Fray Tormenta, un héroe mexicano de carne y hueso

Texto y foto: Jesús Eduardo Tavera Vásquez

 

Los fines de semana el padre Sergio Gutiérrez Benítez se levanta desde muy temprano ya que son los días que más trabajo tiene en la parroquia. Desayuna ligeramente en su modesta casa en el Barrio de San Diego, ubicado en Texcoco, junto a su “hijo” y sus “nietos”, quienes no son más que uno de los jóvenes que rescató de la calle y su familia biológica.

 

Después se dirige a la parroquia para estar con sus “cachorros” antes de que inicien las celebraciones. Sus “cachorros” son los jóvenes que viven en la  casa hogar y que los llama así de cariño.

 

Desde el momento en que ingresa al atrio de la iglesia de San José del Barrio, de San Pedro en Texcoco, Estado de México, los vecinos ya se encuentran esperándolo para recibirlo cálidamente. Ya se encuentra esperándolo el sacristán Chucho, o como el padre lo llama, “Espectrito”, haciendo alusión al mini luchador que ganó fama a inicios de la década de los 90, y que según el párroco se parece en características.

 

En punto del mediodía, la iglesia ya se encuentra llena tanto de coches como de personas que esperan a que dé inicio la misa de XV años a la que fueron invitados. Pero hace falta lo más importante, el sacerdote que oficiará la misa.

 

En la sacristía el sacerdote ya se encuentra cambiado con la sotana que los caracteriza, pero debido a que se encuentra cansado se sienta en un pequeño sillón y sólo dice: “La misa empieza hasta que aparece el padre”. Ríe disimuladamente.

 

Desde el momento en que aparece el sacerdote de 72 años caminando en el altar, los asistentes guardan silencio en señal de respeto, mientras otros murmuran entre ellos preguntándose si la persona de la tercera edad que están viendo es en realidad la leyenda que quedó registrada en el mundo de la lucha libre, no tanto por su historial sobre los cuadriláteros, sino por la labor que hacía debajo del mismo, y que probablemente ésta haya sido la razón por la que asistieron  a la misa.

 

 

Durante la misa, los feligreses se mantienen atentos a lo que dice el padre. Al terminar la celebración, éste pide un fuerte aplauso para la quinceañera, quien amablemente le pide una foto al sacerdote. Cuando el cura se coloca para que sean fotografiados, la quinceañera detiene al fotógrafo para decirle al párroco: “Pero, ¿se puede poner la máscara?”, a lo que el religioso le contesta sonriendo: “¿A poco estoy tan jodido?”

 

“¡Nabor! ¡Pásame la tapa!”, se escucha le voz del padre Sergio hacía la sacristía. Un joven de 19 años aparece con una máscara de luchador de color dorado con detalles en rojo. El cura la toma y se la coloca, dando paso a convertirse en el reconocido Fray Tormenta, el sacerdote luchador que arriesgaba su vida en los cuadriláteros para utilizar el dinero ganado en la manutención de su casa hogar.

 

Los asistentes, al ver este hecho, se acercan en mayor cantidad al altar. Ahora no sólo la festejada quiere una foto del recuerdo, ya es una fila de aproximadamente 60 personas que quieren la misma memoria.

 

Tal como se dice, Fray Tormenta parece más un hombre de letras que un hombre que se entregó en cuerpo y alma sobre los cuadriláteros para cumplir una noble labor altruista, ya que nunca se caracterizó por un cuerpo atlético como el que suelen lucir los luchadores, además de ser una persona que por su trabajo supuestamente debe estar peleado al 100 por ciento con la violencia entre los hombres.

 

Después de prácticamente una sesión de fotos, Fray Tormenta se dirige a la oficina para contar lo que la gente le dio de limosnas y manda a uno de los “cachorros” por algo para comer.

 

Nuevamente regresa a la iglesia y se sienta en una de las viejas bancas, aún con su vestimenta y máscara, para dar pie a una entrevista sobre su vida. En ella, el sacerdote recuerda la difícil infancia que vivió, ya que a la corta edad de 12 años se vio involucrado en un mundo de drogas y alcohol, pero que un día decidió cambiar y se internó en una clínica de Tlalpan, donde logró que lo desintoxicaran, y casi inmediatamente ingresó a un seminario.

 

“Yo la verdad, pues estaba maleado, así que era complicada la convivencia en el seminario, pero algo tuve que tener para que no me corrieran”, comentó el sacerdote respecto a su estadía en ese lugar.

 

Ya que logró recibirse como sacerdote, un día en la iglesia estaba dormido un pequeño a quien le decían “El Chaneque”, y Sergio –en un sentido de apoyo– lo dejaba quedarse en la oficina para que se mantuviera alejado de los malos pasos que el vivió. Al paso del tiempo comenzaron a llegar más niños debido al carácter tan agradable del religioso.

 

“Cuando ya tenía muchos cachorros no sabía cómo mantenerlos, así que pensé en convertirme en luchador pensando que ganaría los millones de dólares”, dice riendo, ya que recuerda que después de entrenar diariamente por dos años y medio, su primer pago fue de 200 pesos.

 

Fray Tormenta estuvo rondando por tres años los cuadriláteros sin que el público supiera su doble vida. De día se la pasaba dando un mensaje de paz, mientras que en las noches azotaba a sus oponentes en el ring.

 

A Fray Tormenta de pronto se le entrecorta la voz al recordar las cosas que tuvo que sacrificar por el bien de sus “cachorros”, pero la felicidad ilumina sus ojos al mencionar el orgullo que esta labor le ha dejado, como lo son tres médicos, dieciséis maestros, un contador público auditor, un contador privado, nueve abogados, veinte técnicos en computación y un sacerdote, además de los luchadores “Místico”, “El Sagrado”, “Fray Tormenta Jr.”,“El Elegido”, ”Rostro Infernal”, ”Kenji”, ”Arácnido”, ”Niño Tormenta”, ”Signo de Fuego”, entre otros.

 

 

Aunado a esto, tiene de la satisfacción de convertirse en fuente de admiración para muchas personas y que su vida haya sido usada como modelo para películas de la talla de “El Hombre de la Máscara de Oro” o “Nacho Libre”.

 

El cura observa la entrada del templo y ve llegar otra agrupación de automóviles, que ahora vienen a celebrar una boda. Algunos curiosos ya se encuentran en las bancas de atrás observando al mítico luchador.

 

Fray Tormenta se prepara para dar paso a la siguiente celebración. Se despoja de la máscara y la esconde debajo de la Biblia que tiene en el altar, ya que está seguro la volverá a requerir. Fray Tormenta se despide diciendo: “A darle a la próxima para que hoy mis chamacos y yo podamos comer carne, ya que si bien antes vivíamos de la lucha libre, hoy vivimos de milagro”.

 

 

 

 

 

 

 

 

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