Gelatina de mosaico con crema

Por Carlos Alonso Chimal Ortiz

Foto: Eréndira Negrete

 

Rebeca se levantó ese sábado muy temprano, se puso unas licras negras, una sudadera del mismo color, unos tenis también negros, y se colocó sus audífonos. Bajó en el elevador, llegó a la calle y puso play en su teléfono.

(Música electrónica)

Esos momentos son perfectos para pensar. Pensaba en todo lo que estaba viviendo en ese momento, su familia, su trabajo, sus relaciones sentimentales. A veces aceleraba el paso y le subía a la música, luego caminaba cabizbaja con alguna lágrima; después reía y brincaba.

Cuando llegó a su casa se sentía liberada. Ya había sacado todo. Se metió a bañar y se quedó sonriendo bajo el chorro de agua caliente. Estaba muy feliz

–Todo tiene que salir bien- dijo en voz alta.

Salió de la ducha y, mientras se secaba, veía videos de cómo preparar la gelatina de mosaico con crema. Ese día era especial porque tendría un invitado para comer, Alfredo, un ex novio que se había mudado a Guadalajara por trabajo. Iba a estar un día en la CDMX y se llamaron, ya que tenían como ocho años no verse.

Quedaron en salir, pero ella insistió que fueran a su casa. Pedirían una pizza o algo rápido ya que ella no sabía cocinar. No le gustaba desde el día que incendió la cocina de sus padres. Desde ese día que ella tenía 11 años jamás volvió a acercarse a una cocina para preparar algo.

Siguió las instrucciones del video. Preparó las gelatinas de diferentes sabores. La crema la hizo mezclando varios tipos de leches y rompope. Era la cosa más dulce que jamás había probado en su vida. Cuando la probó sintió cómo la boca se encogió.

Algo así como si hubiera implotado fluuuuuuuup, pero fue solo de momento. Después pensó que no estaba tan dulce y la metió a refrigerar.

Alfredo llegó diez minutos después de la hora acordada. Estaba un poco pasado de peso, algunas canas, pero seguía teniendo el mismo humor de siempre. Vestía unos jeans, una camisa rosa y unos zapatos de vestir sin calcetines.

Eso siempre le molestó a Rebeca, pero ni modo de empezarlo a regañar. En cuanto llegó, decidió que tal vez después le lanzaría alguna indirecta o algo así. Alfredo le entregó una cajita que tenía un llavero de la Catedral de Guadalajara. Rebeca coleccionaba llaveros y él pensó que sería un buen detalle.

Rebeca tenía puesto un vestido negro y unas zapatillas negras, el clima se prestaba para estar así. Estuvieron platicando mucho tiempo, recordando viejos tiempos, de cuando se salían de la escuela para irse a algún hotel y todas las cosas que vivieron en ocho meses de noviazgo.

Llegó la pizza, comieron, tomaron unas cervezas y llegó el momento.

Ella se levantó de su asiento y le dijo:

–Preparé algo, espero que sea de tu agrado.

Fue a la cocina y sacó del refrigerador los cubitos de gelatina de diferentes sabores. En dos tazones sirvió los cubos de colores mezclados. La crema estaba espesa. Se veía deliciosa. La sirvió sobre los cubos de gelatina y llevó los dos tazones a la mesa.

–Ya sabes que no cocino, pero esto lo hice con mucho amor.

Alfredo sonrío, pero un poco dudoso probó el postre y sintió cómo la lengua se retorció de lo dulce que estaba. Sólo murmuro:

–¡Ah la madre!

–¡Está delicioso! Me tienes que dar la receta, ¿eh?, jejejeje.

Rebeca estaba sonriente, feliz. Sabía que había pasado la prueba y quería que todo el mundo supiera que era la mejor repostera del mundo. Inmediatamente colgó en su muro de Facebook una foto con los dos tazones de su postre y le puso como título “Gelatina de mosaico con crema”.

Alfredo era intolerante a la lactosa y esa mezcla de cremas y leches era mortal para él. Después de la tercera cucharada empezó a sentir que tenía ocho meses de embarazo y que el bebé quería salir aunque faltara un mes de gestación.

Sudaba y sonreía nervioso. A causa de tanta azúcar andaba también como esos niños que no se duermen por comer dulces en la noche. Se paraba, se sentaba, sudaba, se reía, apretaba los dientes porque sentía que le iba a explotar el estómago.

Rebeca no era de beber mucho, pero con las dos cervezas y el rompope de su postre andaba eufórica, alegre y un poco romántica, Alfredo, en cambio, tomaba más cerveza para quitarse el sabor a dulce y murmuraba cosas raras como:

–Gadamadre, isimamadre, uuuuuutaamadre.

Tomaba más cerveza y la panza le seguía creciendo. Estaba desesperado y ella le acariciaba la espalda y le decía que lo extrañaba mucho, que nunca se había olvidado él, y muchas cosas. Alfredo solo le veía los labios cómo se movían lentamente. Él lo que escuchaba era puros sonidos raros de su estómago.

Brrrrrggghhhhh, bluuuuuurrrrrrggghh. Del exterior no escuchaba nada. Tenía los oídos tapados, estaba tembloroso y se levantó de un brinco. Le dijo a Rebeca que se tenía que ir, que era una emergencia, y salió corriendo del departamento.

Como sudaba en exceso y no usaba calcetines, se le salió un zapato y quedó tirado en la puerta del departamento. Ella se quedó sola y triste en un sillón con media cerveza en la mano y en la otra el zapato sudado de Alfredo.

Un taxista llevó a Alfredo al hospital porque se estaba desmayando. Le dieron algunos laxantes ya que su estómago era una bomba que en cualquier momento explotaría. Como los laxantes no dieron resultado, tuvieron que llevarlo al quirófano y hacerle una cirugía.

Estuvo dos días internado y sus padres lo iban a visitar. A Rebeca le mandó un mensaje disculpándose y diciéndole que le habían llamado sus padres y que tenía que ir urgentemente porque había fallecido un familiar, que tuviera una linda vida y que gracias por todo.

Se regresó a Guadalajara y nunca volvió a ver a Rebeca ni a su zapato.

La gelatina de mosaico con crema que sobró le había parecido muy dulce a Rebeca y decidió regalársela a Juanito, el señor de mantenimiento de su edificio. Juanito la aceptó con mucho gusto, ya que no había llevado desayuno ese día y se la comió. Sintió que su boca se le retorcía por lo dulce, pero no le importo.

Juanito también es intolerante a la lactosa.

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