Ecce Homo: poética trágica de La Pasión de Cristo en los…

Ecce Homo: poética trágica de La Pasión de Cristo en los barrios antiguos de la Ciudad de México.

Por Aida Maltrana

 

Pedir permiso, tocar la puerta en un barrio unido, significa lo mismo que saludar de mano y mirar a los ojos. Así fue como entré en viernes santo al barrio de La Candelaria en Coyoacán,  el que aparece en las crónicas del México antiguo y que en este siglo de la ausencia y pérdida de confianza despliega un gran letrero: “Piensa bien si entras a robar que el barrio de La Candelaria está unido y nos vamos a defender”.

«Ahí al fondo está la iglesia, donde vea usted a la gente…» -me dice la señora que vende las galletas de maíz elaboradas en el comal-.  Cruzo entre los puestos de mariscos, las tiendas de aguas frías  y abarrotes a los costados de la calle principal con las pintas y grafitis pensados para “vestir” y dar identidad.

Los altares se disponen en los patios al frente de la casa, y mi hora de llegada coincide con la del almuerzo; las familias a quienes aviso que tomaré fotografías, se preparan para «el aguante»  y ser parte así de la puesta en escena de la Pasión de Cristo, -aún no han dado la primera llamada-.

«Es muy tardada, pero es muy bonita», dicen las señoras mayores.  “Antes de Iztapalapa era La Candelaria”. Algunas de ellas vienen desde allá “Ahora nos empujan los granaderos porque le abren paso a TV Azteca y Televisa, a quienes creemos no nos dejan mirar, de aquí son mis abuelos, y me vengo mejor para acá…”

A mi arribo a la iglesia, dos hombres marcan los tiempos y organizan a la gente, con sus radios en mano. El sonido impecable crea la atmósfera de la fiesta mística con la recreación visual de una Judea mexicana, diseñada y construida en comunidad que se empodera con su sorprendente sentido de pertenencia en un país falto de liderazgos y contención territorial. El sacerdote ya salió para entonces, él no tiene la autoridad, sino quienes habitan lo que siglos atrás fuera extensión de los lagos chinamperos de Xochimilco.

El escenario en el atrio de la parroquia, limpio a la manera de un cuadro renacentista está pensado para que destaquen las indumentarias cuidadosamente perfeccionadas de acuerdo a las imágenes recordadas de la iconografía cristiana. Sobrios los mantos como las columnas imperiales de los templos romanos. En este país de escandalosa desigualdad y con respeto al libre culto me pregunto ahora ¿Cuántas personas han podido contemplar un cuadro  del Quattrocento italiano por tan sólo saber y ver, el arte por el arte y no por la gran mentira de Dios?

Mientras tanto, los puestos de antojos están llenos, es un buen día para vender;  varios nos apuntamos en la lista de espera en el único puesto donde hay banquitos bajo techo, y ahí entre los que nos hemos reunido, la naturaleza humana, la poiesis, el sol está brillante.

No se ve nadie de fuera, los habitantes comparten en casa su celebración. Los grupos de jóvenes se reúnen de poco en poco en las esquinas con un saludo cómplice con los policías encargados de mantener o sostener la apariencia de “la paz”, una tregua con el código de “comunicación abierta”.  Como que “ser del barrio” se nota con el saludo de mano a mano. Es el primer acto de la crónica, el preámbulo cotidiano.

Los patios de las casas, a la vez que son guía morada para el camino de las procesiones, se han convertido en comedores para los que llegan a los callejones del barrio. Entre puestos de hortalizas se vende la manzanilla, el manojo de hierbas que llevan las mujeres para acompañar a “Jesús” en la representación del Calvario.

La misma planta se coloca al pie de la virgen de La Candelaria adornada con flores moradas al pie del altar y al interior de la iglesia. El aroma es agradable, y en silencio, se hace el ritual para rezar. El encargado me dice que tome fotos, pero “con respeto”.

En Milpa Alta la manzanilla y las naranjas además aromatizan el presidio del hombre aquel, líder revolucionario, mártir del pasado que cargamos  a cuestas los países que no hemos alcanzado la libertad verdadera.

Afuera la vendimia, la expectativa para el segundo acto, la ficción de un pasaje bíblico, paradojas y controversias de la colonia y el mestizaje.

Todo significa en la celebración, en el acto que “imita” la tragedia que no dista del circo romano posmoderno, donde los hombres han dejado de ser héroes, o las mujeres “pitonisas”,  la barbarie que sacrifica a quien defiende a la barbarie.

Y recordé la estructura de la tragedia griega, el coro somos los de atrás, que en apariencia pasivamente expresamos y seguramente nos cuestionamos por qué contemplar un sacrificio, escondido detrás de un juicio hostil y dictatorial de un hombre que se presentó como Ecce Homo.

¿Dónde estaría la poesía en esta representación de una masacre en nombre de una palabra de fondo desconocida?

Este Vía Crucis, representado en distintas geografías… ¿Qué afronta, si no es el enojo como dice Nietzsche, “la susceptibilidad enfermiza, el no poder vengarse, el placer y la sed de venganza, todo un conjunto de venenos que representa a una persona agotada”?

En Fuentes Brotantes al sur de la ciudad de México en sábado de “gloria” sacaron el agua del río para mojar a quien se cruzaba en el camino sin importar consecuencias  forzando puertas de los vehículos;  en Xochimilco en domingo de “resurrección” los barrios aledaños, la quema de Judas es una transfiguración, el cisma del alma  -diría Toynbee-  los más jóvenes en el clímax de la tragedia cargan a cuestas el fuego cobijados por “el costumbre”  con las complejidades de las nulas expectativas para el día siguiente, cargar el torito y arrojarse por esa necesidad de “secretar la bilis”.

Ecce Homo la fatalidad del cristianismo; catársis  de la celebración, no presencié el tercer acto, colgar la culpas y expiar la herida en el Calvario.

Semana Santa, o Mayor, gran espejo mexicano para mirarse, para mirarnos… siguiendo con Nietzsche ¿Cómo ha podido equivocarse hasta ese punto no ya un individuo, ni un pueblo, sino la humanidad?

¿Y en este año las fosas en gran parte de territorio mexicano? ¿Y los feminicidios?

¿Por qué esta representación no llevarla a esta realidad en la que podríamos quemar simbólicamente a muchos Judas que han deteriorado la calidad humana de un país entero?

Por qué no ir más allá a un juicio legítimo que nos ha legado irónicamente el derecho romano para exigir aquello que se dice como promesa al viento: “y lo que no hiciere, que el pueblo me demande… “

¿Por qué no llevar las fortalezas de barrios como La Candelaria a otros y más estos miles de kilómetros de cultura ancestral?

Y no sólo la catarsis… sino los actos en sí. Como ha hecho Cherán en Michoacán, como “el costumbre” ha transfigurado a “el buen gobierno zapatista”…

Habría que entender de fondo el significado de estas celebraciones de fortalecimiento de una identidad local más allá o tras bambalinas del espectáculo que ha acaparado mediáticamente Iztapalapa,  atreverse a mirar y  desnudar nuestra diversa cultura, entender, des-hacer, re-hacer. Por lo pronto, este texto no tiene conclusiones.

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