El columpio de Rocío

Historias No Contadas

Por Karina Maya

 

Con sus amigas y amigos decidieron jugar en el columpio, está colgado de un árbol gigante y frondoso, probablemente lo eligieron por considerarlo resistente. El lugar donde se encuentra, tiene por lo menos unos cincuenta.

 

Decidieron subirse en orden, primero el más pequeño de estatura hasta llegar al más alto, de hecho, la más alta, Rocío. Son en total ocho, tres niñas y cinco niños. Sus edades rondan los seis a diez años. Las niñas visten faldas coloridas, los niños pantalón gris o negro, los ocho calzan huaraches, a través de ellos se dejan ver sus dedos pequeños.

 

Aunque el día es muy soleado, no tienen preocupación alguna como sí lo tendrían los adultos. Ellos tienen un cometido, aprovecharse del árbol gigantón y elevarse tan alto que alcancen las nubes.

 

Ya iniciaron, uno de ellos ha puesto el desorden, en dos pies pretende darle velocidad al balanceo, no permite que nadie lo empuje, está seguro de sus habilidades, sabe que lo puede lograr. Insiste e insiste, algunos se preocupan de que vaya a salir volando. En su turno logró tocar algunas hojas.

 

El momento continúa, ninguno de sus familiares ha ido a preguntarles cómo están, cómo van.

 

La atmósfera huele a esquites, quesadillas, café, camotes, helados, rosas. Hay muchas voces de adultos. El sonar de autos, motos, patines y diferentes canciones de fondo.

 

Es el turno de una niña, le pide a Rocío la empuje, es tan delgada que su peso no le ayuda mucho. Tiene valor, pide más fuerza. Su pelo largo se ondea con alegría. Contagia su adrenalina a los otros, a algunos los hace correr de un lado a otro, otros a ella le dan ánimo.

 

Ya han pasado siete, es el turno de Rocío. Toma posición, se apoya con las puntas de sus pies en el suelo, estira lo más que puede el columpio, lo deja ir. Ahí va, se balancea rítmicamente, aumenta la fuerza, ha logrado rebasar algunas hojas, su falda floreada y larga se mueve con ella como si bailara algo tradicional mexicano. Su cabeza la lleva hacia atrás, cierra los ojos, respira profundo. Los demás no le ponen atención, se corretean, no saben el placer que para ella le representa, esos momentos en el columpio son de gozo, no siempre puede columpiarse. Quien la ha visto ha de entenderla.

 

Es una imagen en primer cuadro, el foco está en ella, lo demás se mira borroso, los sonidos alrededor son silenciados con el chillar de la rama en la que cuelga el columpio. Es un momento donde el árbol, el viento y el sol son sus aliados, la trasladan a un lugar maravilloso, lleno de calma y felicidad, se antoja estar ahí.

 

Alguien la ha sacado de su abstracción, le piden ceder el turno, su tiempo lo excedió por un descuido de los otros. No pone resistencia, esperará con paciencia la siguiente ronda, ya imagina la velocidad que aplicará. Serán una vez más los mejores minutos de ese día, antes de que los artesanos en la Alameda, entre ellos su mamá y papá, recojan y vayan a casa, antes de que el parque quede vacío y silencioso, sin el reír de Rocío y sus amigos, sin sus sueños en el columpio.

 

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