Ixchel y la Nadia Comaneci que lleva dentro

Columna: Historias no contadas 

Por Karina Maya

 

Desde temprano, Violeta inicia con el orden de la casa, limpia y lava ropa. El esposo por su parte, riega las plantas y sirve la comida a las mascotas.
Es un día especial porque Ixchel tiene un encuentro con su destino. A lo largo de dos metros de terreno tiene que demostrar sus habilidades. Hoy se encuentra ubicada en un extremo de su casa, inmóvil y sin parpadear, algo le pasa. Está en posición firme, se le nota respirar a través de su pecho, ha girado su cuerpo levemente, realiza algún tipo de saludo con su mano derecha y una pequeña reverencia con la cabeza, se reincorpora y mira algún punto en el horizonte, allá va. A gran velocidad corre, llega al punto apropiado, da un salto, una voltereta, cae firme, lo celebra, sonríe, salta de la emoción, ha sido un éxito.

 

Luego, Ixchel se dispone a perseguir a Luna, se le ha atravesado por su mirada, es el momento adecuado -¡Eres una grosera, me la vas a pagar!- le dice. Ixchel cierra levemente sus ojos y con mirada fija corre detrás de ella, Luna reacciona, se escabulle, no tan fácil caerá en las manos de Ixchel; a lo lejos, su madre le llama, es hora de poner orden en su recámara. Zapatos, ropa sucia bajo la cama, libros, juguetes, uniforme encima de sus muñecos y un sin fin de objetos por doquier, la imagen habitual de fin de semana.

 

Con voz alta Violeta le menciona -ven a recoger tu cuarto, !mira nada más, qué desorden!- Ella no responde, Ixchel está en una nueva demostración. Lleva un payasito verde limón con brillantes alrededor del cuello, mangas y cintura, se ve hermosa. La persecución a su gata Luna puede esperar.

 

Una vez más se alista, parada en un extremo calcula la distancia, piensa cuál será el mejor movimiento, luego, respira; corre, acelera, vuela, una marometa, de reversa, genial, lo ha logrado, su salto fue espectacular. Le aplauden efusivamente, con reverencia da las gracias, sale de la escena, -¡Ixchel, ven a recoger tu cuarto carajo!- se escucha a lo lejos.

 

El tono de voz de su madre hace que ella atienda el llamado, semáforo en rojo -¡pero mamá, soy una niña, las niñas no debemos hacer quehacer!- señala, luego, agrega en silencio, -¡es lo bueno de ser pequeña!- Camina cabeza gacha hacia su recamara, no entiende por qué tiene que recoger todo, la vida sería tan fácil si las cosas quedarán por doquier, como muestra de que se les da utilidad.

 

¡Ajá!, nuevamente su enemiga está sobre la mira, en sus cuatro patas encogida, le salta de sorpresa y se echa a correr. Ixchel sabe que ésta vez no se saldrá con la suya, se retira de su recamara, el desorden espera una vez más. Corre detrás de Luna, se carcajea y grita por todo el departamento -¡Luna, ven acá, ahorita vas a ver!- Ixchel sube a una silla y le salta sorpresivamente. Luna hace lo mismo por el otro extremo, se persiguen. De pronto, Violeta quien ya concluyó en tallar los calcetines blancos de su hija, respira profundo y le grita al límite de su paciencia -¡Ixchel, si no recoges tu desorden me la vas a pagar!- Al no recibir respuesta, pide apoyo de Fernando, él acude con Ixchel para saber por qué la falta de atención a la solicitud de la mamá. Ixchel le comenta que está en una misión importante; Fernando le pide ordenar y se retira para seguir con sus quehaceres.

 

Ixchel, estando en su cuarto, se topa con un libro, se recuesta en su cama y la disfruta, tanta exhibición y carrera la tienen agotada. Da lectura a su libro, se pierde en él. Al poco rato, unos pasos la ponen en alerta, es Violeta quien ingresa a la recamara, se detiene, cruza los brazos, frunce el ceño y la mira fijamente. No hay necesidad de decir nada, ambas saben cuál es el asunto. Ixchel se reincorpora, el libro lo deja a un lado en su cama para ponerse de pie sobre ella, sus dedos sienten lo blando del colchón y de a poco, los resortes le dan movimiento, entonces, Ixchel sonríe discretamente a su madre y le pide con su pequeño dedo índice, se acerque. Sin perder su postura de autoridad, Violeta sede. Ixchel la abraza por el cuello y le da un beso en la mejilla, le susurra al oído -¡te quiero mami!-, se queda pensado que, algún día será como Nadia Comaneci.

 

Para la reflexión: Las niñas y los niños tienes derecho a ser escuchados, a opinar, a decidir y a ser tratados conforme a su edad, etapa de desarrollo y necesidades. Esto implica que los adultos debemos reorientar nuestra forma de relacionarnos con ellas y ellos. Como adultos no debemos tener temor a perder “autoridad” o “control”, se trata más bien de ponernos a su altura para entender cómo acompañarlos en sus fantasías, en sus ilusiones y fortalecer su ser.

 

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