Éxodo migrante: reconocerse en el otro.

Por Rivelino Rueda

Fotos: Alejandro Herrera Ortiz

La historia de Jair Zamorano se puede contar para atrás, pero prefiere que se cuente para adelante, para lo que viene. Deja atrás la Ciudad de México, como dejó atrás Honduras, Guatemala, Chiapas, Veracruz, Puebla y el Estado de México. “Viene lo más duro, pero vamos pa’ delante, no pa´ atrás”.

Jair tiene el sino de la desgracia en sus ojos, en su rostro de niño, carcomido en la zona de las mejillas por las cicatrices del implacable acné de la adolescencia.

“Ya no hay marcha atrás”, dice con un nudo en la garganta el migrante hondureño de 19 años. Está a 1,857 kilómetros de su país, de su madre, de su tierra y sol catrachos, de su casa, del barrio, ese donde hace unos años las maras asesinaron a una hermana tres años menor que él y a un hermano un año mayor.

 

A Malena y a Carlos, sus hermanos, los lleva en una desvencijada cartera de imitación de cuero. Las fotografías son las de dos muchachitos con la misma mirada de Jair: transparente, libre, esperanzadora.

La sonrisa también es una calca de la del hermano “de en medio”, ese que hace unos días determinó abandonar un recodo del infierno centroamericano, la región olvidada, la vilipendiada por siglos, la que sirvió de portaaviones al imperio estadounidense para cometer los peores genocidios de la era contemporánea, en Guatemala, en El Salvador, en Nicaragua, en Honduras.

Y hacia allá va Jair, hacia esa “tierra prometida” que está más allá del Río Bravo, que se extiende hacia el norte con injusticias, con racismo, con atropellos, con persecución y cárcel, con deportaciones y humillación, con bardas y cercas de púas de acero, con bloques de concreto y sueños, muchos sueños.

 

Al hombro lleva una ligera mochila viajera para lo necesario. En el camino ha recolectado las piezas necesarias del rompecabezas de un adolescente que descubrió muy pronto –por circunstancias ajenas—una realidad injusta, profundamente injusta en un mundo lleno de injusticias.

Jair es delgado hasta los huesos. Es un muchachito de hombros caídos y cráneo ovalado; de pestañas grandes y cejas tupidas; de aroma a humedad seca, a tierra y agua salada, a polvo y tempestad.

Hubiera querido quedarse unos pocos días más en la Ciudad de México, esa que milenariamente se nutrió de migrantes; esa urbe que recibió a miles de españoles en la década de los treinta; a miles de argentinos, chilenos, brasileños, paraguayos, uruguayos, colombianos, peruanos, venezolanos, bolivianos, durante las feroces dictaduras en el Cono Sur a lo largo de la segunda mitad del Siglo XX; a los cientos de centroamericanos de las interminables guerras civiles en las décadas de los sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado.

 

Jair hubiera querido quedarse unos días más en la metrópoli para conocer el Estadio Azteca y ver al equipo de sus amores, el América; o para ir a un concierto de Caifanes, su grupo favorito.

Jair hubiera querido quedarse unos días más en la ciudad que dio asilo a Gabriel García Márquez, a León Trotsky, a Luis Buñuel, a Leonora Carrington, a Max Aub, a Luis Cernuda, a María Zambrano, a Elena Poniatowska, a Luis Villoro, y a miles y miles de peregrinos que determinaron dejar de ser nómadas en este altiplano, en este ombligo de la luna.

***

Muchos de los jóvenes centroamericanos que avanzan en un éxodo desgarrador hacia la frontera norte de México todavía no nacían en 1982, cuando sus países se desangraban en guerras civiles (El Salvador, Guatemala y Nicaragua), o servían de campos de entrenamiento para grupos paramilitares, contras, grupos de choque, guardias blancas o mercenarios de todo tipo (Honduras).

Ellos son los hijos o los nietos de esas guerras que desolaron la región, las que profundizaron la pobreza, la marginación, las injusticias, las vejaciones y la muerte bajo la supuesta bandera de la democracia.

Lo que sí recuerda la mayoría de muchachos de ese año, sobre todo los catrachos y salvadoreños, son las hazañas de sus selectas al haber clasificado al Mundial de España, dejando a un lado al eterno rival, al invencible, al “gigante”, al deportivamente odiado México.

 

Jorge “Mágico” González, ese irreverente greñudo de calcetas a los tobillos y humores etílicos, a quien el mismísimo Diego Armando Maradona consideró como “el mejor jugador del mundo”, es recordado profundamente por los salvadoreños. Los hondureños llevan en la mente y en el corazón los nombres de Gilberto Yearwood, Porfirio Armando Betancourt y Ramón “Primitivo” Madariaga.

Ambas naciones protagonizaron también, en junio de 1969, la “guerra de las cien horas”, la “guerra de legítima defensa” o la “guerra del futbol”, como la nombró el maestro polaco de periodismo, Ryszard Kapuściński. Pero esa es otra historia.

De lo que nunca habían oído hablar estas muchachas y muchachos de luz inmensa en su mirada, es del discurso que pronunció el 8 de diciembre de ese año el escritor colombiano Gabriel García Márquez, al recibir el Premio Nobel de Literatura, en donde dejó enmudecidos a los europeos por la ceguera hacia lo que estaba ocurriendo en sus países, mutilados y dejados a su suerte en sus infinitos y permanentes siglos de soledad.

 

 

“El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos (en 1932), había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas”.

Con esa tesitura de voz caribeña, el de Aracataca narró ante la Academia Sueca de las Letras que de 1970 a 1982 “ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado (en América Latina), y surgió un dictador luciferino (Efraín Ríos Montt, en Guatemala) que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo”.

Y nuestro Gabo continuó su discurso ante los rostros atónitos, pálidos y avergonzados de los asistentes:

“Más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 muertes violentas en cuatro años (…) La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina, tendría una población más numerosa que Noruega”.

***

 

San Pedro Sula es la segunda ciudad más grande y poblada de Honduras, después de su capital, Tegucigalpa. Se encuentra a pocos kilómetros de la frontera con Guatemala y del litoral del Caribe. Magda Maldonado cumplía los 18 años en el año 2000 y tenía un bebé de ocho meses con el mismo nombre de su padre, Erwin. Recuerda, con un tono de voz potente, que en esa época las maras ya comenzaban a tener el control de la ciudad que fue fundada, en 1536, con el nombre de San Pedro de Puerto Caballos.

“Fue una epidemia que se extendió por todo el país sin que los gobiernos hicieran nada, porque a final de cuentas esos grupos les eran funcionales en sus carreras políticas”.

Magda tomó una de las decisiones más duras de su vida entre la tarde del 14 de octubre y la noche del 15. Erwin, Mayela y Karol la animaron a emprender una ruta llena de incógnitas y riesgos. No había de otra. El hijo mayor había sufrido una golpiza brutal de los pandilleros el año pasado, pero eso no paró ahí. Las amenazas siguieron en la escuela, en el barrio, en la calle y luego con mensajes al teléfono móvil, aunque éstas ya no eran sólo para él, sino para sus hermanas y su madre.

 

La familia Pescador Maldonado se pulverizó en 2011. Erwin padre abordó un automóvil una nublada mañana de junio de ese año, acompañado de otros cuatro hombres y dos “coyotes”, con rumbo a la frontera de Guatemala con México. Desde ese día Magda y sus tres hijos no lo han vuelto a ver, sólo en fotografías yvideollamadas. Desde Phoenix, Arizona, Erwin envía puntualmente, semana tras semana, unos dólares que habían mantenido una cierta estabilidad en la casita del barrio de Lempira Linares, en San Pedro Sula.

Pero ni ese dinero estadounidense, ni las lempiras que ganaba Magda en su trabajo de educadora en una guardería privada para niños, fueron suficientes para la tranquilidad. Hoy, en Honduras, ese dinero no es más que carnada para atraer al crimen, para el chantaje y la amenaza; es un imán que llama a los pandilleros para regodearse con ruindades, con la barbarie, con el banquete fácil, con el banquete de sangre.

 

“No se puede hacer nada porque la policía está con ellos, el juez está con ellos, el alcalde está con ellos; el gobernador, el diputado y el presidente forman parte de ellos. Mi país es hoy cementerio, cárcel y campo de concentración, es una mezcla entre el infierno, una guerra entre ciegos y un carnaval de muerte”, dice Magda abrazando a Mayela.

Erwin hijo y Karol observan a su madre en silencio. Ella es la comandanta en esta misión. Lo ha sido siempre. El enorme bullicio de miles de compatriotas hondureños y centroamericanos en el Deportivo Magdalena Mixhuca –que este viernes caluroso en la Ciudad de México discuten en grupos, en asambleas, en diálogos entre dos o entre tres, en reflexiones personales, si continúan el éxodo hacia el Río Bravo, se quedan en esta metrópoli o dan media vuelta hacia el sur, hacia el Río Suchiate—no distrae a la familia Pescador Maldonado.

“Nosotros seguimos. Allá ya no se puede”, corta Magda Maldonado, una mujer espigada, alta, con una noche cerrada en el color de su cabello, con un mentón firme y esbelto, de una mirada penetrante y nostálgica. Lo dice con la seguridad que sólo cabe en una madre que protege a los hijos, que cuida a la manada con su propia vida.

***

 

El éxodo de migrantes, el primer bloque de cuatro caravanas, avanza tenue y colorido hacia el norte. Allá se ven las Torres de Satélite, esa supuesta ciudad que pretendía ser modernista y que se pobló precisamente de millones de historias de migrantes.

El camino es aún largo. Unos doblarán en Querétaro o San Luis Potosí hacia Tamaulipas, Nuevo León o Coahuila, los que intentarán cruzar una frontera militarizada por soldados estadounidenses hacia el territorio de Texas; otros tomarán la ruta de Chihuahua o Sonora, para buscar alcanzar los estados de Nuevo México o Arizona, y otros más enfilarán hasta Tijuana, para buscar el paso a California.

 

Cada metro es una hazaña en este andar, a pesar de las manifestaciones de odio, de racismo, de xenofobia, de clasismo y de ignorancia en una parte de la población mexicana. “Nos vamos en paz y profundamente agradecidos”, comentan mujeres y hombres que sólo estuvieron de paso por una ciudad solidaria entre sus millones de individualidades.

Ser migrante no es un delito, porque de ser así sencillamente esta ciudad no existiría.

La retaguardia de la primera caravana migrante cruza lo que antes fue el Toreo de Cuatro Caminos, ese monumental domo que marcaba la división entre eldeéfe y el Estado de México, y que el 1 de mayo 1992 se cimbró con el grupo de ska-punk, Mano Negra, un octeto de músicos hijos de emigrantes franco-españoles, comandado por Manú Chao, sobre todo con una rola que más o menos decía:

Solo voy con mi pena

Sola va mi condena

Correr es mi destino

Para burlar la ley

Perdido en el corazón

De la grande Babylon

Me dicen el clandestino

Por no llevar papel

Pa’ una ciudad del norte

Yo me fui a trabajar

Mi vida la dejé

Entre Ceuta y Gibraltar

Soy una raya en el mar

Fantasma en la ciudad

Mi vida va prohibida

Dice la autoridad

Solo voy con mi pena

Sola va mi condena

Correr es mi destino

Por no llevar papel

Perdido en el corazón

De la grande Babylon

Me dicen el clandestino

Yo soy el quiebra ley

Mano Negra clandestina

Peruano clandestino

Africano clandestino

Marihuana ilegal

***

El 19 de octubre, cuando la primera caravana migrante de centroamericanos estaba estacionada en la ciudad de Tecún Umán, Guatemala, y elementos de la Policía Federal intentan detenerlos con gases lacrimógenos, golpes y toletazos, la parte más ruin, xenófoba, racista e ignorante de un sector de la población mexicana sale a flote:

“@EPN Señor presidente que imagen da nuestro gobierno con la ineptitud de las autoridades con la caravana de migrantes. se van a quedar en mexico y si no pueden con la pobreza en nuestro pais. AUMENTARA la violencia haga algo y que respeten los acuerdos y tratados” (sic), escribe ZARAGOZA&ASOCIADOS en su cuenta de Twitter.

“Si el gobierno en turno no hace las cosas con orden y da paso a centroamericanos solo con visa se estará permitiendo la entrada de delincuentes que vienen infiltrados en la caravana. Gente que de inmediato comenzará a delinquir y posiblemente trabajar para el crimen organizado” (sic), anotó el usuario El Patasalada.

“Nosotros los mexicas primero debemos resolver nuestros propios problemas, qué porcentaje de esa caravana traen buenas intenciones, usted le daría asilo en su casa a uno. Es mi opinión” (sic), apunta en esa misma red social el usuario Roberto Ruiz Perez (sic).

“Haz patria y mata a un migrante sudaca”, decía otro mensaje de odio en Twitter.

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El Faro, un periódico digital de El Salvador, fundado en 1998 por Carlos Dada, es el medio que a lo largo de una década se ha convertido en la voz especializada del desgarrador panorama en América Central. Nadie como El Faroha retratado la realidad de esa región por medio de extraordinarios trabajos de crónica, reportaje, perfiles, análisis y entrevistas, que han recibido numerosos premios internacionales.

Óscar Martínez es uno de los pilares fundamentales de ese proyecto. Sus crónicas y reportajes son verdaderas cátedras de periodismo. Las historias que el periodista narra en sus textos tienen esa virtud de ubicar al lector en el sitio exacto y de llevarlo de la mano, con las entrañas a cuestas, por uno de los lugares más olvidados de la tierra.

En abril de 2014 Óscar Martínez concedió una entrevista a la periodista Mayra Zepeda, del portal digital Animal Político, para hablar del libro Crónicas Negras, que acababa de publicar El Faro. El cronista salvadoreño describe y resume el drama de esa región de esta forma:

“América Central es una región olvidada de la que nadie habla, a pesar de tener países donde se están decidiendo muchas cosas: el 90 por ciento de la cocaína que se funden los gringos tiene que tocar tierra en Centroamérica, según estadísticas de la DEA. Las grandes pandillas centroamericanas, la Mara Salvatrucha y el Barrio 18, tienen clicas (pequeños grupos) que nacieron en Centroamérica y que ya están en Washington (…) La llegada de Los Zetas. Guatemala es una base operativa muy importante para ellos; establecieron grandes convenios con capos guatemaltecos que, la mayoría, han sido extraditados a Estados Unidos”.

Óscar Martínez detalla en esa conversación que en El Salvador “se calcula que hay unos 60 mil miembros de las pandillas Mara Salvatrucha y Barrio 18. Casi que triplican el número de policías que hay en mi país. El índice de homicidios es de 41.2 por cada 100 mil habitantes”.

Respecto a Guatemala, el periodista dice que “es un país completamente dominado por el crimen organizado, donde Los Zetas han entrado a cambiar la lógica antigua que tenían los grandes capos. Los grupos de crimen organizado siempre han sido agentes libres, no me importa, trabajo con quien me pague, el cártel de Sinaloa, el del Golfo. Los Zetas cambian esa dinámica. Han llegado y han tratado de posicionarse en ese territorio.”

En cuanto a Honduras, relata que “aquí la policía es el grupo más organizado del crimen organizado. Muchos de sus directores están acusados de asesinatos extrajudiciales. Este país ostenta el primer lugar en tasa de homicidios del mundo, con 90.4 por cada 100 mil habitantes. El promedio global, según la ONU, es de 6.2 víctimas por cada 100 mil habitantes. Además, la prensa es nefasta, los periódicos son empresas políticas de gente que quiere lanzarse  a una candidatura y ocupa eso como herramienta. Meterte con la policía es muy posiblemente un boleto para morirte en Honduras”.

“Cuando se construye una sociedad con base en una profunda desigualdad, como sucede en Centroamérica, con la imposibilidad de que ciertos sectores asciendan, eso la sociedad te lo va a cobrar un día (…) Un día esa gente te va a preguntar cómo es posible que vos pensaras que esto nunca te iba a explotar en la cara. Y en Centroamérica nos explotó y nos sigue explotando”.

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Wilbert Pascual es un año mayor que Jair Zamorano, pero él es guatemalteco, de Tecún Umán, y vive tiempos extras en la tierra porque él sí puede contar que un día lo “agarraron” pandilleros de las maras en el puente que cruza esa población chapina hasta la garita fronteriza con México.

La brutal golpiza fue lo de menos. A Wilbert le dieron tres “piquetes” de navaja: uno a la altura del hombro izquierdo, otro en la mejilla izquierda y uno más, el que lo puso cara a cara con la muerte, en la espalda, a la altura del riñón derecho.

Eso fue hace cuatro años, cuando tenía 16 cumplidos. Manejaba un bici taxi y ese día acababa de dejar a unos turistas mexicanos en la garita del lado chiapaneco. Ya oscurecía y sabía de los riesgos de esa zona. Todos en Tecún Umán lo saben.

Las vías de tren y los vagones abandonados son y han sido madrigueras mortíferas de las maras que controlan la zona. Ese día de enero, de un invierno selvático en la región, el sol se oculta desde las seis de la tarde. A Wilbert no le dio tiempo de nada. Los pandilleros lo acorralaron, lo bajaron de un jalón de cabellos del vehículo, lo “picaron”. Perdió el conocimiento en segundos mientras la golpiza seguía su marcha, aun cuando el taxista del triciclo ya estaba en el piso, fuera de este planeta.

“Ésta me gusta. Me hace ver más grande, más respetable”, señala Wilbert con su dedo índice la cicatriz en la mejilla con sonoras carcajadas y Jair, su reciente amigo catracho, ríe fraternalmente con él. “Me quitaron unos pocos quetzales, unos pocos pesos mexicanos, unos pocos dólares, un teléfono y, lo que más me dolió, unos tenis Puma que acababa de comprar y el taxi”.

Wilbert es un chico de mediana estatura, de nariz afilada y ojos de búho noctámbulo, abiertos, profundos, hipnotizantes, brillosos; el cabello tupido de rizos lo lleva amarrado en la parte alta del cráneo, como una palmerilla calcinada tras la hoguera; tiene una delgadez musculosa por los años de ejercicio en la bicicleta y el nado a contracorriente en el Río Suchiate.

“No. Ya no se puede por allá, sólo que te metas con ellos (los maras); en sus negocios y en sus estilos de vida, si a eso se le puede llamar vida. No, no se puede”, repite el joven guatemalteco con su singular porte.

Menos mal que todavía sonríe, que no tiene rencores y que entabló amistad con Jair en sus terruños.

***

Guatemala es una nación lisiada, en donde la vida transcurre en voz baja. Es un país de un silencio escalofriante, donde se calculan las palabras y donde es notorio el recuerdo de otros tiempos, de estos tiempos.

La desaparición, el genocidio, la “guerra de tierra arrasada”, el “método kaibil”, el terror cabalgando noche y día, la tortura. El silencio. En 1975, Ryszard Kapuściński retrató ese ambiente sobrecogedor en el reportaje Por qué mataron a Karl von Spreti, que aparece publicado en el libro Cristo con un fusil al hombro.

En esas líneas del maestro polaco se narra una pequeña parte de esa historia, una pequeña partícula del cosmos de ese mecanismo de exterminio contra el pueblo guatemalteco.

Wilbert Pascual escuchó esas historias desde niño. Y aunque una supuesta paz se firmó en 1992 en el Castillo de Chapultepec, el muchacho sabe que las cosas no han cambiado.

“Las tierras calientes pertenecen a la United Fruit y a los grandes latifundistas guatemaltecos, alemanes y estadounidenses. En aquel país el dos por ciento de terratenientes posee casi las tres cuartas partes (72,6%) de todas las tierras cultivables (veintidós hacendados poseen el trece por ciento de ellas).

“Y en el otro extremo: el setenta y seis por ciento de los campesinos posee menos de un diez por ciento de las mismas. Hay latifundistas cuyas fincas equivalen a los terruños de veinte mil campesinos. El campo guatemalteco no conoce la noción de campesino rico y campesino medio. Todos son pobres.

“Aun así, la falta de tierra no es su mayor tragedia. En el proceso de colonización los indios (es decir, los campesinos) fueron apartados hacia las peores tierras, estériles y sin agua, a las tierras frías del altiplano. La agricultura es allí sumamente primitiva, como la de hace quinientos o seiscientos años.

“Las tierras frías constituyen una ya clásica cantera de brazos para las tierras calientes. Estas últimas están copadas por las grandes plantaciones que trabajan para el mercado exterior, así que no hay lugar en ellas para el pequeño agricultor.

“En la época de la zafra del café y del algodón (que constituyen la mitad de la exportación guatemalteca), las plantaciones necesitan mucha mano de obra. El hacendado no quiere mantener un gran número de trabajadores puesto que los necesita tres meses al año, sólo para la cosecha. Los otros nueve meses, su mano de obra tiene que sobrevivir de alguna manera en sus reservas indias, que son las tierras frías.

“Cuando se aproxima la época de la cosecha, el comisionado empieza a reclutar trabajadores. En este periodo hay que “trasplantar a latigazos” a un millón de personas, cosa que en las condiciones de un país tan pequeño como Guatemala (superficie: ciento nueve mil kilómetros cuadrados; población, en 1970: cinco millones doscientas mil personas) adquiere la forma de las antiguas migraciones de los pueblos.

“Una quinta parte del pueblo –hombres, mujeres y niños—parte rumbo a los trópicos para espigar el café y el algodón. Poner en movimiento tamaña masa humana no es tarea fácil. Los campesinos no quieren trabajar en las plantaciones porque el salario es de hambre; el trabajo, duro, y su clima tropical, difícil de soportar para la gente de la montaña. Mientras el campesino recolecta el café o el algodón, se le pudre la cosecha en su propio terruño.

“Antes existía la Ley de Vagancia, que permitía cazar a los indios y forzarlos a trasladarse a las tierras calientes. Ahora ha asumido su función el decreto de las listas. Gracias a ellas es posible perpetuar la servidumbre y el sistema de trabajo forzoso. Sí, después de la cosecha, el campesino no presenta un papel diciendo que no ha trabajado en una plantación, el comisionado lo pondrá en la lista”.

***

 

 

 

Entre Jair Zamorano y Wilbert Pascual decidieron comprar un teléfono celular y será compartido. Acordaron hacerlo hasta que llegaran a la Ciudad de México.

Es un aparato sencillo, adquirido en un Oxxo, que sólo será ocupado para mandar mensajes de texto y hacer pocas llamadas, las necesarias, a sus madres y, ¿por qué no?, a las novias, a las que les prometieron volver.

“Sí extraño a mi niña, la verdad es que sí”, dice Wilbert y por unos segundos se borra la hermosa sonrisa en su rostro… sus ojos de búho se tornan un poco más brillosos.

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