¿Eres un contorsionista emocional?

Por Astrid Perellón

 

Entendí lo que era la manipulación cuando mi abuela me dijo por teléfono a los 10 años que dijera a mi mamá (quien trabajaba todo el tiempo) que era farol de la calle y oscuridad de la casa. Mamá escuchó en el altavoz y arrancó la bocina para comenzar sus famosas discusiones que me parecían típicas en ellas.

 

Aún evoco esa anécdota para tratar de comprender por qué un adulto sentiría la necesidad de decir a un niño que dijera a otro adulto una frase tan inoportuna para quien está trabajando arduamente. Lo comparo a que alguien abriera los ojos al nacer y otro individuo nacido antes dijera <<ni abras los ojos, todos morimos>>.

 

¿Qué necesidad siente una persona de decir algo que considera real a quien no está pidiendo esa información? ¿Por qué los adultos siguen relacionándose entre sí como si fueran titiriteros que tratan de asegurar que la obra salga según su guión personal? Todo empezó cuando ellos mismos descubrieron que, para recibir afecto, debían ajustarse al plan de sus mayores. Aprendieron pronto cómo el amor se ofrece condicionado. Cuando ellos comenzaron a manipular de regreso estaban simplemente retomando lo que parecía el modo normal y aceptado en su entorno. De hecho, el que una madre diga a su hijo <<si haces eso me voy a enojar>> no está para nada separado de que ese niño diga, de grande, a su esposa <<si sales, ¿qué voy a hacer yo solo en casa?>>

 

Ambas frases brindan al oyente la falsa idea de que nuestro actuar debe regularse por lo que agrada a otros. Si actúas ajustado a lo que cada persona que estimas le parece correcto, terminarás torcido como un contorsionista físico y mental.

 

En cambio, mostrar al niño que sus actos deben estar regulados por su estado de claridad mental lo acompaña toda la vida y, entonces el que su abuela le diga <<si haces eso me voy a enojar>> le permitirá un día concluir <<bueno, la abuela tiene una vida muy complicada si todo lo que ve afuera influye en su estado de ánimo como si fuera un títere del destino. Ojalá se ocupe de sentirse alegre, yo mientras me ocuparé de sentirme tranquilo y entonces sabré si hay un modo en el que me pueda divertir sin causarme daño>>. Y, por supuesto, para lograr eso tiene que tener al menos un adulto de confianza que actúe conforme a un guión fabulado del aquí y del ahora:

 

ÉL.- (tratando de ser tierno e infantil, chistoso, a la vez que seductor y dominante, para atinar cuál actitud resulta) Si sales, ¿qué voy a hacer yo solo en casa?

ELLA.- (con claridad e infinito amor por la vida, por sí misma, por él, por todo) Ya se te ocurrirá algo. Por eso me casé contigo, para compartir nuestros propios modos de ser felices. Me cuentas luego (le planta un beso) ¡No me esperes despierto!

 

Gracias a Mar Lagos por sugerir el tema y que sepa que no le estoy dando gusto por manipularla. Sigue mis ocurrencias también por FB: Niñoscopio.

 

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