El humillante desfile en la vecindad de Manzanares

Por Jessica Ivette Calderón Martínez

Tacones de plástico que simulan cristal, minifaldas tan pegadas al cuerpo que parecieran ser una segunda piel, escotes vulgares y pronunciados que no dejan nada a la imaginación, maquillaje exagerado en donde el labial rojo es el preferido, accesorios de colores brillantes y una fuerte mezcla de aromas embriagantes que te cortan la respiración. Como toque extra, un cigarrillo en mano o un chicle que de tanto masticarlo va desintegrándose.

En el corazón de La Merced, en el centro de la Ciudad de México, el callejón de Manzanares, que a simple vista parece la entrada al patio de una vieja vecindad con paredes cuarteadas y la pintura gastada, y en donde en ocasiones se pueden observar a algunos inocentes niños jugando futbol a las afueras de este lugar, muchos no se podrían imaginar lo que ahí ocurre.

Dentro de esta vecindad se encuentra uno de los puntos más importantes de prostitución y trata de blancas de la ciudad, principalmente de jovencitas de entre 13 y 18 años de edad, traídas con engaños desde los poblados más pobres del país. Es el caso de Esmeralda, a quien su “padrote” trajo con engaños desde Tlaxcala cuando tenía 14 años.

“Era casi una niña, cuando él me conoció… Yo me encontraba con unas amigas comiendo una nieve en el centro de Tlaxcala y lo vi, ahí tan guapo, tan bien parecido. Me lo encontré varias veces hasta que un día se me acercó para endulzarme el oído. Después de unas semanas me conquistó y nos hicimos novios. Él iba demasiado rápido porque ya se quería casar y llevarme a vivir para la capital. Acepté. Mi error fue confiar en él en tan poco tiempo de haberlo conocido”, comenta Esmeralda.

No todo es trata de blancas, pues algunas mujeres lo hacen por gusto y otras cuantas por necesidad. Como Ángela, una sexoservidora de 42 años de edad.

“Yo tengo a mi esposo que quiero muchísimo. Además él sabe que yo trabajo acá en el callejón… No me reprocha nada porque pues ahora sí que aporto dinero a la casa, más que nada lo hago por necesidad. Le tengo que dar de comer a mi niño y ayudarle a mi marido con los gastos. Si por mí fuera estaría chambeando en un lugar que me guste, pero pues ahora sí que no estudié y es algo que lamento mucho”, dice Ángela con una voz cortante.

Esta vecindad está acoplada como un barato hotel –o al menos eso quieren aparentar–, en donde cada habitación tiene piso de concreto, en donde pueden verse preservativos usados y sus envolturas botadas por ahí, un catre viejo, lleno de manchas y resortes salidos, un espejo (si bien te va), una cobija agujerada, un balde con agua turbia y una sábana colgada en la entrada para utilizarla como puerta. No hay baños, no hay pulcritud.

Desde las once de la mañana se preparan para adornar y perfumar sus cuerpos para así salir a dar un grotesco desfile que realizan en círculos durante horas alrededor de una cubeta desbaratada, frente a una aglomeración de hombres de todas las edades, hambrientos de sexo que parecen depredadores cazando a sus frágiles presas.

“Nos ven con morbo y nos dicen cada cochinada que aunque somos prostitutas y ya estamos acostumbradas a muchas cosas, la verdad es que nos da asco y nos molesta mucho que no nos respeten”, expresa Ángela.

“Pues si ni los patrones nos respetan, ¿qué podemos esperar?”, declara Esmeralda por última vez, antes de que un cliente la abordara.

–¡No cobramos por ver! ¡120 pesitos la que le guste!, gritan los padrotes todos los días cuando las mujeres maduras y las jóvenes engañadas salen a desfilar en la vecindad de Manzanares. Lo hacen de una forma tan natural como si se tratara de vender frutas en el mercado.
México ocupa el segundo lugar a nivel mundial en trata de blancas y existen alrededor de 500 mil personas que practican la prostitución en el país.

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