Gabo, el arquitecto de todos nuestros Macondos internos

Por Rivelino Rueda

Escribir sobre el periodista y escritor que te enseñó a escribir; a amar la lectura; a arraigarse y aferrarse como sanguijuela a nuestra América Latina; a deleitarse hasta la saciedad con cada línea de sus novelas, cuentos, crónicas o narraciones periodísticas, es como haberle rebatido a ese necio Quijote de Aracataca que su libro más grande es Cien Años de Soledady no –como afirmó siempre—El amor en los tiempos del cólera.

A veces pienso que Gabriel García Márquez sólo fue un espejismo que nos mintió a todos. Que sus textos fueron escritos por cada uno de sus personajes. Que la Mamá Grande tuvo alucinantes y desquiciados alegatos con Petra Cotes, o la Cándida Eréndira con el sabio Melquíades, para describir a un hombre Caribe de cabello afro, bigote espeso, amante de las mujeres, del ballenato, de sus muertos, del trago, de las flores amarillas y de contar buenas historias.

Habrá sido en 1989, es decir, 22 años después de que fue escrito, siete años después de que fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura y dos años después de la muerte de Tía Eloísa, cuando me topé con Gabo.

Juan Luis, el hijo menor de Tía Eloísa, me comentó que iba a deshacerse de los libros de su mamá y que me podía quedar con los que quisiera. En la selección me llamó mucho la atención uno de páginas ocre, portada blanca con grecas azules y simbología de campanas, lunas, soles, estrellas, ángeles, flores, diablillos con trinche y peces con alas.

El libro rezaba, en letras anaranjadas, Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, y en letras negras, Editorial Sudamericana. En la página cuatro decía “1ª. Edición, mayo de 1967”. En la página seis estaba impreso: “Portada de Vicente Rojo”. No imaginaba en ese momento el tesoro que tenía en mis manos, hasta que lo terminé de leer, dos semanas después.

Por eso creo que no se ha ido nuestro Gabo así nomás. A veces pienso que no es casual que al otro día que se anunció su muerte hayan iniciado una serie de eventos meteorológicos como los que narra en sus libros, en su inagotable fuente de realismo mágico, de realidad latinoamericana, como tormentas bíblicas, afiebrados sopores nocturnos y fríos glaciares matutinos; granizos del tamaño de un sapo y arrullos de tierra como para desaparecer diez Macondos desde la primera sacudida.

De mis libros de Gabo, la mayoría ha tenido el destino de sus historias. La primera edición de Cien años de soledadla olvidó mi padre, hoy con un padecimiento avanzado de Alzheimer, en la banca de un hospital, luego de esperar horas y horas sobre el informe médico de Beto, mi hermano mayor, que sufrió un accidente casi mortal en una motocicleta, en 1997. Quien lo tenga ahora, le suplico que honre la grandeza de Aureliano Buendía y de Remedios “La Bella”.

Vivir para contarla fue lo único que se llevaron de un robo relámpago en la calle de Atlixco, en la Colonia Condesa, cuando le abrieron su Volkswagen azul al primo Joselo.

El general en su laberinto (debo reconocerlo), lo sustraje de en una fiesta a la que fui invitado, cuando observé que el alcohol había hecho estragos en todos (incluido en mí, para darme valor). Hoy pienso lo ridículo que me observaba con ese ejemplar entre el cinturón, los testículos y el vientre, al salir de ese aquelarre en una casa de la Colonia Lindavista.

Noticia de un secuestro y El otoño del patriarca nunca fueron devueltos; Yo no vengo a decir un discurso se quedó entre las sábanas de un hotel de paso, en la Colonia Clavería, luego de una noche desenfrenada con Mónica Loya, y El olor de la guayaba y Memoria de mis putas tristes se los regalé al primo Fernando, unas horas después de haberlos comprado y después de una bíblica ingesta de ron y cerveza.

Hace un par de semanas decidí abrir La hojarasca, luego de días de no querer saber nada de literatura, mucho menos del “fenómeno Gabo”. Y en esa novela, la primera del colombiano-mexicano, escrita en 1955, me di cuenta que nuestro hombre nunca se irá así nada más, que Aureliano Buendía y Macondo siempre tendrán una segunda oportunidad sobre la tierra.

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