El amor en tiempos del patriarcado.

Por Priscila Alvarado

Era tarde. La noche aplastaba al tiempo con pesadez. El frío espeso me congelaba piel, músculos y huesos de los dedos mientras sostenían el libro. El ritmo acelerado del corazón calentaba mis mejillas. Tenía el cuerpo adormecido.

El joven Werther y su insensato creador J.W Goethe, habían sumergido a una adolescente de 15 años en las miserias profundas del amor romántico. La violencia me parecía encantadora: “¿Es preciso que lo que constituye la felicidad del hombre sea también la fuente de su miseria?”. Sí, Werther, lo es, y lamento que Carlota no sepa apreciarte. Yo lo haría si pudiera materializarte.

En algún momento me deseé Carlota. Ojalá pudiera plagar la esencia de mi feminidad con sus encantos, pero soy burda y vulgar. La dinámica de mi lascividad adolescente había cimentado en el inconsciente con la pureza mórbida del amor romántico.

Multiplicaba esquemas, variaba amores. Me detenía en la monogamia y cosificaba a Carlota –que de por sí había sido creada por aquel hombrecillo blanco heteronormado– y, de paso, me auto-cosificaba como objeto de deseo, consumo y desecho para un varón (construido, en ese momento, con el personaje idealizado del “joven Werther”).

Durante mucho tiempo esa fue la raíz que definió mi concepto del amor. Creé mi identidad a través de una institución heteropatriarcal que, ahora sé,  justifica las violencias en un sistema sexo-afectivo para eliminar cualquier posibilidad de apertura en esquemas disruptivos.

La ola violenta asfixió y asesinó cualquier vértice semántico de mis posibilidades afectivas. Fui violada, golpeada, encerrada, consumida, esclavizada, sexualizada, reprimida, sobrevalorada y destruida psicológicamente. Wherther, que fue noviazgos, amistades y autoridades institucionales, me pulverizó.

Cuando cumplí 21 años el colmo de la violencia me hizo despertar. Un hombre mayor transgredió límites de mi corporalidad. De nuevo había sido utilizada para complacer la urgencia sexual –no natural– de un varón. Me tocó. Me besó. Me culpó. Me ridiculizó. ¿Y ahora qué? ¿Cómo asumirme ahora?… ¿Quién soy? 

No encontré respuestas en ningún espacio patriarcal. Acudí a la psicología, política, sociología, antropología y hasta filosofía, pero no hubo nada. Las mujeres libres eran inexistentes, no tenían identidad, y si la tenían debía cumplir con roles de maternidad, actitudes domésticas o personalidades evaluadas, y valoradas en la complacencia y el servicio de los hombres. ¿Sólo puedo ser esto?.. Me niego. 

Ante la agonía de la pérdida identitaria, me acerqué al feminismo. Werther fue sustituido por Mary Wollstonecraft, Simone de Beauvoir, Angela Davis, Julia Kristeva, Hill Collins y Christina Sommers. Mujeres que lograron configurar su esencia, destruir el apego con la feminidad y exorcizar el esquema heteropatriarcal que las poseía, a través de la filosofía.

Actualmente carezco de una identidad definida y, regularmente, navego entre machismos e infartos heteronormados. Sin embargo, la parejocracia, la sexualización y la rivalidad con otras, han sucumbido ante mi cotidianidad de posición feminista.

La máquina reflexiva seguirá andando. No dejaré de luchar para construir afectos contra-amorosos, como los nombró Neri Arriaga, que rompan la exclusividad sexual-afectiva y trastoquen la opresión sistémica del amor contra las mujeres. Ser libre es posible.

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