Eliseo Alberto, Esther en alguna parte

Por Rivelino Rueda

 

El Cuaderno de tapas rojas de Arístides Antúnez es el directorio puntual de un país entero. La página 46 de ese texto fue cuidadosamente arrancada. Los secretos más valiosos se llevan a la tumba. Lo sabe Larry Po y Lucas Vasallo. Lo sabe Benito O’Donnel y Pierre Mérimée. Lo sabe Eduardo Sanpedro, Abdul Simbel y Plácido Gutiérrez. También Elizabeth Bruhl y el Tío Ismael.

Cuba se asoma dubitativa a las carencias de todos los días en 1978. La Habana es, en 2003, un puñado de recuerdos diáfanos y Lino Catalá escucha nítido, después de 25 años, las que fueron las últimas palabras de Maruja Sánchez, “La Flaca”, el amor de todos sus tiempos:

“¿Que si he sido feliz contigo? Para algunos, Lino, lo peor de la vida es que nunca se acaba. A lo único que siempre le he tenido miedo es a dormir sola. No enredes las cosas demasiado. Después de tantos años juntos, deberías de saberlo: la felicidad es un mito”.

Minutos después, Lino es estrujado al pecho de Maruja. Después de 25 años de casados experimentan el polvo más memorable de todos los tiempos… Lino encuentra a Maruja muerta por la mañana, recostada sobre la mesa de la cocina.

La observa como nunca antes lo hizo. En la muñeca tiene unos puntos de sutura. No sabía de ellos. Antes de tomar una ducha para iniciar todos los trámites se da cuenta de algo: su pene todavía mantiene los jugos vaginales de Maruja. La decisión es una de las más difíciles de su vida. Debajo de la regadera grita:

“¡Carajo, flaca, la felicidad será un mito, pero la infelicidad no!”

Eliseo Alberto (Arroyo Naranjo, Cuba, 1951-Ciudad de México, 2011), narra en Esther en alguna parte una de las historias más entrañables de todos los tiempos en América Latina., la de dos ancianos irreverentes en la “gran guerra mundial de todos los tiempos”, la llamada “Guerra Fría”, en una nación donde los héroes no están en Playa Girón ni en las “misiones internacionales en Angola”.

Nada que ver, en donde los grandes constructores de esta nación estuvieron firmes en las olas despiadadas del Malecón, en el amor de madrugada, en la humedad del cedro macizo de “La Flaca” ¿O será de Esther?

Eliseo Alberto es sutil con su prosa, como siempre lo fue. Sin una agresión y sin un adjetivo.

En todo momento Cuba, la fidelísima Habana. El diario puntual de un niño. Esther. Angola. La crisis de los misiles. El bloqueo. El periodo especial. La cola de un piano y Maruja cantando. La página 46. La Habana Centro. El Cine Negrete. El Café La Rampa. El Bar Buenos Aires. El “¡Patria o muerte!”

Maruja cantando, Bobo y el tambor, el búlgaro músico y el búlgaro infartado (o infiltrado), y el novelista narrando las partículas certeras de su amada tierra:

“Me irrita esa Cuba epidérmica, obligatoriamente sensual, donde lo único que cuenta es la apariencia, el qué dirán; esa Habana, tentadora que a algunos deslumbra, sin saber que esconde tras las paredes salitrosas un hormiguero de perjuicios e insensateces”.

Lino y Antúnez. Maruja y Esther. Cuba y su soledad. El país se gesta en las calles de bullicio. Larry Po, o Arístides Antúnez, o Abdul Simbel, levanta la copa y jura a su anciano amigo que “lo peor de la vida es que nunca se acaba”… Y Maruja de aroma a toronja y Esther, sabor a iglesia, resucitan.

La página 46 del Cuaderno de tapas rojas es de un pasado dichoso.

“La felicidad es un mito”, dijo Maruja hace un cuarto de siglo…

Lino dice que no. Y tiene razón.

 

 

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