Entre la pluma y las batallas perdidas

Por Priscila Alvarado

El canto agónico de la muerte neuronal en las aves. El eco espléndido de una gota densa que desgarra, incógnita, pedazos de piedra en una cueva enlamada. O el soplido juguetón del aire acariciando las múltiples anatomías de la hojarasca. Todas, escenas con la capacidad ancestral de hacerse musas ante el arte narrativo de la sensibilidad humana.

La exquisitez en un texto depende, quizá, del movimiento inherente de la palabras: Todo. Tiene. Un ritmo. O probablemente depende del fraseo tostado que con el tiempo finge estados permanentes de novedad; versos falsos; e historias delirantes. Pero ante todo, y apilando en la omisión el valor o la calidad del texto, la comunicación escrita es, sin duda, el arte más vulnerable, pero potente, disponible a uso y desuso de la humanidad.

Cada línea – vertical, horizontal, de abajo hacia arriba o de arriba hacia abajo- es creadora de sentido. Sea alfabeto, verso, cuento o tomos enciclopédicos, las palabras enlazadas son dueñas de las verdades. Ninguna palabra es inocente. Algo que Charles Baudelaire definió, con una precisión encantadora, como la pesadez en cada frase, “como cargada de fluidos eléctricos”.

Desde sus orígenes la palabra escrita se ha colocado como único artilugio capaz de convertir a Flaubert en “una pluma humana”, como se definiría a sí mismo. O de edificar a Svetlana Alexiévich, hecha “oído humano”, a símbolo del universo narrativo. Mujer capaz de cincelar el sentido más puro de los impulsos, la crueldad y el desgarre trágico de los escenarios bélicos, en estampas narrativas que superan el desgaste del lenguaje.

“Cuando voy andando por la calle y me alcanzan palabras, frases, exclamaciones, siempre pienso: <<Pero ¡cuántas novelas desaparecen en el tiempo sin dejar huella>>. Existe una vertiente de la vida humana, la vertiente oral, que los literatos no logramos conquistar. Todavía no hemos aprendido a apreciarla” (Alexiévich, discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura 2015).

La escritura y su pulso hacen del trayecto humano caleidoscopios históricos que remontan el trazo de las plumas a los sistemas de escritura originados hace unos cinco mil años, tras la evolución de dibujos hacia logográficas, en Asia Menor y, tiempo después, a la invensión de los juegos silábicos en Grecia, con el que hasta ahora se cree el primer alfabeto.

Aunque, aterrizando un poco más, es probable que los periodistxs, cuetistxs, poetxs o  todes aquelles que nos atrevemos a jugar con el lenguaje y su utopía nómada, somos simples y llanas herramientas ingenuas que, ante el entendimiento precario -o ausente-, brincoteamos de una página a otra creyéndonos creadores. Ciegos. Con el cuerpo aturdido por ideas que derrochan cultura, juicios y verdades absolutas.

Ideas que se plasmaron como conocimiento con John Locke. O en ridículos simbólicos con Nitzsche, como la algarabía socrática que tanto criticó. Para él, Sócrates no fue más que una respuesta en términos de glorificación vacua de la época; al recordar, con énfasis, que todo lo dicho por éste quedó suspendido en el aire y la interpretación ante su negativa al uso de la expresión escrita.

En fin,  la historia y los ángulos de los fonemas escritos son tan amplios que unos cuantos párrafos no permiten dar conclusión. Sin embargo, es probable que dejar el tema abierto resulte prudente. O en definitiva, la palabra pesa tanto que su análisis, estudio y entendimiento no deben concluirse.

El juego de las narrativas, el lenguaje, las lenguas y todo aquello que se preste a la comunicación humana tiene (como cualquier otro) cúspides negativas y positivas. A veces perdemos la batalla contra las palabras; como en tiempos de guerra, que se transforma atómica al discurso de los dictadores. Respondió a Hitler, a Pinochet o las formas encantadoras de Mao Tse-Tung.

A veces ganamos. Como la caída de Nixon a través de la prensa. O el envolvimiento mágico de plumas como las de Heinrich Böll, Rosa Montero, Roberto Bolaño, Oriana Fallaci, Julio Cortázar y un largo etcétera.

Aterricemos pues, en el ánimo encantado de las palabras y cambiemos el mundo, que de absoluto no tiene nada.

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