Elige tu cuerpo

 

Por Astrid Perellón

 

En un mundo donde culpamos a la comida, al sedentarismo pero mayormente a los genes por nuestra constitución física no observamos detenidamente qué tienen en común el cuerpo capaz de contorsionarse como para Cirque du Soleil y el del niño delgado que crece en una familia obesa.

 

Preferimos ocuparnos de hallar artículos que nos hagan atar cabos sobre por qué no lucimos como queremos, en lugar de simplemente observar a quienes hacen de su cuerpo lo que les da la gana. No tanto que analicemos cómo comen, se mueven o duermen, sino más bien ¿cómo piensan?

 

Un artista de cuerpo flexible sabe que no puede estar desafiando la cuerda floja presa del estrés por no poder pagar la renta a fin de mes. El niño que se decepciona porque sus padres gorditos no pueden jugar con él, procura él sí divertirse aunque nadie le siga el paso. En suma, la autoimagen se desarrolla a partir de nuestro enfoque. ¿En qué pensamos con más frecuencia? Tal es la forma como las creencias se reflejan en el cuerpo.

 

El Dr. Bruce Lipton, autor de La Biología de la Creencia cuenta el caso de un hipnoterapeuta que curó con hipnosis una enfermedad de origen genético. Dicho terapeuta no pudo curar ningún otro caso después de enterarse que la enfermedad que curó, en realidad se considera incurable. ¡Cómo se dejó vencer por la información! De alguna forma, permitió que su creencia se desplomara.

 

En el libro de la Dra. Lissa Rankin, La Mente por encima de la Medicina, detalla diversos casos que prueban científicamente cómo es verdad que primero tiene que haber cierta receptividad en tus ideas para que el cuerpo te siga la corriente.

 

Con esto no quiero aunarme al torrente de artículos donde te hacen sentir culpable ni te explicaré pasos a seguir. Sabes que mi estilo es únicamente dejarte con una fábula del aquí y el ahora como aperitivo para abrirte el apetito por el tema.

 

Un niño retozón gradualmente se tornó más quieto en cuanto descubrió que quería llamar la atención de cierta niña. Su padre le presentó un espejo de cuerpo entero: “Hijo, si tú te volteas a ver, si tú te haces sonreír, si tú deseas estar contigo muchos querrán acercarse a ti”. Centrando su enfoque de esa manera, escuchó la inquietud guardada de su hijo: “Pero es que quisiera ser más alto y fuerte como tú”.

 

Papá concluyó amorosamente: “Si haces lo que te propuse, te sentirás como deseas sentirte. Y, al hacerlo, te verás cómo te sientes”. El muchachito pensativo, contempló el espejo hasta que se acalambró y prefirió volver a retozar, con lo cual se sintió de maravilla, sin imaginar que a eso se refería su papá. Para las niñas, fue difícil quitarle la vista de encima. ¡Daban ganas de jugar con él!

 

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