El espíritu de la época… La muerte en Venecia

Por: Armando Martínez Leal

@armandoleal71

 

El que mi reloj de mesa esté parado

tiene un efecto devastador sobre el cuarto.

Desde hace catorce años estaba

acostumbrado a su marcha.

Thomas Mann

 

Para Thomas Mann cada época hereda al futuro una huella que lo marca. El porvenir es producto del presente, de las experiencias humanas, del espíritu de la época; lo que los alemanes han llamado Weltanschauung. ¿cuál es el espíritu de nuestra época? ¿qué nos motiva? La comprensión de ello tal vez nos ayude a entender nuestro devenir… el hacia dónde vamos, ¿para qué vamos?

Para Thomas Mann, el siglo XVIII estuvo poseído por un espíritu al servicio de lo deseable. La centuria posterior es a los ojos de Nietzschehonesta pero sombría. El siglo que nos precede, el XX, bajo la mirada crítica de Walter Benjamin es el de la pila de catástrofes que llamamos progreso; este siglo está marcado por esta pila de ruinas de la cual nos hemos desentendido, tal vez ese sea nuestra huella, la del desconocimiento y la confusión, estamos atomizados bajo el maremagno de la información vuelta saber, la opinión desinformada y chabacana como nuestro alimento cotidiano.

En 1913, Saulo Mann publicaba Muerte en Venecia, paradigmático texto, donde está encriptado el espíritu de la época thomasmanniana. El Mago, como le decían en su círculo cercano, se ocupó de su tiempo y espacio; así, en el célebre libro podemos observar el embate que el siglo XX le heredó a la centuria siguiente, la superación y aniquilación del pasado, para dar paso a la juventud. Una juventud efébica, infantil.

El siglo XXI puede ser caracterizado por su infantilismo, nos negamos a crecer. El humano históricamente ha librado un fuerte embate con la muerte, la ciencia ha dado grandes “avances” en este terreno; hoy la media de vida llega a los 85 años, hemos duplicado nuestro estar en la tierra; pero a la par decidimos detener el reloj del tiempo, queremos ser eternos críos. Nos negamos a asumir la consecuencia de nuestros actos, hemos creado un sofisticado orden social con el objetivo de regular nuestra existencia colectiva, posibilitar nuestro estar en el mundo.

En contracara de esta sofisticación institucional un individuo que poco a poco ha perdido su capacidad de madurez. Es un eterno niño, que viola cotidianamente las reglas que se ha dado. Nos pasamos los semáforos, tiramos basura en la calle… hasta participamos por omisión o acción en la aniquilación del otro. Nuestra furia y frustración concentrada son descargadas sistemáticamente con aquel que tenemos más cerca. Como si se tratara del juego de los apaches.

Este signo cultural está fijado por nuestra necesidad de consumo, nuestra existencia está determinada por consumir y desechar, entre más mercancías haya en nuestro mundo circundante somos aparentemente más felices… como eternos niños. Trabajamos para consumir… vivimos para trabajar, aquellos que están fuera del ámbito laboral, están expulsados del espacio social, van a caer a la caja de los desechos. Hemos llegado a niveles de sofisticación del consumo, las mercancías hoy eternizan la infancia, no hay distinción entre el vestir de un adulto y el de un púber. Hay juguetes para adultos, la mercadotecnia hoy produce sofisticados juguetes pero su target, ya no son los niños, sino los eternos niños.

Milan Kundera echaba luces sobre este fenómeno, la infantocracia señalaba agudamente el queriente del gesto. La infantocracia no se trata del reino de los niños, sino del eterno deseo de los adultos de no hacerse responsables de su presente. Asumir el presente en su carácter enteramente transitorio, sin conciencia absoluta del mañana, cancelando la posibilidad de cualquier cambio; el cual depende fundamentalmente de nosotros es manifestación de la infantocracia. El éxito del mago Potter no puede ser escusado por los millones de niños que habitan en el mundo, sino por la cantidad de consumidores infantócratas deseosos de consumar la magia.

El presente ha perdido su sentido sagrado… nuestra existencia profana ya no se guarece en el culto a la mercancía, sino ahora en un quiebre emocional, en nuestra incapacidad de madurar. Los políticos roban sistemáticamente, delinquen como si se tratara de travesuras; como infantes son incapaces moral, ética y políticamente de hacerse responsable de su errar. Se birlan de la ley porque no hay nadie que se los impida. Los milicos aniquilan sistemáticamente ciudadanos… los reprimen, los torturan… muertos los lanzan en una fosa común. Los milicos se han fusionado con el crimen organizado. No hay distinción. Pero son incapaces moral, ética y judicialmente de asumir su errar.

Tadzio, el efebo que irrumpe en el imaginario emocional de Gustav Von Aschenbach, es la figura emblemática de nuestra infantocracia, un ser sexualizado al extremo, pero a la vez santificado. Así lo entendió Luchino Visconti, en su excelente transbase de la obra thomasmanniana (1971) En la escena final Gustav fallece a causa del cólera, sentado en una silla, observando atentamente los movimientos del efebo; Tadzio se adentra en el mar, su cuerpo adquiere una ingravidez casi gestual, alza su mano izquierda y señala el horizonte, el porvenir… el siglo XXI.

Mann sabe que su época está muriendo, que es a lo sumo un artificio que raya en lo grotesco. Visconti lo proyecta en su esplendor… la instantánea es sublime. Gustav maquillado, con las canas pintadas, la boca con colorete… el ardid se devela en una mortuoria careta, el teñir negro de la canas se escurre por el rostro blanquecino. Mortecino Gustav. Ahí está el signo de la madurez que la centuria le heredó a la siguiente. Lo que en Proust es belleza, en Mann es ridiculez.

Los adultos actuales son ridículos, incapaces de madurar, de confrontar su devenir, de reescribir su presente. De garrapatear el futuro. Nuestro tiempo es de crisis, tal vez de mutación, esperemos ahondar en lo deseable, más allá de lo indeseable de nuestro estar. Es cierto todo está agitado, revuelto, los problemas bullen mezclándose unos con otros, no hay un horizonte claro… pero ¿qué nos exige la época?… nos obliga a una toma de posición política. Abandonar nuestro irresponsable habitar el presente. No hay colorete que encubra nuestra vejez… no hay charada infantócrata que nos salve… 1, 2, 3… por todos mis amigos…. 1, 2, 3… por el mundo.

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