Juan Villoro: 8.8 El miedo en el espejo

 

Por Rivelino Rueda

 

Laura Hernández vio la luna y no le gustó para nada. Francisco Mouat soñó más de lo habitual. El hámster de Julián se escapó y desde la Estación Espacial Internacional el astronauta japonés Sochi Noguchi fotografió el cataclismo y mandó el mensaje: “Rezamos por ustedes”.

Seis días antes, Juan Villoro expuso un “decálogo accidental” en las jornadas literarias México-Chile “Un día, en algún lugar”, que se realizó en el Palacio de Minería de la Ciudad de México e improvisó diez acontecimientos que lo enlazaban con la tierra de Pablo Neruda.

“El primer Mundial del que tuve noticia fue el de 1962. El primer gran jugador extranjero que vi en México fue el chileno Carlos Reinoso. El primer acontecimiento político que me sacudió en forma directa fue el golpe de Estado en Chile. La primera manifestación a la que asistí, con mis compañeros de preparatoria, fue en apoyo a la Unión Popular. El primer villano histórico de mi vida fue el general Pinochet.

“El primer amor de mi vida fueron las chilenas que llegaron a mi colegio, el Madrid, fundado por republicanos españoles. Venían a asilarse. Mi primera influencia literaria en close-up, tan cercana que podía confundirse con el plagio, fue Antonio Skármenta. Cuando conocí a Roberto Bolaño, también estaba bajo el influjo de Skármenta.

“El primer texto que escribí con afán de publicar tenía como destino una revista del Colegio Madrid. Dedicamos el número a Chile. El primer amigo que hice al llegar a vivir a Berlín Oriental, en 1981, fue el escritor chileno Carlos Cerda. El primer viaje que hice con Margarita, mi esposa, tuvo como destino los glaciares chilenos”.

Para el 27 de febrero de 2010 Chile sufre un terremoto de 8.8 grados en la escala de Richter con una duración de siete minutos en su epicentro. El sismo modificó el eje de rotación de la tierra y el día se acortó en 1,26 microsegundos. La ciudad de Concepción se desplazó 3.04 metros hacia el oeste, en dirección al mar. Santiago se desplazó 27.7 centímetros. Villoro estaba ahí.

Con un sismógrafo metido en el cuerpo, como todos los defeños que fuimos testigos del terremoto de 1985 en la Ciudad de México, Juan Villoro narra en el libro 8.8: El miedo frente al espejo un episodio escalofriante en aquel país andino, en un texto que el mismo escritor duda ubicarlo en el género periodístico de crónica o reportaje.

Lo cierto es que la prosa de Villoro reencarna las grandes piezas periodísticas de todos los tiempos. En medio del caos y de las constantes réplicas, el oficio de escribir, de indagar, de cuestionar, de levantar el testimonio colectivo, se impone por sobre todas las cosas.

“Hasta que dejen de temblarme las manos”, es la respuesta sarcástica y contundente del cronista a la pregunta de un colega sobre si iba a escribir algo sobre su experiencia en el cataclismo chileno.

El oficio llama y el oficio manda. La observación, el levantamiento de datos y de testimonios; el análisis riguroso de los hechos; el uso de recursos literarios para enriquecer la historia; el remate circular de extraordinaria confección, y el cronista de nuestros tiempos sólo tiene en la mente algo: “Estas historias hay que contarlas”.

Pero en las tragedias también sale a relucir lo más noble y lo más miserable de la condición humana, como aquel dueño de un pequeño restaurante de la ciudad de Concepción que echa a un bombero de su establecimiento porque ve la televisión y no consume nada, a pesar de que perdió a toda su familia en la tragedia y que no dejó de trabajar para rescatar decenas de sobrevivientes de entre los escombros. O el avión que el gobierno de México escatima en mandar para rescatar a sus connacionales, pese a que todas las naciones ya habían recogido a los suyos.

Y Villoro narra: “Con pasos vacilantes llegamos al avión. En su duplicidad, la cifra 8.8 adquiere una carga simbólica: los gemelos del miedo, el diablo ante el espejo o, sencillamente, lo que somos y lo que podemos dejar de ser”.

 

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