Enrique Alfaro, la apuesta reciclada de la derecha y los estertores del modelo neoliberal charro

Por Guillermo Torres

Enrique Alfaro, actual gobernador de Jalisco, está siendo perfilado por la derecha para suceder al Presidente de México, antes o después, lo que ocurra primero, según sus planes golpistas o, en todo caso, “electorales”.

Lo anterior, con sus habituales métodos de fraude y guerra desinformativa.

Según los cálculos del único “líder”, o el más visible al menos, con el que cuenta la derecha, en medio de todas las alianzas que han desdibujado aún más el espectro político electoral, es Felipe Calderón, quien aun con todo el descrédito que pueda tener en el ámbito nacional entre la sociedad civil en general, parece ser todavía una apuesta viable para los empresarios mercenarios que lo manejan y colocaron como gerente mal improvisado para desgobernar este país.

Toda la caterva de titiriteros de la derecha que representa Marko Cortés en su exigencia hacia el gobierno mexicano de dar una rápida movilización económica para rescatar, no a la ciudadanía, sino a los especuladores, que ni siquiera pagan sus impuestos, en contraste a la declaración que hizo hace unas semanas de que su partido de ultraderecha no aportará un solo peso para la emergencia sanitaria, siendo el mismo caso del partido que por antonomasia representa la traición al pueblo mexicana y su revolución, el PRI.

Dentro de todo este contexto, no hay figura política que en un momento dado pueda perfilarse como viable para que el maquiavelismo y distorsión etílica de la mente de Felipe Calderón vuelva a tirar la línea política en un momento dado, en lo que pretenden servir a los intereses de Washington para terminar de apropiarse del petróleo mexicano, que es la privatización trunca que más les duele aún, tanto a los títeres locales como a ellos, sus amos.

De entre todo el desprestigio y mala reputación que tienen ya sus cartas convencionales, Enrique Alfaro es la figura que más puede aproximarse a la ocupación de la figura presidencial.

La derecha hoy en día tiene dos bastiones principales de golpeteo antidemocrático y su cacicazgo: Nuevo León, encabezado por otra figura corrupta y mediocre, Jaime Rodríguez, quien pretenden sea el precursor de la nueva ola de ladrones del erario y demagogos de buenas voluntades, Samuel García, también del partido Movimiento Ciudadano.

En Jalisco, la “carta más fuerte” Enrique Alfaro, que representa lo más recalcitrante, anacrónico y decadente de la derecha, toda la tendencia del fanatismo característico de la ultraderecha que aún campea por el Bajío: Guanajuato, Aguascalientes y Jalisco, hoy pone todas sus canicas en el gobernador de Jalisco.

A este fanático religioso lo caracteriza la represión del pueblo, la demagogia y la corrupción. El endeudamiento público como vía de enriquecimiento ilícito y desviación de recursos, tal como lo hizo con la simulación de la compra de pruebas clínicas del Covid-19 y su decisión de endeudar al estado de Jalisco.

A esto hay que añadirle sus nexos con el crimen organizado, que en términos prácticos es el mismo esquema que el gobierno espurio de Felipe Calderón, quien en realidad es el brazo político del crimen organizado.

Se puede afirmar, incluso, sin temor a equivocación alguna, que Movimiento Ciudadano representa el ala antidemocrática de elementos provenientes de la vieja y deplorable guardia del PRI, situación de la que se le a señalado de manera laxa en repetidas ocasiones al partido en el poder.

Dante Delgado tiene en su línea política mucha cercanía con los planteamientos salinistas y con el grupo que traicionó a Luis Donaldo Colosio, que dicho sea de paso hoy recluta en sus filas al hijo del político sonorense que rompió en su momento con el esbozo neoliberal que planteaba ya una guerra en ciernes contra el pueblo mexicano y la destrucción de sus instituciones, para retornar a México a esa gran hacienda de unos cuantos, ahora en su versión posmoderna.

Es así como la sangre nueva y joven que pretenden perfilar como una superflua alternativa, que no es más que la misma cosa, tenemos al representante del de por sí ineficaz y antidemocrático neoliberalismo en su fase terminal, no solamente en México sino en todo el planeta.

En su versión charra, válgame la análoga expresión, aludiendo a los sindicatos que guardan ese olor a hacienda y convento rancios. Ese representante es Enrique Alfaro, que no es que tenga al menos un enfoque de estadista, sino que es el único esperpento a mano y con cierta frescura de entre lo quemados que están política y mediáticamente la mayoría de sus exponentes.

Uno de los golpes antidemocráticos más reciente de Enrique Alfaro son las multas y detenciones arbitrarias en contra de ciudadanos que tienen que salir en la cotidianidad a ganarse la vida, y que no están en posibilidades de guardar la cuarentena.

Es la representación más acabada del fascismo que busca solamente filtrarle al pueblo hasta el último peso. Su vocación de dictador es el nuevo baluarte de ese partido satélite que opera de manera encubierta y alternativa para el PRI y el PAN.

Parte de la radiografía golpista se inclina con mayor peso hacia Alfaro, “El Bronco” y Silvano Aureoles, en los últimos estertores del ya prácticamente extinto PRD, con la nueva promesa de Colosio Riojas y su títere Samuel García.

Es la fórmula con la que pretenden darle oxigeno a los grupúsculos que se resisten a la renovación moral de la política mexicana, en lo más profundo y deplorable tanto de las otrora dos fuerzas políticas principales de este país.

Ahora solamente queda por verse los resultados finales que su gobierno estatal logre obtener en el combate al coronavirus, deuda pública y pruebas fantasma incluidas, quizá antes de pensar en perfilarse para algo tan serio e importante como es dirigir los destinos del país.

O, de lo contrario, si debería al menos hacer uso del sentido común y marcar una pauta distinta que sea un poco más creíble para la ciudadanía de que en realidad no representa más de lo mismo y que, en todo caso, no está fungiendo como artífice de la corriente amorfa que surge a partir de la firma del “Pacto por México” en su fase más descarada, al auspicio del también espurio gobierno de Enrique Peña Nieto.

 

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