“El Hulk”, el ser mitológico que vende miedo en su esquina

 

Por Rivelino Rueda

–¿Y si mejor te pongo unos vergazos por andar de mirón?

“El Hulk” no se anda con pequeñeces por la vida. La pierna derecha cercenada, las muletas como tenazas de escorpión y la mirada inyectada en cólera por la “piedra mañanera” lo tienen sin cuidado. Él es dueño de esta esquina. Nadie más.

Tiene aspecto de ser mitológico, entre Minotauro, Sátiro y Cíclope. Emite bufidos poderosos por su inmensa nariz chata. No vende nada. Sólo se acerca a los conductores e impone. Ni siquiera tiene que pronunciar una palabra. Sólo caen las monedas en su mano izquierda. A veces hasta billetes.

Dientes crispados. Mandíbula trenzada en piedra. Escupitajos atonales. Ojos sin sed. El encierro como la peor crueldad. La experiencia de roer la tierra y comer del suelo. Anudar con groserías el pantalón de mezclilla al filo del muñón en la rodilla.

Regurgitar el dolor. Ahondar en los pulmones, en la tráquea, en las venas, el humo dulcificado del cristal incandescente. Purificarse. Temblar como brizna de paja.

Materializar el odio al asco, a la repulsión, al aspecto. La ventanilla arriba. Los rostros de pánico. El semáforo en verde. El grito potente:

–¡Cámaraaaaa padrinoooooo!

***

No caben dos en esa esquina. En la bifurcación de la calle Antonio M. Anza y Avenida Cuauhtémoc, en la colonia Roma Sur, “El Hulk” manda. “El Hulk” ha impuesto su ley.

De la acera del Hotel Lisboa al puesto de periódicos, al otro lado de la calle, frente a Pabellón Cuauhtémoc, el hombre de las muletas metálicas, del rostro reventado en acné, el de los dientes molares trabados por la trituración de algo invisible, el de olor a sedimento fermentado, mantiene el control del negocio. Nadie chista nada.

“El Mocorol” luego se arriesga. Suda a chorros debajo de ese overol grotesco de color verde y amarillo. Sabe los horarios que maneja. Llega entre una y dos de la tarde y se va a las cinco. No más.

Por eso “El Mocorol” –quien habla como mordisqueando sus propias flemas y de vez en vez presiona alguna de sus fosas nasales para lanzar un líquido viscoso y fluorescente—siempre anda a tientas, a las vivas. No vaya a ser.

Corre de un crucero a otro. Las bebidas energizantes que vende mantienen despiertos, o no completamente dormidos, a muchos conductores que todavía resoplan aguardiente procesado en la sangre. Son tufos comunes. También el del vómito fresco pasado por encierros y soles, ese que se aviva con perfumes baratos o con aromatizantes de vainilla.

Por allá, dirección al centro de la ciudad, sobre Avenida Cuauhtémoc, aparece la silueta de “El Hulk”, sus tres piernas de escorpión malherido. El aire está inmóvil. “El Mocorol” se agazapa. Sabe lo que tiene que hacer. No chista ya nada más.

***

Si el morralito negro está colgado de una de las jardineras exteriores del Hotel Lisboa, es señal de que “El Hulk” ya ocupó su espacio. Lo que le pertenece.

Es hábil con las muletas. Las usa desde hace cinco años, cuando tenía veinticuatro de edad, luego de que la pierna efímera quedara prensada en una de las plataformas de compresión de aire que levantan los autos. Esas que parecen albercas de aceite y carbón agrietado.

Era chalán en un taller mecánico en la Colonia Buenos Aires. Fueron los años en los que también comenzó a “empiedrarse” la sangre, los huesos, la masa encefálica, los sueños…

Se suceden dos, tres, cuatro semáforos. Verde. Amarillo. Rojo. Rojo. Amarillo. Verde. “El Hulk” está en trance. Observa las cenizas del tiempo a la distancia. Las grietas despiadadas. Los despeñaderos de lava. La única pierna la aferra con fuerza en el asfalto humeante. Las muletas son estacas clavadas en un desierto de dunas de cancro.

Barrunta como perro. Husmea el aire con esa nariz chata, casi aplastada. Paladea el refresco de cola en envase de gaseosa de manzana. Siente un ansioso hormigueo en la extremidad que no existe. La alcantarilla más cercana hiede la cópula de charcos sanguinolentos y vísceras grasosas de animal. Bufa un humo inaudible. Sacude la breve hipnosis en densas volutas. Hiende el aire con los dedos y ahí va de nuevo.

No habla. No le hace falta pronunciar palabra. Su presencia impone.

–Nada más traigo esto…—balbucea el aterrado conductor de una camioneta de lujo.

“El Hulk” observa con desprecio las dos monedas de a cinco pesos y, mascullando sonidos que salen de los molares, se da la media vuelta.

Avanza al siguiente automóvil como un chacal herido.

***

“El Quiklas” huele a atole de fresa. Lo delatan los trocitos de masa rosa que cuelgan de su incipiente bigotillo de adolescente. También le entra a la “piedra”. También tiene el semblante cadavérico de los que inhalan ese humo dulzón. También tiene las pequeñas quemaduras, como herpes letal, en los labios aperlados por el maíz espeso.

Tiene el color de un caparazón de tortuga. Manotea el aire sin ninguna explicación y sisea a los insectos que zumban cerca de los oídos salitrosos por la cera amarillenta expuesta al sol. “El Quiklas” tiene su carta de presentación, y es la de ser amigo de “El Hulk”. Es el único que tiene salvoconducto para laborar en la esquina del hombre de las muletas salidas de alguna cábala de magia negra.

Es su grito de batalla a la hora de pedir monedas, de encarar al cliente:

“¡Saque unas moneditas! ¡Soy amigo del ‘Hulk’! ¡Me encargó el changarro!”

Quiere parecer Minotauro, Cíclope. No le sale. No es lo suyo. El semblante del “Quiklas” es lastimero, chusco, caricaturesco. Los más le devuelven una cara de extrañamiento, una mirada despectiva, un gesto con las manos dobladas hacia el frente con la expresión silenciosa de “¿quién chingados es ese güey?”

No tiene el temple de su mentor. Luego hasta bromea con los conductores. Luego hasta saca sus mejores pasitos de reggaetón en plena faena. Luego hasta le da por pedir cigarros o dulces en lugar de monedas. Luego hasta se va a echar unos tacos de canasta con “Don Chuy”, el señor bigotón y alburero de la esquina.

Luego hasta empieza a perder la cordura por la penosa sed del humillo dulzón, de la pipeta de cristal hirviente, del latigazo invisible en el cráneo, en los dientes…

El sol de las cuatro le taladra la nuca, le machaca las pupilas, le saca quistes y llagas en la lengua y en las encías, le dobla las rodillas con neumas raquíticas, le entume las manos callosas, lo zarandea con sonidos atonales.

“El Quiklas”, o lo que queda de “El Quiklas”, se aleja dando tumbos paranoicos por Avenida Cuauhtémoc con dirección al Centro de la Ciudad. Dobla en la siguiente calle, Coahuila, y desaparece.

Es “el brazo derecho” de “El Hulk”. Eso –dice— “me mantiene vivo”.

***

Persignarse lleva tiempo. Al menos “El Hulk” lo hace unas diez veces antes de terminar la faena. La muleta izquierda levita cuando un relámpago de cruces imaginarias deletrea frente, barbilla, hombro derecho, hombro izquierdo, pecho, labios.

El nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo sale con chasquidos porosos de la boca seca del hombre sin pierna. El por los siglos de los siglos se tatúa en un hilillo exangüe de saliva arenosa. El Amén lo traslada a un estado de gracia inmanente, lo pulveriza en piedrecillas lunares. Lo deja quieto. Domesticado.

Siempre carga con el par de zapatos tenis color rojo. El izquierdo es un amasijo de tiempo, con cordones azules que no le corresponden, con acertijos residuales de lodo y polvo.

El cacle derecho mantiene el aspecto de reliquia, de añoranza, de frustración. Siempre lo coloca en el piso y lo observa en una alucinación secreta. Silenciosa, cuasi mística. Siente de nuevo el hormigueo, del muñón al piso. Siente una caminata despavorida de insectos microscópicos en el espacio que ya no está, que ya no estará.

Chasquea la lengua. Suelta un gruñido escéptico, agudo y chillón. Chasquea de nuevo y sumerge el objeto inservible en el fondo del morralito negro. Regresa el semblante de ser mitológico, de Orco enfurecido. Se incorpora con un rápido movimiento. Voltea a ver su esquina. Su crucero.

Lo observa el conductor de un taxi, intrigado, ojeroso, despistado. “El Hulk” revienta:

–¿Y si mejor te pongo unos vergazos por andar de mirón?

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