¿En dónde empieza el mar?

Por Carlos Alonso Chimal Ortiz

Foto: Eréndira Negrete

 

–Papá, ¿en dónde empieza el mar?

–El mar empieza donde lo ves por primera vez.

–¿Cuándo voy a conocer el mar?

–Muy pronto hijo, muy pronto.

–¿Por qué los mosquitos pican?

–Porque ellos se alimentan de sangre

–¿Me cuentas la historia de la luna otra vez?

–Claro hijo. Resulta que el pequeño Neil tenía 9 años y estaba jugando en el patio trasero de su casa con su amiguito Tom. Tom le lanzó la pelota de béisbol con mucha fuerza y Neil no pudo batear y fue a dar a la casa de sus vecinos, los “Gorsky”, una pareja de esposos que llevaban unos cuarenta años juntos.

Entonces Neil se acercó sigilosamente al patio trasero, se metió entre las cercas, levantó su pelota de béisbol y, cuando pasaba agachado por la ventana de la cocina, escuchó que la señora Gorsky le dijo a su marido:

“¿Sexo oral? ¿Quieres sexo oral?… Tendrás tu sexo oral cuando ese niño llegue a la luna“.

–Y es por eso que después de su famosísima frase del paso del hombre y el salto de la humanidad, Neil Armstrong dijo: “Buena suerte señor Gorsky”, y todo el mundo pensó que era una conspiración rusa.

Víctor es el padre de Ramiro y día con día le responde todas sus preguntas. Normalmente diario le pregunta lo mismo. Algunas veces cambia un poco por algo que vio en la televisión o escuchó por ahí. Víctor le contesta con la paciencia y la emoción como si fuera la primera vez que le hace esas repetitivas preguntas.

Ramiro tiene 32 años y los doctores le dijeron que le había faltado oxígeno al nacer. Víctor, en su trabajo de velador, no percibe mucho, lo suficiente para comprar comida, pagar el agua y la luz del cuarto donde vive con su hijo. Ese cuarto se lo presta el dueño del estacionamiento donde trabaja. Está ahorrando para comprar unas piernas de pavo, una piñata y un arbolito de navidad, ya que es algo que Ramiro espera con ansias cada año.

Víctor llora diario en las mañanas camino a su casa pensando en qué había hecho mal para enviudar hace 32 años y en por qué Dios lo castigaba con un hijo enfermo, el cual lo esperaba en la ventana todos los días para recibirlo con un fuerte abrazo y dudas sobre en donde empieza el mar y por qué había llovido en la noche con luces en el cielo.

 

–Se llaman relámpagos y son descargas eléctricas que dan las nubes.

–Tuve mucho miedo y estaba solo papá.

–Ya te dije que cuando estás solo, tu mamá baja del cielo y te cuida.

–Pero cuándo está aquí, ¿a ti quien te cuida?

–A mí también me cuida mi mamá.

–¿Quién es tu mamá?

 

Y así pasaban horas entre preguntas y respuestas. Ramiro cada día se iba deteriorando más.

Víctor pudo comprar algunas piezas de un pavo, la piñata y el arbolito de navidad. Le dieron tres días de vacaciones y una botella de sidra. Ramiro ya casi no habla, ni se mueve. Cuando vio que su papá estaba adornando el arbolito temblaba de emoción.

A las nueve de la noche del 24 de diciembre le dio de cenar a Ramiro en la cama. Partió la piñata por él y lo tapó con una cobija y un cobertor. Parado en su puerta y viendo a lo lejos fuegos pirotécnicos, encendió un cigarro y se bebió el tercer vaso de sidra. Se dio por vencido.

Apretó la mandíbula y las lágrimas le recorrían el rostro. Estaba desesperado. Sólo quería desaparecer con su hijo, despertar de esa pesadilla, que un terremoto los sepultara para siempre. Él sabía que ese momento tendría que llegar. Un padre nunca quiere enterrar a sus hijos, pero qué haría Ramiro solo, sin su padre, sin nadie.

Cada año pasaba por la misma situación, de querer escapar, irse corriendo, empezar de nuevo, pero a sus 72 años no llegaría muy lejos. Se acostó en su cama junto a su hijo y lo abrazó mientras le decía que el mar empieza donde lo ves por primera vez.

El 24 de julio Ramiro cumplió 33 años, tendido en su cama, con el cuerpo llagado y la mirada perdida. Víctor llego de su trabajo con una rebanada de pastel de chocolate que dejó sobre la mesa y se sentó a pedir el deseo de su hijo con los ojos cerrados muy fuerte mientras apagaba con un soplido una velita de color azul.

Cuando abrió los ojos, los rayos del sol entraban por una orilla de la cortina y sintió el calor en su rostro. Olía a pasto recién cortado, a tierra mojada, olía a Rebeca, su difunta esposa. Sintió mucha paz, tranquilidad, se sentía totalmente rejuvenecido. Ahí estaba Rebeca y corrió a abrazarla. La besó, le entrelazó sus dedos en su cabello largo y negro. Se tomaron de la mano y Víctor dijo:

 

–Ya estoy listo.

–Papá, ¿aquí empieza el mar?

 

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