El músico

Por Carlos Alonso Chimal Ortiz

Foto: Edgar López (Archivo)

 

El primer contacto que tuve con la música fue cuando tenía apenas unas semanas de gestación. Mi padre le ponía unos grandes audífonos en la panza a mi madre para que yo escuchara Rapsodia Bohemia.

 

Años después, ya fuera del cuerpo de mi santa madre, en el clóset de la ropa de mis padres, había dos guitarras acústicas desde varios años atrás, colgadas, tristes. Después supe que una era de mi mamá y que antes de ella le había pertenecido a mi abuelo Carlos, que dicen los que lo conocieron que tocaba muy bonito la guitarra. Era todo un bohemio.

 

La otra guitarra era de mi papá. Esa guitarra se la compró mi abuelita Ciria con muchos sacrificios (así decía ella cada vez que compraba algo) y la adquirió para que mi papá entrara al coro de la iglesia. En ese coro de la iglesia se conocieron mis padres cuando ella tenía 13 años y el 16.

 

Un par de ocasiones tomaba una guitara para crear música y volverme en una estrella de rock, pero mis sueños se vieron frustrados cuando tenía que hacer alguna cejilla y con la mano adolorida mandaba a la chingada a la guitarra de mi madre o la de mi padre, depende la ocasión.

 

En la preparatoria del Instituto Nacional de Bellas Artes estudié guitarra clásica, pero antes de entrar compraba esos cancioneros que venden en los puestos de revistas y, con dolores en las manos, me salían mis primeras canciones.

 

Para entrar a la escuela tenía que llevar una guitara casi a diario, pero las guitarras de mis padres pues tenían una larga y romántica historia, y para que no las fuera a perder o a romper buscaron otra solución. Y sí, mi abue me compró una guitarra acústica negra con muchos sacrificios.

 

Pasé a su trabajo por el dinero. Me lo dio escondido en un bolillo, caminé unas cuadras a la calle de Bolívar y la vi colgada, con una bolsa de plástico cubriéndole el cuerpo, a la guitarra, obviamente.

 

–Es de Paracho, Michoacán, joven, y se ve que usted tiene alma de músico.

 

No soy tan fácil de convencer, pero a esa edad me hablaron bonito y pues la compré con el dinero que mi abuelita me había dado con tantos sacrificios, bueno, ya sabían eso.

 

Con esa guitarra duré como tres años. La traía de arriba para abajo, con uno que otro golpe, pero como era negra la repintaba con un Esterbrook. Ahora que recuerdo, mi abue, con tal de ver que su regalo había tenido frutos, me pidió que le tocara algo un día en su casa. Le toqué “Romanza Española” y “Greensleeves”. Ella me miraba fijamente. A veces cerraba los ojos, como disfrutando la música, y sonreía. Pero la que le rompió la madre fue “Los peces en el río”. Con esa rolita lloró.

 

Mientras te involucras más con la música, tus oídos piden más calidad, y aquella guitarra negra pues no era la súper guitarra. Yo le agradezco mucho a esa guitarra y a la patrocinadora, pero no era una guitarra muy fina que digamos. Recuerdo esa noche entre chelas, que alguien la piso sin querer del brazo y se rompió.

 

En el año de 1997 tuve que firmar una carta compromiso para quedarme en el “Específico de música” de la escuela del INBA. Al firmar esa carta tendría derecho de tocar tres días en el Palacio de Bellas Artes, junto con más compañeros y otras dos escuelas.

 

Pero eso qué importa. Yo estaría tocando en ese recinto antes que mi papá llegara a exponer ahí con su obra pictórica. Creo que cuando mis padres, familiares y amigos me fueron a escuchar esos días debieron de haberse sentido muy orgullosos, y más mi abuelita.

 

Pasaba por mí mi amigo Mauricio. Él cargaba mi estuche con la guitarra. Tomábamos el microbús en Obrero Mundial y nos bajábamos en la Torre Latinoamericana. Cruzábamos Eje Central, él me entregaba mi guitarra y yo me metía a los camerinos a prepararme para tocar. Fue un ritual de tres días. Unos de los tres mejores días de mi vida.

 

Para los preparativos, que fueron durante meses para esas presentaciones, yo usaba la guitarra de mi mamá, esa que había sido de mi abuelo Carlos. Al tenerla de nuevo entre mis brazos, descubrí lo que realmente es el sonido de una buena guitarra.

 

Como ya estaba más empapado en instrumentos musicales la analicé y me percaté que tiene un número de serie y el sello de los tres pinos. Realmente es una buena guitarra y ahora la tengo yo, ya que mi mamá después me la heredó, diciéndome que mi abuelo Carlos estaría muy feliz de que yo la conservara.

 

Entonces yo ensayaba diario con esa guitarra y un día, antes de la primera presentación, en la cual abrimos los conciertos, mi maestra de guitarra, Laurita, me dijo llena de emoción que habían conseguido un permiso de los directivos del INBA para tocar con una de las guitarras del Instituto.

 

Ella pensó que yo iba a brincar de emoción o que tal vez gritaría de gusto “¡Ah huevo!”, o algo así. Pero no, yo quería tocar con la guitarra de mi abuelo, a lo que ella se negó rotundamente y tuve que tocar con esa guitarra hermosa de palo de rosa.

 

No me mal entiendan, pero creo que es como un auto. Te acomodas a la perfección, o el valor sentimental, o la madre. No sé. Yo iba medio enojado y triste el primer día. Subí al escenario. Los reflectores no me dejaban ver muy bien al público. Toqué mis piezas musicales y salí del escenario con la guitarra tomada por el brazo.

 

Cuando llegué a los camerinos la maestra Laurita, esa maestra pequeñita que usaba guitarras ¾, o sea, más pequeñas, porque ella era muy chiquita y siempre estaba sonriente, me puso como Santo Cristo.

 

–¡¿Qué te pasa?! ¡¿Quién te crees para salir de ahí con la guitarra como si fuera una caguama?!

 

Y yo todavía con el sentimiento de la guitarra de mi abuelo, la guitarra negra que se había roto, y que mi abue la había comprado con tanto sacrificio, le conteste:

 

–¡La música se escucha, no se ve!

 

Guardé la guitarra hermosa de palo de rosa en su estuche y cerré los ojos, pensando en que ella no tenía la culpa de que mis padres se conocieran en el coro de la iglesia y mucho menos de que en una peda se hubiera roto mi guitarra negra. Le pedí que me disculpara y me abrazó, diciéndome que eran los nervios y que ella nunca había tocado en un lugar así.

 

Los otros dos días ya fueron más tranquilos, casi como una pachanga.

 

Tiempo después la maestra Laurita volvió a hacer corajes porque se dio cuenta que yo estaba en un grupo de rock por la manera en que agarraba el brazo de la guitarra al tocar. Platicó conmigo, la ignoré y seguí con mi banda de rock.

 

Ahora hay veces que me da por tomar la guitarra de mi abuelo y tocar lo que aprendí con la maestra Laurita, música barroca, clásica, y ya no puedo. Esa maestra siempre me dijo que la música es muy celosa, que si la dejas un día, se olvida de ti, pero a mí me gusta pensar que nos dimos un tiempo y las reconciliaciones siempre son mejores.

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