¿Dónde está mi Óscar?

Por Astrid Perellón

 

En los viajes largos ya de noche, veía por la ventana las gotas de agua mientras escuchábamos Universal Stereo. De la nada, mi cerebro comenzaba a soñar despierta con aventuras épicas. Si se ponían muy interesantes, se las compartía a mis papás. Ellos reían o comentaban. Nunca me retiraron su atención ni hicieron nada para causarme inseguridad por mi diversión mental.

 

Aún así, después de haber publicado mi primer cuento a los 6 años y otro a los 12, tardé 10 años más en animarme a publicar formalmente. Tanto era mi inseguridad por cómo recibiría el mundo lo que yo quería decir. Así se formó Astrid Perellón.

 

Otro niño, en cambio, tenía pavor de recorrer durante la noche el pasillo hacia el baño en su vieja casa, educado en una versión muy “cruda y oscura” del catolicismo de la mano de su abuela, que le solía decir que “tenía que pagar por todos sus pecados, de lo contrario sería envuelto en llamas”.

 

La abuela le metía corcholatas en los zapatos “para que sangrara y así pagara con su dolor”. Pasaba mucho tiempo solo, sobre todo leyendo y devorando imágenes horrorosas. En la televisión pasaba una serie con un mutante calvo y ojos gigantes. En su cuna, él empezó a gritar. Su psicoanalista dijo posteriormente que eso le creó una especie de síndrome de Estocolmo. De ahí que adora ahora los monstruos. Así se formó Guillermo del Toro.

 

Esta es una fábula comparativa del aquí y del ahora donde los adultos pueden hacer algo según lo que creen mejor y aún así, el niño tendrá que hallar modo de trascender sus miedos, no perder sus sueños ni la confianza aunque su entorno le parezca acelerado y confuso. Es un alivio saber que todos podemos hallar el modo de ser felices con lo que nos toca vivir de niños. La clave sería asirse de un ideal a voluntad (interno) o hallar un detonante o un metamodelo (externo); lo que haga falta para empezar a armar todas las piezas de lo que parecen sucesos inconexos de la infancia. Ya cuando llegamos a cierto momento de nuestra vida, todo cobra sentido.

 

Como en mi fábula, donde yo dije tras otros años más, al ver mis publicaciones y sus contenidos: “¡Ahhh! Con que tenía que vivir el proceso de la inseguridad a la certeza para tener cómo asesorar a otros en esa misma transmutación. ¡Ahora lo entiendo todo!”

 

Gracias a Rocío del Pilar y Ely Díaz García por sugerir el tema. Sigue mis ocurrencias también por FB: Niñoscopio.

 

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