El ídolo

Por Rivelino Rueda

 

A El Faroles…Él sí, el más grande

 

Despertar con un balón de futbol entre las manos es algo habitual…Lo que no es habitual es saber si hoy será uno de esos días en donde el sueño se traslade a mis pies y pueda jugar con su perfecta figura circular…

 

Rodrigo saltó a la calle cuando aún quedaban algunos resabios de la tarde rojiza. Su figura desaliñada y su cabello despeinado por el viento contrastaban con unos ojos profundos, con un sesgo de tristeza y a la vez de travesura. Estaba ansioso y pellizcó un pambazo que reposaba en un rojo brillante sobre el enorme comal negro del puesto de quesadillas de su madre.

  

“¡Deja allí escuincle, que luego no lo quieren comprar!”, replicó la señora mientras hervían unas quesadillas. “¿Ahora a dónde vas? ¿Ya hiciste tu tarea?”, refunfuñó la señora sin voltear a ver al niño que escudriñaba en un bote de metal el dinero obtenido. Sacó sigilosamente un billete de veinte pesos y lo guardó rápido en la bolsa izquierda de su pantalón.

 

   –Ahorita vengo, voy a ver a qué hora jugamos –respondió Rodrigo y le obsequió a su madre un beso en la mejilla.

 

   –¡Y dale con la misma! ¡Cuándo vas a entender, chamaco, que primero está tu escuela! Y ya te dije que te cambies esa playera que ya hasta piojos ha de tener. ¡Dejarás de parecerte a tu padre! –alcanzó a decirle la señora sin mayor respuesta que un “Ahorita vengo” de Rodrigo, quien enfiló por las vías del tren, pateando cada objeto que encontraba a su paso.

 

   Atrás dejaba una casa de sueños, en donde dos grandes pumas en azul, con fondo en color oro, flanqueaban la entrada de su casa, y donde uno de esos felinos se levantaba como bandera, en lo que pretendía ser un asta, exactamente en medio de su guarida. Era ese mismo pumaque llevaba plasmado en su vieja y sudorosa playera, la única que había sido testigo de sus mil batallas.

 

   La primera parada fue en la tienda de abarrotes. Rodrigo sacó el billete arrugado y compró una tarjeta telefónica. Afuera se encontró a Víctor, quien también veía el pizarrón que anunciaba el juego.

 

   –¿Qué pasó Víctor, a qué hora jugamos? –cuestionó el niño en una pregunta que, más que ilógica, era sobre todo para hacer plática.

 

   –A las siete de la mañana –respondió Víctor y cortó de tajo la conversación. Por ahí nos vemos mañana. Me están esperando mis papás en el coche.

 

  –¡Nos vemos! –se despidió Rodrigo levantando la mano.

 

   Rodrigo dio media vuelta y observó los detalles del encuentro: “Peñarol vs Impala. Deportivo Victoria de las Democracias. Domingo, 7:00 horas”. Más abajo, fuera del pizarrón, pintado con plumón negro, la habitual leyenda “Puto el que falte”.

 

   Siempre le había provocado gracia esa frase y en su rostro se dibujó una sonrisa. Caminó hacia el teléfono público de la esquina mientras abría la envoltura de la tarjeta. Se paró frente a la caseta metálica y repasó de memoria los números que tenía que marcar. Rodrigo descolgó el auricular y en un rápido movimiento tecleó los ocho dígitos para contactar a su primer objetivo.

 

   –Buenas noches, me podría comunicar con el entrenador Don Chucho…Sí, de parte de Rodrigo…Gracias.

 

   Esperó unos segundos mientras observaba el partido de futbol que el señor de la tienda veía por televisión. “¿Cuánto van?”, alcanzó a gritarle al despachador. “Dos a cero favor el Cruz Azul”, respondió el hombre como por instinto, sin ubicar quién le había preguntado.

 

  –Sí, entrenador buenas noches, habla Rodrigo, nada más para ver a qué hora es el partido…Bien…está muy bien, entonces por ahí nos vemos mañana entrenador, muchas gracias –resumió Rodrigo al ver que el teléfono devoraba el crédito de su tarjeta.

 

   Al colgar el auricular balbuceó el siguiente número y antes de que se le olvidara lo marcó con rapidez con sus pequeños dedos…”Sí, hablaDonJulián…Hola Don Julián, habla Rodrigo…Sí, es para ver lo del partido de mañana…¿En qué campo?…está bien Don Julián, por ahí llegó mañana…Sí, muchas gracias…hasta mañana”.

 

   Rodrigo terminó su tarea y se dirigió trotando a su casa sin hacer escalas. Observó de lejos el foco que iluminaba su casa de sueños y el puesto de fritangas de su madre.

   –Ahí adentro está tu papá y tu primo Carlitos viendo el futbol –lo recibió su mamá sin darle tregua a una explicación. ¡Pero nomás no se vayan a poner a patear el balón a esta hora, que ya los conozco, chamacos!

 

   –No mami, no…bueno, sólo un ratito, ¿sí?—suplicó el pequeño.

 

   –¡Pero no me vayan a jugar aquí cerca porque me asustan a los clientes! –dijo la señora y lanzó un profundo suspiro mientras sacaba del comal una quesadilla escurriendo de aceite.

 

   Era la media noche. Carlitos era el guardameta (decía que Sergio Bernal) de una portería imaginaria ubicada en la pared azul y oro; mientras, Rodrigo era el artillero (él se hacía llamar El Kikín). La madre de Rodrigo metía algunas sillas a la casa de los sueños.

 

   El comal reposaba horizontal sobre la pared, el anafre aún estaba con carbones encendidos y humeantes y los recipientes con la comida sobre la mesa le daban un toque mágico al lugar

 

   –¡Ándale Carlos, ve qué hora es! –gritó de la nada la mamá de Carlitos. Hasta mañana comadre. Gracias por cuidar al niño.

 

   –Ándele comadre, hasta mañana—respondió la mamá de Rodrigo.

 

   –Nos vemos mañana Carlitos—le dijo Rodrigo a su primo.

 

   –Nos vemos primo –contestó Carlitos. Mañana vamos a jugar en La cancha. Cuando llegues de tu partido ahí te esperamos. Ya ves que tú eres nuestro ídolo.

 

  –Mañana nos vemos primo—cortó Rodrigo.

 

   El despertador sonó puntual. De un brinco Rodrigo saltó de la cama con su balón aún entre las manos y corrió por su maleta, que más bien era una mochila raída de manta con los colores de la fachada de su casa. Sobre una silla se encontraba su armadura de batalla.

 

  Primero se colocó su playera de siempre, aquella con el gran puma al frente. Cuando emergió su cabeza por el orificio de la prenda observó rápidamente las cuatro paredes de su cuarto…Allí estaba, al centro, el equipo de sus amores, el “campeón de esta temporada”; más allá, fotos individuales de la escuadra que hizo la hazaña…Un poco más grande que las otras, la de Hugo Sánchez, aquél jugador que nunca vio jugar, pero que su padre le cuenta que ha sido el “más grande jugador mexicano en todos los tiempos”.

 

   Después introdujo el short de color rojo con franjas verticales en blanco. Levantó la vista y vio al Pumas campeón de 1991…Allí estaban Campos, Tuca Ferreti, Vera, Patiño, Luis García, Claudio Suárez, Ramírez Perales…Las calcetas negras iban entrando a sus pies y más allá estaba el Universidad campeón de la temporada 1980-81: Hugo Sánchez, Negrete, Luis Flores, Manuel Manzo, López Zarza…

 

   Rodrigo buscó debajo de su cama y sacó unos zapatos-tenis negros gastados y viejos por donde se les viera. Fue colocándolos en sus pies mientras observaba en otra pared al primer Pumas campeón, aquel de 1976-77…Anudaba sus agujetas pero veía de reojo a Cabinho, Spencer, Cuellar, El Gonini, Muñante, Bora

 

   Se incorporó de la cama y metió a su mochila un pantalón, una toalla y una botella con agua.

 

   Balón bajo el brazo salió corriendo de su casa de sueños y corrió por las vías del tren que lo llevarían justo hacia su primer encuentro. A esas horas, en las pequeñas gradas del Deportivo Victoria de las Democracias sólo había una docena de padres de familia.

 

   El niño entró por una puerta lateral de malla metálica y corrió hasta donde se encontraba su equipo: el Peñarol. Gustavo, el entrenador, daba indicaciones a “sus muchachos” para el calentamiento. Rodrigo dejó su mochila y su balón a un lado de la cancha de tierra y se incorporó a sus compañeros.

 

   Eran cinco antes de las siete y Gustavo llamó a los pequeños para dar la alineación. El once lo distribuyó sobre la tierra con las credenciales del equipo. El árbitro se ubicó al centro del terreno y los equipos se dirigieron al círculo central.

 

   Rodrigo caminó cabizbajo hasta donde se ubicaban sus cosas, las levantó y se colocó con sus compañeros de banca. Así pasó todo el partido, sentado sobre su balón, sólo incorporándose en el medio tiempo para ver si Gustavo se decidía por un cambio táctico que permitiera su ingreso, pero también para gritar los tres goles que le dieron a su equipo la victoria.

 

   –¡Pero quédate un rato! –pidió el entrenador a Rodrigo. El papá de Víctor les va a invitar unos refrescos.

    –Gracias entrenador, pero me tengo que ir –respondió Rodrigo y le extendió la mano, consciente de que ya era tarde para su otro partido.

 

   –Tú te lo pierdes. Entonces aquí nos vemos el próximo domingo. No faltes –reviró Gustavo y le devolvió la despedida con un fuerte apretón de manos y una palmada en la espalda.

 

   –Oiga entrenador, ¿qué hora tiene por ahí?—preguntó Rodrigo cuando ya iba camino a la salida.

 

   –Las ocho y media.

 

   –Gracias, Don Gus, nos vemos el próximo domingo—alcanzó a balbucear el niño con un nudo en la garganta por la impotencia de no poder demostrar, en su primer compromiso, sus dotes futboleros.

 

   Al llegar a la puerta principal del deportivo, el pequeño corrió por la calle que da justo frente al acceso. Balón y mochila en mano, Rodrigo tenía una cita con su otro equipo, pero ahora había que tomar dos peceras para llegar hasta aquella cancha de futbol.

 

   En el trayecto observaba pensativo algún punto indefinido en la calle. Podía bajarse de la fría combi verde y regresar a su casa, ver a susPumas por la televisión, desayunar y más tarde organizar el partido que le comentó su primo, pero el compromiso con “sus equipos” era mayor.

 

   Descendió de la pecera y corrió cuatro calles hasta el campo de la Delegación Cuauhtémoc. La ciudad apenas comenzaba a despertar en ese domingo brumoso. Rodrigo llegó sudoroso a la cancha terrosa y fue directamente a ponerse a las órdenes de Don Chucho, un viejecillo simpático que presumía haber descubierto a Hugo Sánchez cuando era su profesor de educación física en la primaria.

 

   —Don Chucho, buenos días –alcanzó a decir Rodrigo y el entrenador cortó el saludo de tajo.

 

  –¡Apúrate muchacho que ya todos están calentando!

 

  Rodrigo siguió el mismo ritual de siempre. Arrojó su mochila y su balón a un costado del terreno de juego y se incorporó al calentamiento. El conjunto se llamaba Sporting Tabacalera, y su uniforme era una playera a rayas blancas y azules, short azul y medias blancas…Nada qué ver con el atuendo del pequeño Rodrigo, quien al terminar el calentamiento dominó su balón de manera magistral.

 

   Don Chucho llamó a su equipo para indicarles cómo se iban a parar en la cancha y quiénes iban a ser los titulares. Entregó los registros en mano y caminó sin voltear a ver las expresiones de los jugadores de reserva. El pequeño siguió sus pasos y todo el partido estuvo a un lado del entrenador, sin chistar una sola palabra cuando cayó el único y amargo gol en su contra.

 

   Todavía al terminar el partido Don Chucho reunió a sus jugadores para una última reprimenda por el mal desempeño ante un “equipo inferior”. Rodrigo escuchó todos los vituperios del entrenador con la cara clavada en el piso, como si a él también le correspondiera un pedazo de esa derrota.

 

   No sabía si despedirse del entrenador, porque el rostro de Don Chucho estaba contraído de las mandíbulas y de las sienes. Optó por no hacerlo y sólo alcanzó a estrechar la mano de tres compañeros y escabullirse entre un tenso silencio.

 

   “¡Rodrigo, me hablas el sábado para decirte lo del próximo partido!”, gritó severo Don Chucho y levantó el brazo en señal de despedida, el pequeño sólo asintió con la cabeza y aceleró el paso, pero ya por sus mejillas descendían dos lágrimas que en pocos segundos se convirtieron en vaho.

 

   Cuando salió del deportivo preguntó la hora a una señora de un puesto de frutas. Aún había tiempo para el siguiente compromiso y caminó hacia el Metro Revolución conduciendo su balón con los pies.

 

   El trayecto fue de meditación en el partido anterior. Recargado en el marco de la puerta del vagón del Metro elevado, el pequeño vio cómo aparecían los primeros campos de tierra del Deportivo Magdalena Mixuca, algunos con partidos a punto de comenzar, otros en el medio tiempo y otros más con encuentros en su apogeo.

 

   Al bajar del andén preguntó de nuevo la hora y la ubicación del campo 27 a unos jóvenes vestidos de futbolistas. Faltaban 15 minutos para el inicio del partido y Rodrigo corrió hasta la puerta tres del deportivo –como le habían indicado–, y de allí hasta dar con el campo 27.

 

   A lo lejos vio a “su equipo” y apretó el trote. Primero saludó al entrenador Julián y de nuevo a incorporarse a los ejercicios de calentamiento, esta vez con el balón y “a un toque”. El equipo se llamaba Manchester Balbuena y su uniforme era en playera roja, short negro y medias blancas…El atuendo de Rodrigo no tenía nada que ver con la escena.

 

   Julián reunió a sus jugadores cuando el árbitro sonó su silbato.

 

   –¿No traes “tacos” Rodrigo? –cuestionó el entrenador como si fuera algo habitual.

 

   –No señor, pero con estos tenis puedo jugar bien.

 

   –Eso no lo pongo en duda, pero sabes que no te van a dejar jugar con tenis –respondió un tanto irritado el entrenador y comenzó a dar la alineación, donde Rodrigo no fue mencionado.

 

  Rodrigo caminó pateando su balón hasta la banca, y desde ahí siguió todo el partido. Al final lo único que le levantó un poco el ánimo fue que “su equipo” se impuso cuatro a uno al Santos Pantitlán, una escuadra que iba en segundo lugar del torneo.

 

   Naranjas partidas en cuatro partes y agua fresca fue el regalo del técnico. Rodrigo se quedó a escuchar las felicitaciones –que sintió de él—y la estrategia a seguir para los próximos partidos.

 

   Algunos compañeros se empezaron a despedir y otros optaron por trasladarse a la cancha 18, donde jugaba el primer lugar del torneo, nada más y nada menos que un equipo llamado Pumas Peralvillo .

 

   El pequeño caminó solo y sintió el abrazo de uno de sus compañeros, David, el centro delantero del Manchester Balbuena.

 

   –¿Qué pasó Rodrigo, ya te vas?

 

   –Si, me tengo que ir porque ya me dio hambre.

 

   –¿Por qué no te compras unos zapatos? Hay unos muy baratos.

 

   –Es que no tengo dinero—respondió Rodrigo y clavó su vista en la aspereza del terreno.

 

   –Pero puedes ahorrar, ¿no?—replicó David. Así ya puedes jugar.

   –Pues a parte de ahorrar –inquirió Rodrigo con una sonrisa–, te tengo que quitar la titularidad.

 

   Los dos niños rieron a carcajadas y se despidieron. Rodrigo siguió el largísimo pasillo, flanqueado por canchas de futbol, que lo llevaría a la salida.

 

   De nuevo iba pateando su balón, pero sin perderse las acciones de los partidos que se jugaban. A unos metros, descansando sobre el escaso pasto que se forma en la orilla de las canchas de tierra y argamasa, observó un par de zapatos de futbol. Redujo el paso hasta colocarse frente a ellos. Se acercó hasta que quedaron a sus pies y esperó unos minutos.

 

   En un rápido movimiento tomó los botines y los introdujo a su mochila. Se incorporó no sin antes revirar a sus costados. Nadie que los reclamara. Levantó su balón y caminó unos pasos, después, pegó una estampida que sólo se detuvo hasta estar frente al vagón del Metro.

 

   Ya dentro del carruaje anaranjado, Rodrigo sacó los zapatos aún con las manos temblorosas. Eran una especie de cartón, lodo y plástico desgastado. Las grietas en lo que parecía ser piel, más bien eran surcos profundos en los que se alcanzaban a observar las plantillas. No tenían agujetas y la punta del botín izquierdo tenía un gran agujero.

 

   Pero eso no le importó al niño de ojos tristes y radiantes. Guardó de nuevo los zapatos en su mochila y la apretó como si se tratara de un tesoro.

 

   Con grandes zancadas llegó a su casa de sueños y pasó de largo ante las palabras de su madre. “¡Rodrigo! ¡Rodrigo! Te vino a buscar tu primo”…El pequeño se fue directo a su cuarto y guardó su tesoro bajo la cama. “En los próximos días habrá tiempo para lavarlos, engrasarlos y coserlos”, pensó.

 

   No había escuchado lo que le había dicho su madre, así es que regresó hasta el puesto de fritangas para preguntarle cuál era el recado.

 

   –¡Qué vino tu primo chamaco! ¿Qué no pones atención a lo que uno te dice?

 

   –¿Qué te dijo?

 

   –Que te esperaba en La cancha –replicó la señora mientas atendía a unas personas. Pero acuérdate que mañana hay que ir a la escuela. Es más, ¿ya hiciste tu tarea?

 

   Rodrigo se dio media vuelta para ir por su balón. En un momento pensó en estrenar sus botines, pero optó por no maltratarlos.

 

   –Ahorita vengo mami, no me tardo –le dijo Rodrigo a su mamá, quien ahora estaba envolviendo en papel estraza la comida.

 

   –¡Nomás te tardas, escuincle desobediente! ¡Nomás te tardas y ya verás!

   Rodrigo llegó jadeando a La cancha de cemento a unas calles de su casa. La cascarita acababa de iniciar y le gritó a su primo Carlitos.

 

  –¡A ver, a ver, párenla, párenla que voy a hacer un cambio! –gritó Carlitos, quien estaba de portero.

 

   –¡No manches Carlos! ¡Y a parte ya viste quién es! ¿Qué? ¿Quieres ganar a fuerza o qué? ¡No manches! ¡No se vale!—increpó el capitán del otro equipo, un adolescente espigado con el cabello teñido de rubio en las puntas.

 

   –A ver Transistor, salte un ratito, al rato entras—indicó Carlitos a un niño de unos ocho años, que en un instante cambió su semblante de emoción a tristeza.

 

   –Primo, vas de delantero, ya sabes, con todo –replicó Carlitos.

 

   A un lado de Rodrigo pasó, casi rozándolo, ese pequeñín apodado El Transistor, cabizbajo y al borde del llanto. Traía unos tenis que alguna vez fueron blancos y estaban rotos por donde se les viera. Se fue a sentar a un lado de la cancha de concreto aún con el rostro sumido en el suelo. Rodrigo observó detenidamente la angustia del niño y la impertinencia de ese cambio de última hora. En unos segundos pasaron por su mente los instantes amargos a lo largo de toda la mañana por no poder alinear ni un solo minuto, y antes de que se reanudara lacascarita, soltó:

 

   –¿Sabes qué primo?, mejor la armamos otro día. Me acordé que tengo que estudiar para un examen –dijo Rodrigo a Carlitos ante la mirada atónita de todos.

 

   –¡Chavo! ¡Éntrale de nuevo que yo me tengo que ir! –gritó el pequeño Rodrigo a El Transistor.

   –¡Pero ayer me prometiste que ibas a jugar!—dijo Carlitos casi sollozando. ¡Nos van a golear si no juegas!

 

   –Lo siento primo, lo siento, pero no me acordaba—atajó Rodrigo, mientras daba la espalda a todos y corría de regreso a la casa de los sueños con su balón entre las manos.

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