Doña Natalia, la señora de los perros carbonizados

Por Rivelino Rueda

Foto: Eréndira Negrete

A Doña Natalia Espinales le dejó de dar por ir a embriagarse (hasta perder el conocimiento) con los compas que viven en las bancas oxidadas del parque Las Américas, después de aquella noche en que tres de “esos miserables” la violaron tumultuariamente por “pinche-perra-anciana-infeliz”.

La brutal golpiza que vino después tampoco le importó tanto. Eso fue lo de menos. Lo que la destrozó y la sigue destrozando fue el “recuerdito” que le dejaron. Dos de sus amados perros aparecieron carbonizados, horas más tarde, a unas cuadras de ahí.

Todavía lleva en el pómulo derecho una cicatriz de unos siete centímetros de aquel festín de cerdos aguardentosos en estado de esquizofrenia.

Todavía es harto visible en la zona de su cráneo, a la altura de la mollera, la infertilidad del cabello que le fue arrancado de raíz. Todavía esconde con su abultada melena entrecana, casi hasta la cintura, la oreja izquierda que le fue arrancada de una mordida bestial.

Y sí. Todavía Natalia Espinales contiene el torrente de dolor cuando menciona, en débiles váguidos, a “Tuna” y a “Mugre”, los canes que primero fueron pasados por cuchillo y luego incinerados con thinner, estopas y ramas secas.

***

Eso fue en mayo de 2011, cuando la señora de unos cuarentaitantos anduvo de pareja con el tal “Margarito”, un muchacho de unos veinticinco (que aparenta de más de cincuenta años) que todas las noches deambulaba solo por las calles aledañas al parque en un estado de inconciencia etílica. Siempre lanzando escalofriantes y repetitivos bramidos de “¡Mamá! ¡Mamá! ¡No me dejes mamá!”

Doña Natalia sintió lástima por el muchacho sin dentadura, con un evidente deterioro de salud mental. Vivió siete meses con él. Le entró el amor del bueno. También lo hizo por un cosquilleo maternal.

Nunca tuvo hijos. Nunca formó una familia. La señora Espinales salió de su casa a los diecisiete. Bueno, de la casa del asqueroso hombre que abusaba sexual y físicamente de su mamá, de ella y de su hermana menor, completamente drogado y alcoholizado.

Eso fue allá a principios de los noventa. Eso fue por allá por el barrio de Santa Úrsula, al sur de la Ciudad de México.

Natalia Espinales se esfumó para siempre de esa caldera de cerdos friéndose en aceite. Huyó de ese sitio donde el perdón de la madre siempre llegaba puntual hacia ese puerco de bigote espeso, nariz de cáscara de naranja, ojeras de pervertido trasnochador y permanente olor a ron corriente, a orines concentrados y a semen putrefacto.

De la única que se despidió fue de Doña Rebeca, la señora de las golosinas de la esquina que un día se le acercó para ver si necesitaba ayuda.

Ella fue única que sintió compasión de Natalia, quizá lástima, cuando la vio deambular por las calles con un alarido trabado en el pecho; con un hilillo de sangre y esperma escurriendo por debajo de su falda, casi lamiendo sus tobillos.

Ella fue la que la llevó a su casa cuando observó a Natalia dando tumbos con esas piernecitas esqueléticas y cazcorvas de jinete viejo… con ese semblante de devastación, hastío infinito y somnífero asco de las mujeres que son víctimas de una violación.

Doña Rebeca fue la que alivió con fomentos de agua caliente, con pomada de La Campana, con menjurjes caseros y palabras de consuelo, las desgarraduras internas, las llagas tumefactas de olores nauseabundos; las huellas moradas, rojizas (aún vívidas de sangre) y negruzcas de molares, colmillos e incisivos en sus incipientes pezones de niña…

Doña Rebeca fue la que conjuró, en ese momento, el deseo de Natalia de morir ahí mismo.

***

Hubo un sueño extraño hace algunos años. Una jauría de perros hambrientos, que escurrían espumarajos de rabia por sus hocicos, devoraba a una niña y a un niño.

Los pequeños estaban desnudos en esa alucinante pesadilla. Doña Natalia Escalante trataba de detener la carnicería. Nunca pudo. Alguien la sujetaba con fuerza. Nunca vio el rostro de ese alguien en el sueño.

Despertó con su propio aullido de impotencia. Fue a principios de este siglo. Ahora recuerda.

Por allá dos de esas bestias se disputaban a muerte el cráneo cercenado de la niña. Acá la masa encefálica era deglutida por el jefe de la manada, en un gesto de placer, de tranquilidad abundante, de hipnosis sacramental.

Los animales se saciaban hundiendo sus hocicos jabonosos en los tejidos musculares del tronco arrancado del niño. Las costillas fracturadas por los poderosos colmillos. Los intestinos como trofeo de guerra. La sangre para aliviar la sed de la danza macabra.

Allá otro más deglutía, sin masticar, los ojos de alguno de esos menores.

La mujer no pudo hacer nada. Sólo llorar una semana entera. Sobrellevar la fiebre ácida. Hecha bolita entre sus propios canes. Dejar salir el sudor amarillento y fétido. Dormir a ratos para dejar de soñar.

***

Natalia arrastra los pies por las banquetas verdosas de musgo. Trompica con charcos y lodazales de verano. Necesita lentes. La vista sólo le alcanza para vigilar a sus perros. Ellos caminan a su ritmo. Sin musitar. Sin un chasquido. Sin distracciones.

Hoy son tres: “Ajo”, “Canica” y “Tierra”. La siguiente semana pueden ser otros tres diferentes, o los mismos con dos nuevos compañeros de manada, o uno solo.

Doña Natalia Espinales lleva al menos 40 años dedicándose a ello. A salvar perros de la calle. A cuidarlos y a darlos en adopción. Le cuesta despedirse de sus canes. La parte en dos.

Puede que sea absurdo. Dice lentamente que puede que esto suene absurdo. Observa la paloma azabache que levanta el vuelo a dos pasos de ahí.

Acaricia a “Tierra”. Repite que puede parecer absurdo.

Que la única que la acompañó cuando abandonó su hogar. Que la única que la animó a seguir la caminata. Que la única que le sirvió de almohada, de cobija, de andadera. Que la única que le secó las lágrimas y que aulló todas las desgracias a su lado, fue “Espina”, una hembra con pelaje de ardilla, una guerrera en un cuerpo de muñeca, una compañera que murió ya chimuela por la edad el 18 de octubre de 1998.

Sólo pide una cosa cuando entrega a sus compañeros. Que la vayan a visitar algún día. Que la busquen. Seguramente estará por ahí, buscando perros, salvándolos de la podredumbre humana, de las jaurías infernales que se asumen superiores. Nada más eso.

***

Casi no tomaba. Por ahí de vez en cuando una cervecita en la época de calor. Había y ha visto desfilar, desde hace ya casi veinte años, a las mujeres y hombres que viven de destrozar sus entrañas, día a día, en las bancas de la zona sur del parque de Las Américas.

Unos se van. Otros vienen. No queda ninguno de la alineación original. Si acaso sólo recuerdos de algunos que se han ido transmitiendo de generación en generación. Y las generaciones aquí no son de más de tres años.

Mucho se habla del “Libanés”. Un hombre adinerado del barrio que se gastó su fortuna en invitar a todos, todos los días, los “chupes” más caros. Eran tiempos de esplendor en ese sitio. Corría el alcohol fino y hasta policías judiciales iban a embriagarse. Todo era camaradería y pachanga. Había cocaína o mota a la mano. Llegaban a juntarse hasta cuarenta briagos en una jardinera. Nunca hubo problemas.

La decadencia comenzó cuando el “Libanés” se puso necio de que quería ir solo por unos cigarros. Fue un lunes de febrero de 2001. En la noche. No pasaban de las ocho. Cruzó Diagonal San Antonio entre los enormes camiones de mudanzas que ya forman parte del paisaje en esa avenida de camellón.

El conductor de uno de esos mastodontes de carga de objetos suntuosos clase medieros realizaba maniobras marcha atrás. El “Libanés” observaba hacia el lado contrario. No estaba en ese momento el “viene-viene”. Se había ido a comprar unas tortas a dos calles.

El golpe fue seco. Letal. Lo dobló de inmediato y cayó inconsciente a la cinta asfáltica. Luego todo el tonelaje de ese animal laminado, su inmensidad entera, aplastaron el cráneo del “Libanés”.

“–¿Ha oído cuando se cae una sandía al piso? ¿No? ¿Ni en el mercado? Pues así se oyó”.

A la semana siguiente, en un operativo policiaco, agarraron a todos los compas que aún lloraban a su mecenas. La familia del “Libanés” solicitó ese servicio a las autoridades. Los acusaron de haber provocado la muerte del hombre de unos cincuenta años. Todos se fueron al tambo. Salieron tres días más tarde. No había pruebas. Lo peor no fue el encierro. Lo peor fue la mortal cruda que padecieron ahí dentro.

Ya no fue lo mismo. Muchos ya no regresaron. Sólo se quedaron los que estaban más enfermos. Los que bajaban al inframundo en los minutos que no tenían alcohol suficiente en las arterias. Los que eran flagelados con serpientes negras por mujeres sin rostro, vestidas de blanco.

Los que se quedaban suspendidos en un vértigo infernal cuando la botella del aguardiente barato se quedaba seca. Los que vomitaban sangre en las madrugadas, cagaban coágulos negros en las mañanas y orinaban pus en sus propios pantalones.

Por ahí pasaba Doña Natalia Espinales todos los días. A veces se quedaba a echarse una copita. Pa’ qué le voy a mentir. Así se enteró de esas historias. Luego se quedaba más tiempo. Pero eso fue después, cuando conoció al tal “Margarito”.

***

De ese tal “Margarito” no se sabe mucho. Alguna desgracia, alguna zancadilla del destino, algún coletazo de crueldad humana lo arrojó hasta aquí. Llegó frágil, vulnerable, herido a muerte. Nada ha cambiado mucho.

El muchacho con cara de bebé de pecho, con bigote incipiente y ojillos hinchados de excesos; con cabello de púas negras, agrestes, necias, llegó una tarde soleada, cuando los compas aprovechan para extender sus mantas, cobijas y frazadas quiméricas, en árboles y jardineras.

“Margarito” era un amasijo de hematomas y cuarteaduras. Berreaba miedo y babeaba espumas púrpuras. Convulsionaba de fiebres y dolores. “¡Mamá!” “¡Mamá!” “¡No me dejes mamá!”

Lo único a la mano para sanarlo era el líquido amarillento de los “panalitos” de a doce pesos, que pasaban de boca en boca de los compas. Luego frotaban al recién llegado con ese brebaje. Le colocaban compresas de “Tonayan” en la frente.

Descubrieron que el “Anís Mico” era mágico para desinflamar los golpes del rostro. También descubrieron que a “Margarito” le entró el gusto por el trago. ¿Cómo decirle que no? La terapia etílica duró dos semanas. La recuperación llegó. El muchacho se quedó. Pero no por mucho tiempo.

A los pocos días se esfumó. Nadie supo de su paradero. Así pasa seguido con los nuevos. Pero alguien lo vio por el Jardín López Velarde, el que está frente al Centro Médico Siglo XXI, donde estaba el Multifamiliar Juárez, el que fue demolido después del terremoto del 85.

En todas sus estancias el lamento era el mismo. La madre perdida. La medre muerta. La madre que lo abandonó. La madre que lo busca. La madre que lo espera. “Margarito” no dice nada. Nunca ha hablado de ello. Sólo berrea con un dolor seco, hiriente, profundo.

***

Natalia Espinales no se acuerda bien a bien el día en que conoció a “Margarito”. Ha de haber sido uno de esos días en los que todos se dispersan de su matadero cotidiano, de su rastro de formoles aromáticos, para sacar sus propias pesadillas en la más despiadada soledad.

Unos allá tirados como trapos debajo de los postes. Otros tiritando de un frío infernal, encobijados en gruesas frazadas de lana que arropan los delirios más lacerantes, los espejismos más abominables. Por acá uno más desafiando la gravedad más absurda, arañando con las uñas filosas y ennegrecidas paredes, techos, cúpulas, ladrillos y pavimentos.

Los chillidos de rata en la voz fermentada de “Margarito” llamaron la atención de la señora de los perros. La cara de niño hinchado. El dolor deambulando a rastras, en un cuerpo melancólico y deforme. Las manos de globo rojo de feria. La sonrisa fugaz del chimuelo abotargado de infinitos químicos amarillentos. El soplo infantil del andar a tientas, con el cosmos torcido, con el tiempo a cuestas,

Caminar juntos. Luego tomarse las manos. Mirarse a los ojos. Asimilar que mierda hay para todos. Que la chingada, tarde o temprano, nos carga a todos. Tocarse los labios. Palpitar. Acompañarse en las noches. Construir una carpa con cobijas viejas, impregnadas de miseria; con ramas caídas o arrancadas de árboles soñolientos. Abrazarse. Acariciar la piel herida, hacinada de miedos, de dolores, de punzadas rugosas.

Aquella noche ya cumplían dieciocho días sin parar de beber. En el embrutecimiento colectivo aparecieron, como imágenes fantasmales, un señor y dos muchachos. Así pasaba siempre. Muchos llegaban, se quedaban unos días y se iban. Nadie sabía nada más de ellos. Pero estos extraños traían la maldad encima.

Llegaron con “armamento” abundante. Lo compartieron. Eso generó un poco de confianza. En la última gota de aguardiente comenzó la sequía, la locura cerrada, el “tú-te-lo-acabaste-hijo-de-la-chingada-ahora-compra-otro”, el “pinches-muertos-de-hambre-¿qué-no-saben-robar?”.

Ya con las lenguas volteadas, con los paladares ardiendo, con los ojos reventados en roja sal, con el vómito negro en el esófago, se fueron contra “Margarito”. “Tú-qué-me-ves-pinche-retrasado-mental. O-consigues-algo-o-te-carga-la-verga”. Natalia estaba dormida. La despertaron los gritos de todos. El ruido hueco, repetitivo, del cráneo de su muchachito cuando lo estrellaban contra el pavimento.

“No-te-metas-pinche-vieja-culera-o-a-ti-también-te-toca” Sintió un golpe seco en la nuca. El ladrido de sus perros. Luces deformadas. Hasta ahí. Todos se hicieron pendejos. “Margarito” desapareció más de un año. Sabía que estaba en el parque de La Álamos. Nunca fue a buscarlo.

Tuvo el coraje de ir a levantar el cascajo negro de “Tuna” y “Mugre”, de oler su miedo, su desesperación, sus vuelcos de dolor chamuscado. De ella no habla. No tiene ganas. Dice que eso es lo menos importante.

***

De vez en vez, sobre todo cuando el calor arrecia, Doña Natalia Espinales se teje una maravillosa trenza plateada que cae soberbia en su espalda; es como un entrecruce de ríos, una cópula de afluentes gruesos, abultados, impecables.

También teje historias. Zurce palabras desgarradoras, brutales, lapidarias. Zurce liviano entre cerdos, en un rastro de ciegos. Hoy te toca a ti. Mañana a mí. Pasado ya veremos.

“Ajo”, “Canica” y “Tierra” no se separan a más de dos metros. Doña Natalia ya dejó el trago. Ya mejor le saca la vuelta a los compas del parque. A “Margarito” a veces lo ve de lejos y escucha melancólica sus berridos maternales.

Va para los cincuenta y treinta los ha dedicado a tejer historias. De la gente de Santa Úrsula no sabe nada. Tampoco de los tres “miserables” de aquella noche de animales enfermos. No quiere saber nada. No le interesa. Ahora toda su vida son sus perros.

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One Thought to “Doña Natalia, la señora de los perros carbonizados”

  1. Yeni Avendaño

    Una gran pluma la que relata la historia de doña Natalia. Me conmovió mucho, en cada línea me transmitió emociones y me transportó al lado de la protagonista.

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