Ernesto, encerrado en el estrés

 

Karina Maya

 

No ha dejado de llorar, hoy no quiso ir a la escuela. Ernesto fue presionado por su padre pero no consiguió que ocurriera. No es habitual que falte, tampoco es habitual su insistente comentario de no querer ir más. Papá está molesto, también preocupado. Ernesto se ha encerrado en su habitación, lleva varios minutos gritando y llorando, hay enojo ahí.

 

Del otro lado de la puerta Papá lo escucha -por qué, por qué soy tan malo, ya no quiero ir a la escuela- Deja pasar unos minutos mientras ambos se tranquilizan para conversar. Al cabo de uno minutos más, toca la puerta -¿quieres conversar?- pregunta a Ernesto, -no- reponde y acompaña con un silencio. Papá da la vuelta para retirarse, -quiero un abrazo para calmarme- dice Ernesto antes de que su padre salga por completo.

 

Papá se recuesta junto a él y lo abraza, Ernesto llora con mucho sentimiento, -me siento muy mal, no sé qué pasa, sé que debo ir a la escuela pero ya no me gusta- comenta a su padre. ¿Por qué ya no te gusta? Le pregunta acongojado -Es que los maestros son muy aburridos y enojones, nunca nos dejan hacer nada- Ernesto se queda pensativo. ¿Pero todos son así? Pregunta Papá. -Todos, nos dicen que somos el peor grupo, aunque no es verdad, los otros grupos también son así, además, el profesor de educación física nos regaña porque hablamos, si lo interrumpimos, inicia e inicia la clase y nunca avanzamos.- Papá le dice que es importante escuchar para comprender lo que el otro dice, implica respetar, -por ejemplo, ahora yo te escucho con atención para saber qué te pasa- señala.

 

Ernesto le platica que a ellos les gusta jugar y hablar y eso no lo comprenden, reconoce que a veces platican mucho pero también reconoce que trabajan aunque no sea algo que les guste, hacen un gran esfuerzo por aprender y sin embargo, los maestros no se ponen en su lugar. Le comparte, -Ellos se creen los reyes del mundo, nunca se ponen en el lugar de los niños, siempre están en su trabajo, a nosotros nos toca lo más difícil, estudiar, hacer las tareas, los exámenes, ponerse aplicados, a ellos les toca lo más fácil porque son maestros, además, no saben que debo esforzarme para llegar en poco tiempo a natación, si no, pierdo esa oportunidad. Yo soy el que tiene que salir para llegar y prepararme para la competencia, quisiera salir temprano de la escuela, como antes. Me daba tiempo para llegar, comer, preparar mi mochila de natación y descansar un ratito, es cansado estar en la escuela, estar encerrados no es divertido- Papá escucha, calla por unos minutos tratando de decir algo inteligente, algo que eche atrás los comentarios pero, qué decir si hay mucho de razón.

 

Desde que ampliaron la jornada escolar, a Ernesto y a la familia se les acorta el momento juntos, ya no come en familia, hay un espacio vacío, a veces su madre, después de poner su lugar en la mesa, atina que él no estará. Extrañan las pláticas, buenas o malas, extrañan su presencia. En las tardes-noches es mínimo el tiempo para compartir, además, para entonces, Ernesto está cansado y debe hacer las tareas. Una parte del fin de semana lo ocupan para ordenar ropa, útiles, materiales y pensar en sus alimentos del recreo. Se trata de ocho horas en la escuela, el equivalente a una jornada laboral realizada por adultos, a qué hora se dedica a ser niño, a jugar con sus amigos o andar en bici. Es verdad que sus maestros han señalado en las juntas ser unos mal educados, sin valores y sin buenos hábitos, están tachados de tener mala conducta y no tienen buen pronóstico en los tres años que les queda de la primaria. Son los más “escandalosos”, pero también son muy inteligentes.

 

Papá retoma la conversación, -¿te parece si hablo con el Director y los maestros para hacer la clase divertida y que no sean enojones?- Ernesto, sollozando le contesta -No, no te van a hacer caso, además, ha ido la supervisora y nos ha regañado, dicen que nos van  a separar o si no van a llamar a los papás para que vayan por nosotros o nos van a suspender- Sorprendido, Papá le comenta que eso no puede ser, no han recibido información al respecto, antes deben hablar con ellos, en todo caso, le hace saber que tanto él como mamá no permitirán que los suspendan sin motivo razonable.

 

Ernesto suspira y retoma el tema -de verdad, ya no quiero ir a la escuela, me estresa- Papá pide le explique qué significa estresarse, Ernesto le comenta que es un mundo apartado con mucho ruido, con los compañeros gritando, siendo groseros, los maestros regañando, son nubes de emociones (tristeza, enojo, desagrado, ganas de llorar, ganas de llamarlos, dolor), cuando eso ocurre le dan ganas de salir para desestresarse. Sentados en la cama, Papá lo ve a los ojos y le pregunta -¿salir al patio te ayudaría? Sí, responde, -me ayudaría a estar lejos del ruido- Cuando te sientas así, dile a quien esté dando clase o habla con el Director para que te permitan salir- sugiere Papá. Pero, Ernesto se queda pensativo, algo le recuerda que no lo puede hacer porque no tiene confianza y no les diría esas cosas, le preocupa que lo suspendan o que sus maestros no le crean, cuando les dicen se sienten mal reciben como respuesta, es un excusa. -En ocasiones es verdad de que nos sentimos mal y de que no queremos estar en la escuela-

 

Ha pasado más de una hora de conversación entre Ernesto y su padre, la madre ya ha entrado en dos ocasiones, con señas le pedir al Papá terminar, ya no quiere ver llorar a Ernesto. Papá hace unos comentarios finales, repite que hablará con el personal de la escuela para plantear su sentir y tomar acciones que los ayude. Le recuerda que él y mamá estarán siempre para apoyarlo, además, le dice que él no es malo, entonces, Ernesto sorprendido comenta -¿me estabas espiando?- Papá lo niega, más bien, lo escuchó al pasar por su habitación. Le reitera que es una buena persona y lo quieren mucho. Le agradece por contarle lo que pasa, le toma la mano y luego se abrazan.

 

Nota:

Los niños son seres humanos que deben ser tratados con respeto, procurando un lenguaje cariñoso, alentador. Es poco el personal en las escuelas con capacidad para rescatar lo mejor de ellos en lo emocional y educativo; hay una rutina en la que las cuestiones administrativas son más importantes que los aportes al ser de niñas y niños; se ha volcado un sistema educativo en el que importa el silencio, la disciplina como sometimiento, los sellos y el conteo de actividades realizadas más que el enriquecimiento en su ser. Aún hay tiempo de cambiar esto, la enseñanza debe ser cariñosa, comprensiva, con espíritu de libertad y de respeto a la dignidad de niñas, niños y adolescentes.

 

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