina deinterfon. Don Jero ahora es el demiurgo victorioso. El numen del anciano le inyecta nuevas ideas en la ruta en línea recta que se ha trazado. Pero en este momento sólo levanta los brazos entre la chusca gresca que se reproduce en esa bocina hirviente.

La sonrisa de Don Jerónimo ni se petrifica ni se deteriora. Solo fluye en medio de una barba remota, enmarañada por el tiempo.

***

Juega a ser niño. Juega al regaño y a la aventura. Juega al juego de las carcajadas que contagian. A dos metros está el siguiente reto. Don Jero paladea una travesura bíblica. Enfila hacia el cúmulo de escayolas lastimeras y maderas podridas, que sirven como parapeto para burlar las normas de construcción inmobiliaria en la zona.

Adheridos a las tablas infladas de lluvia y a los orines nauseabundos, esperan impávidos siete sellos de clausura de la obra. Les quedan pocos segundos de existencia.

Atrás continúan los ruidos habituales del martillo, el serrucho, el taladro y el albur del albañil desmañando en eructos alcohólicos. La obra sigue. Está clausurada. Pero sigue a toda marcha.

Raaaaaaaaaajjjjjjjjjj… Don Jerónimo arranca dos sellos con ambas manos. En esos minutos habla el tono acre de un hombre que ha perdido mucho, pero que hoy paladea e irradia felicidad. Corre unos metros con los papeles desgarrados en lo alto.

Todo es agostado en el anciano. Zarandea el pecho y trenza la garganta…“¡Iiiiiuuuuuuu!” “¡Iiiiiiiuuuuu!” “¡Vuelen papalotes!” “¡Vuelen papalotes!”, grita con decibeles semíticos, antiguos, de un niño arcaico.

***

Don Jerónimo talla fervorosamente su espalda en la rugosa corteza de un pirul enmarañado en un tiempo circular. Todavía sostiene los papalotes ruinosos en las manos desvencijadas y agrestes. Suelta bocanadas de felicidad. En unos veinte metros ha cambiado mucho en la patética monotonía de muchos.

Se sabe victorioso.

Don Jero es de los que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de ceniza. Arriba de su cabeza se escucha el grito inconsolable de un pájaro. Dos brincos grotescos le dan para lanzar un nuevo zarpazo. Ahora contra el timbre solitario de un domicilio particular. Pega su cuerpo a la pared de la casa azul y, entre risitas ahogadas, escucha los lamentos de una pareja de ancianos que se asoman al balcón.

–¡Ese escuincle ya me tiene harto! ¡Siempre con las mismas estupideces!

Don Jero sólo levanta los ojos y guarda silencio. Espera que se esfume el peligro. Pero su semblante cambia cuando, frente a él, ve un automóvil VAM (Vehículos Automotrices de México) setentero. Esos amasijos familiares de formas abstractas, estilo soviético, que armaba el Estado mexicano hace medio siglo.

Camina unos pasos y lo observa por dentro. Es un automóvil azul platinado que permanece aparcado en ese mismo lugar desde hace siete años, pero que lo mantienen en perfecto estado. Don Jero lo tantea con caricias leves, como si se tratara de un animal. Parece no dar crédito a las vestiduras originales, al volante de fábrica, al tablero en perfecto estado.

–¿Le gusta?

–Tenía uno—responde no un hombre en el final de los tiempos, sino la mismísima añoranza.

–¿Y qué pasó?

Don Jerónimo encoje los hombros. El heresiarca de la funesta tranquilidad del domingo ocioso se distrae con tres bolsas transparentes que yacen en la banqueta, frente a una mueblería y tapicería con las cortinas de metal abajo.

Dentro se observan retazos de hule espuma y de virutas impasibles, tentadoras para un travieso de seis décadas.

La pícara sonrisa de niño vuelve al rostro de Don Jero.

***

No desamarra las bolsas. Demasiado complicado. Un momento extraordinario como ese no es propicio para perder el tiempo. Don Jero corta de tajo el bulto mágico. Pisotea y remueve con impetuosas patadas el montecito de hojas secas acumulado, minutos antes, por el barrendero del barrio.

La tautología nace en los labios del anciano. Repite incoherencias por la emoción de chiquillo. “¡La viruta es la viruta!” “¡Yo soy el que soy porque de niño fui hule espuma!”

Lanza por los aires el tesoro descubierto. Ha obliterado el cansancio, la pesadez del tiempo, las sacudidas del aguardiente diario, la urialita en el rostro ondulado, los bultos en los enjambres de los párpados, el crujido de tejidos y cartílagos remotos.

Don Jerónimo avanza en línea recta hacia Eje Central, hacia Bolívar o hacia Calzada de Tlalpan. Carga una bolsa despanzurrada a la espalda. Ahora cada paso del anciano es una fiesta, un bacanal dominguero. Arranca de las entrañas del bulto rizos de madera y el relleno de sillones anticuados, obsoletos.

Transmite ondas de felicidad. Cambia todo a su paso. El tiempo se mece entre grititos ahogados de niño travieso y risitas crepusculares de otras épocas. Don Jero es inextricable en su pasado, pero cristalino en su retorno a la niñez.

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