El teatro inestable de la realidad indígena: olvido social y racismo en México

Por Priscila Alvarado

En México la tierra se hidrata con sangre. Mestiza, afrodescendiente, indígena. Todos “aparecen muertos” tarde o temprano.

La trágica travesía se inaugura con los cuerpos desaparecidos. El plagio de mujeres, niñas, niños y hombres que disponían voluntades al encuentro familiar, una merienda casera o cualquier rutina enraizada en el imaginario mexicano.

Nada está claro. De hecho, las cifras son confusas y acceder a ellas implica horas de escritorio, lectura minuciosa e intrépidas maniobras para evitar la ambigüedad. Con el tiempo uno puede toparse con “informes especiales” que den muestra del racismo, la violencia y el sistema ausente de justicia en México.

Ejemplo copiosísimo es el documento que, en 2017, emitió la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) sobre desaparición de personas y fosas clandestinas en México.

De acuerdo con el informe, en Veracruz,  la Fiscal Coordinadora Especializada en Asuntos Indígenas y Derechos Humanos del órgano de procuración de justicia local, mediante oficio del 10 de octubre de 2016, señaló que de los datos que le proporcionaron la Fiscalía de Investigaciones Ministeriales, a la Unidad Especializada en Combate al Secuestro, así como cada una de las Fiscalías Regionales, se obtuvo que del periodo comprendido entre el año 2007 al 10 de octubre de 2016, se localizaron 212 fosas clandestinas, de cuyo interior fueron exhumados 292 cadáveres y 21,871 restos óseos.

Algunos de los cuerpos, que yacían en zanjas de tierra, se cincelaban con rasgos indígenas y dermis tostada, pero nadie se dio a la tarea de especificarlo. De generar un registro escrito que, como denominó Umberto Eco, gestaría el diálogo entre el texto -caso- y lector (Eco, 1976/2000), para develar el problema, nombrarlo y enfrentar el olvido erigido con el tiempo.

He aquí el deliberado y monstruoso olvido social. Entendido y dispuesto por  posiciones de privilegio, como las de poder,  que ha sido maniqueo desde hace décadas con la opinión pública y sus verdades.

Podemos trasladarnos a panoramas antiquísimos con los relatos de brujas prehispánicas –claramente indígenas–, que fueron perseguidas y asesinadas por el clero católico en La Conquista, debido a su “herejía”; un concepto legítimo de La Corona, que respondió fiel a las escrituras sagradas y la voracidad española.

Las brujas fueron verdad yuxtapuesta al “poder blanco” y dieron metamorfosis obligada a una figura que, irónicamente, de origen, se consideraba virtuosa para tejer relaciones con las deidades. De este modo, las indígenas fueron sometidas a una realidad construida socialmente a través de lo que Peter L. Berger y Thomas Luckmann describieron como «conocimiento» y su conciencia subjetiva. Algo que, en resumen, ha servido a la superioridad jerárquica de algunos individuos.

O bien, es posible valerse de visiones contemporáneas con casos gravísimos de tortura, vejación y, nuevamente, olvido social en casos como el de los indígenas nahuas de San Pedro Tlanixco: Dominga González, Marco Antonio Pérez y Lorenzo Sánchez, liberados el domingo 17 de febrero, después de 11 años y medio de permanecer presos, acusados de un crimen que no cometieron.

Un devenir del olvido que se liga al silencio de los indígenas que han acallado. “Personajes” que incomodan en distintos periodos de la historia ortodoxa al elenco y los espectadores de la obra que México presenta en el teatro inestable de su realidad.

Por eso el caleidoscopio de la cotidianidad de los indígenas mexicanos es sinónimo de marginación y racismo. Ante esto es indispensable concluir que las víctimas no tienen la culpa de sus padecimientos.

De lo contrario, los órganos de “seguridad y justicia” repiten incesantemente patrones de criminalización e impunidad. Cuando un varón desaparece se especula sobre sus actividades personales o profesionales, induciendo conclusiones sin más sustento que la sospecha, que llevan al narcotráfico, el crimen organizado o cualquier de moral ausente.

Cuando la víctima es mujer y, peor, indígena, se filtran detalles morbosos que, ciertos o falsos, recortan líneas de investigación sobre el margen de un lío amoroso, el ánimo de fuga con un amante, síntomas de enamoramiento o un embarazo no deseado que ella “desea ocultar”.  Nunca se toma en cuenta un feminicidio consecuente o la violación sistemática de los mecanismos en trata de personas.

Lo único claro es, quizá, que la ineficacia en los procesos de procuración de justicia y falta de voluntad para encontrar a los desaparecidos; elaborar carpetas de investigación que no se atienden, y desviar el foco de la problemática indígena, deben llegar a su fin.

Related posts