El “silencio” que nunca llegó en la “cuarta marcha fifí” por el antiguo Paseo del Emperador

Por Rivelino Rueda

Unos callan a otros. Esos otros aplauden y no dejan de gritar “¡Mé-xi-co! ¡Mé-xico!”. Por allá una señora molesta lanza: “¡AMLO, ya basta de ocurrencias!” Un grupo compacto, de unas 15 personas, todos familiares, insiste en guardar silencio. El silencio no llega. La marcha avanza.

Lorena Lozada, La Lore, como la llaman en su contingente, presume su experiencia en este tipo de caminatas. “Es agotador, pero aquí lo importante es el bloqueador solar, un buen sombrero y unos tenis cómodos, no de tianguis, de los buenos”.

No deja de recordar aquel 29 de junio de 2004 y su participación en la llamada “marcha contra la inseguridad”, cuando miles abarrotaron la otrora Calzada del Emperador (en honor a Maximiliano de Habsburgo).

La Lore, de unos 40 años, habla orgullosa de haber formado parte de esa caminata –en donde el entonces Jefe de Gobierno capitalino, Andrés Manuel López Obrador, los calificó de juniors–, de la del 11 de noviembre y 2 de diciembre del año pasado, y ahora de ésta.

Los pómulos rojizos y la nariz afilada de Lorena Lozada están cubiertos por una gruesa capa de crema para la radiación solar. Unos enormes ojos se alcanzan a distinguir detrás de unas gafas oscuras de buena calidad y una voz firme y altiva sale de unos labios delgados, que se iluminan en un carmesí radiante por la luz envalentonada de la primavera chilanga.

“¡Ahí les vamos!” “¡No somos uno, no somos cien, pinche gobierno, cuéntanos bien!”, lanza la mujer. Luego pide a uno de sus hijos que le tome un video mientras grita esa consigna y le da instrucciones para que salga ella, la columna del Ángel de la Independencia y el “chingo de gente” que hay en la glorieta más conocida de Paseo de la Reforma.

Pero de nuevo ese “chingo de gente” queda a deber. Desde la semana pasada, los organizadores de esta nueva movilización en contra de las políticas del presidente Andrés Manuel López Obrador, bautizaron esta caminata, de nuevo por Paseo de la Reforma, como “La Macha del Silencio”.

Y es que hay algo de desmesurado en las movilizaciones que esgrimen el “silencio” como la principal forma de protesta. Que se sepa, desde la verdadera, la original Marcha del Silencio, la del 13 de septiembre de 1968, que partió del Museo de Antropología e Historia al Zócalo capitalino, no ha habido movilización que cumpla ese propósito.

El silencio siempre queda en la vaguedad y siempre se impone la consigna, el desmadre, el chiflido revitalizante, la mentada artera, el coro retador, el rítmico aplauso. Esta vez no fue la excepción. El desmadre le ganó a la lógica. El contrasentido se impuso de nuevo.

También se replica ese contrasentido en las ciudades de León, Guanajuato (que encabeza el expresidente Vicente Fox, veterano de la vaguedad y el contrasentido); Querétaro, Querétaro; Mérida, Yucatán; Hermosillo, Sonora; Monterrey, Nuevo León, y San Luis Potosí.

Y sí. La expectativa del “silencio” es muy alta para los casi 15 mil asistentes que partieron del Ángel de la Independencia en punto de las once de la mañana y de los que se fueron sumando al recorrido que culminó en el Monumento a la Revolución. Al menos ese fue el dato oficial de la Secretaría de Seguridad Ciudadana (SSC) de la Ciudad de México.

El sol taladra con potencia en la ya avanzada primavera capitalina. La “emoción” es palpable en muchos que participan en su primera marcha. Los gritos de los vendedores que ofrecen sus fritangas y bebidas milagrosas no cesan. Las conversaciones por los teléfonos celulares es el ritual común. Silencio, no hay.

El cosquilleo por hablar, por hacer ruido, por lanzar consignas, doblega esa convocatoria de “silencio”, la resquebraja desde su origen, al pie de la Victoria Alada, que se eleva majestuosa desde su columna centenaria. Y luego, minutos más tarde, cuando esa marea blanca de mujeres y hombres avanza con dirección al Centro Histórico.

Edgardo Farell, un señor de unos 50 años, de plano truena a la altura de la Glorieta de la Palma: “¡Que se callen, con una chingada! ¡Es una marcha del silencio!”

Algunos ríen. La mayoría asume el reclamo tres, cinco minutos. A los pocos metros retoman el bullicio y el reclamo a todo pulmón: “¡Ya no mientas AMLO!” “¡Renuncia por el bien del país!”

Los silbidos generalizados y las mentadas de madre aparecen cuando un grupo de jóvenes, a la altura del Senado de la República, grita al contingente desde una banqueta “¡Órale pinches fifís, ya pónganse a trabajar, bola de huevones!”

Y sí. La polarización que ha padecido México desde hace ya casi dos décadas aparece nítida, implacable, tangible, a lo largo de la manifestación. La respuesta de los inconformes, los que en su mayoría portan atuendos blancos, sombreros de palma y pancartas con frases encendidas, responde al unísono: “¡Largo de aquí, pinches chairos muertos de hambre!”

Por allá, en la Plaza de la República, la algarabía estalla porque un grupo de venezolanos enarbola una bandera de su país y lanza consignas a favor de Juan Guaidó, y más acá, en Reforma y la calle de La Fragua, algunos deciden poner fin a la caminata.

“¿Vamos al Reforma 222 o estará abierto en Los Cuchilleros?”, pregunta un joven a su contingente. El silencio no llega. Nunca llegó.

 

*Publicado el 6 de mayo de 2019 en el periódico El Financiero.

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