El cementerio de las científicas olvidadas

Por Priscila Alvarado

Los hilos aromáticos que escapan al encierro de las ollas o el puñado dulce de un buñuelo nevado con azúcar, cincelan fisonomías femeninas enclaustradas en “capacidades” culinarias que difícilmente pueden superar los roles que las sepultan en el cementerio del yugo patriarcal.

Pero existen líneas en el relato hermético y ríspido de la historia que desmembran el terreno científico, filosófico y hasta de las Bellas Artes protagonizado por la masculinidad de personajes heroicos, eternamente fundidos en el imaginario de las sociedades.

Este mantra a la virilidad evoca, involuntario e irónico, semblanzas femeninas arrumbadas intencionalmente en el pórtico de las profesiones pos-industriales. Se vislumbra de inmediato el ánima de Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, conocida como Sor Juana, con un tomo aristotélico de cocina (Acerca del alma, 1978) y algún cucharón de madera antiquísimo extraído de las cocinas monásticas del siglo XX.

En su época, Sor Juana moldeó la estética de cada azulejo y utensilio de cocina con una pluma exquisita. Sus versos y filosofía culinaria impactaron brutales en el paradigma pseudocientífico de la alquimia; sin embargo, dichas piezas, suficientes para modificar la posición de la mujer en el espacio doméstico, estuvieron ignoradas durante casi dos siglos.

Fueron los discursos feministas del siglo XXI y la lucha contra el sistema patriarcal cimentado en la ciencia, los que dieron aire a su trabajo.  La reinserción de Asbaje en la construcción científica contemporánea forma parte de una cadena copiosisima de científicas que, tras ser ignoradas, hoy intentan grabarse en la memoria colectiva a través de fechas como el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, el 11 de febrero.

Pero la trama difusa del universo científico femenino y su brecha de oportunidades continúan. A pesar de la celebración internacional, que empezó a nombrarse desde 2015, las científicas permanecen segregadas e invisibilizadas; un ejemplo evidente aterriza en el famoso premio Nobel, otorgado a “los mejores científicos” del mundo, y su numeroso listado de mujeres relevantes que estuvieron agazapadas detrás de hombres premiados.

Una de ellas fue Mileva Maric, conocida por ser la primera pareja de Albert Einstein y ficha clave en el desarrollo de los primeros trabajos del premio Nobel de Física en 1921. Sin embargo, de su ágil pensamiento y su extraordinario dominio en física y matemáticas, nada quedó escrito.

Premeditado destino también sufrieron otras mujeres, como Rosalind Franklin, responsable de importantes contribuciones a la comprensión de la estructura del ADN, del ARN, entre otras cosas; o Chien-Shiung Wu, física estadounidense nacida en China, colaboradora en el Proyecto Manhattan, donde contribuyó a desarrollar el proceso para separar el uranio metálico en isótopos de uranio-235 y uranio-238 mediante difusión gaseosa.

Otro Jinete del Apocalipsis que encamina a las féminas al padecimiento de las instituciones altamente masculinizadas, se monta en el corcel de la economía. De acuerdo con el Estudio sobre la igualdad entre mujeres y hombres en materia de puestos y salarios en la administración pública federal 2017, el Conacyt está conformado en un 35 por ciento por mujeres, de las cuales sólo 26.2 ocuparon puestos de mando.

También se reveló que dicho órgano traduce en menores los salarios promedio para las mujeres, ya que ellas se concentran mayormente en los puestos con menores salarios. Solamente 0.9 por ciento de las mujeres en cargos de dirección general perciben un salario más alto que los hombres.

El mundo científico es quizá uno de los más injustos con el desarrollo profesional e intelectual de las mujeres. La cúspide científica aparece lejana para la mayoría, sin importar el tipo de renuncias o sacrificios, con la permanencia del control masculino ante la naturaleza y la vida propia de las mujeres.

Ante esto, la lucha por la dignidad, el reconocimiento y la equidad es indispensable e indiscutible. El tiempo se ha detenido para las científicas y es obligación de la sociedad, pero principalmente del Estado, reactivar el mecanismo del reloj.

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