Dos horas de tortura a Clarence Lewis, el negro….

Dos horas de tortura a Clarence Lewis, el negro de Mississippi en la Guerra de Secesión

 

Por Manuel Caballero

“Mi amo nunca me vendería al ejército. Yo le he servido por más de 20 años. He sido su perro fiel. He alimentado a su ganado y cuidado de sus tierras. No, estoy seguro que nunca lo haría”, se repetía atormentado Clarence Lewis mientras el olor fétido del mezclado y amontonado excremento de caballo, cerdo y perro, yacía a solo centímetros de su cara.

El día: la tormentosa madrugada del viernes 21 de noviembre de 1862. El lugar: La comisaria central de Vicksburg, Mississippi.

“Le repito -señor mío- debe de haber un error. Yo soy Clarence Lewis, pertenezco a la honorable familia del señor Conrad Sherman. Le juro que siempre me he portado bien y he sido un sobresaliente esclavo. No conozco a ese tal Isaiah Wallace que ustedes buscan, el que dicen ha robado y escapado, ese no soy yo.”

“Ya verás maldito negro. Todos ustedes son iguales. Las leyes de los estados confederados se hicieron para cumplirse, y ahora lo sabrás”. El comisario le escupió un gargajo en el ojo, pidió a los soldados que lo sentaran en el lodo, le fueran atadas manos, pies y cabeza viendo hacia un tronco.

Frente a él, un soldado con gesto burlón sujetaba con una cadena a un Doberman hambriento y moribundo de rabia que esperaba devorarlo. El comisario comenzó a darle de latigazos a Lewis (según él: Wallace).

Cada impacto rasgaba y reventaba su piel en carne viva con la mortal punta de cobre oxidado. Sí Clarence Lewis intentaba inclinarse o recargar su cabeza en el tronco para aliviar su dolor, el hocico implacable del perro destrozaría sus manos y brazos de inmediato.

Lewis resistió dos horas de tortura continua en una rigidez contra natura. La escena era horripilante. En los primeros 200 latigazos Clarence lloró, suplicó como un niño, destrozó su garganta pidiendo desgarradoramente piedad y clemencia.

Los ladridos interminables del perro lo ensordecieron. Los últimos 200 latigazos –que acusaban ya el cansancio del brazo derecho del comisario- los recibió enmudecido. Parecía que su cuerpo estaba allí, pero él ya no. La baba y la sangre seca, como costras, cubrían su batido rostro. La inflamación de los desorbitados ojos le daban un aspecto de cadáver. Y la lluvia helada no permitía que sus heridas comenzaran a cicatrizar. Al contrario las mantenía abiertas, punzantes y frescas.

Al perro se le aventó de comer un lechón podrido para que por fin callara y calmara su ira. Lewis fue abandonado. Permaneció inconsciente, atado al tronco, con la espalda deshecha a la intemperie, durante más de 9 horas.

Cuando despertó (gracias a un culatazo de rifle en la nuca) lo primero que vio fue el vómito del Doberman muerto. Seguía lloviendo a cántaros. Mareado y confundido preguntó qué había pasado, a lo que con saña el soldado respondió: “Sucede que por tu envidia, nuestro perro ha tenido que morir de hambre, negro”.

Lewis fue desatado, levantado y llevado a empujones de nuevo a la helada celda. Un pan duro como la piedra y té frío de color amarillento lo esperaban como desayuno. Mientras comía aturdido y taciturno le fueron leídos sus delitos y su condena: “¡Hurto, infidelidad y desobediencia al amo!”, más la violación a las leyes del estado de Mississippi. Lo sentenciaron a cadena perpetua. Pero antes de cumplirla, tenía que combatir como parte de las tropas sudistas en la guerra de secesión que se llevaba a cabo en los Estados Unidos.

Clarence Lewis fue enviado a pelear junto con otros 50 mil esclavos negros -ayer ciervos leales, hoy forajidos condenados- en las primeras líneas del batallón. Perdió su identidad, fue registrado y nombrado como Isaiah Wallace, el traicionero, el criminal.

Murió de un balazo en la cabeza el 2 de Julio de 1863 durante la Batalla de Gettysburg (la más cruel de toda la guerra). Tenía solo 28 años. Su prometida Agnes esperaba a su primer hijo. Nunca supo qué fue de él.

 

(Ejercicio de narración histórica)

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