El juego del hombre y del hambre

Por Carlos Alonso Chimal Ortiz

 

 

 

Mis padres me educaron dándome cariño y protección…. Y eso que mi padre nunca me expresó su amor con palabras, nunca me dijo: Te quiero. Y, sin embargo, yo sabía que me quería más que a nada.” 

Zinedine Zidane”

o     

 

 

Ricardito a sus diez años ya conocía el estadio Wembley, el Santiago Bernabéu, el Giuseppe Meazza, el Maracaná, el Olímpico de Berlín, el Ámsterdam Arena, el Juventus, el Estadio de Kaliningrado, y qué decir del Estadio Azteca. Era como su segundo hogar.

 

–Cuando tenga veinte años ¿crees que ya haya conocido todos los estadios del mundo papá?

 

–Yo creo que cuando cumplas tus 18 años ya, y tal vez hagamos una pequeña fiestecita en el Azteca, ¿no?

 

–¡Sí! Gracias papá. ¡Eres el mejor!

 

El papá de Ricardito, Ricardo Corcuera, es un socio mayoritario de una firma de abogados y defensor de los Derechos Inhumanos de algunos personajes del ámbito político. Gracias a los impuestos de los ciudadanos se podía permitir viajes, autos, casas y entrenadores privados de futbol para Ricardito.

 

–Pues si compadre, fíjese que ese Ricardito me va a sacar de pobre ahora que sea un futbolista profesional. ¿Crees que quiere conocer a  “La Lombriz Nájera”? Le hablé a la pinche mamona ojete de La Lombriz para decirle que viniera a la casa a saludar a Ricardito, y el muy mamón me dijo que tiene que ir a la explanada de la delegación a convivir con unos pinches escuincles piojosos. ¡No se vale compadre! Y mi junior que se chingue, ¿no?

 

La “Lombriz Nájera” llegó puntual a su cita con los niños de un barrio de escasos recursos. Se tomó fotos con ellos y hasta le tiró unos penales a varios niños del barrio. Sólo hubo un niño que le paró el disparo, Ulises Cabrera.

A sus diez años, Ulises soñaba con conocer el Estadio Azteca. A veces se escapaba  corriendo durante una hora y quince minutos y se quedaba afuera escuchando, viendo a las personas que entraban con sus playeras del equipo que iba a jugar. En los puestos de afuera veía alguna parte del partido imaginando que él estaba ahí gritando y brincando con los colores de su equipo. A Ulises lo que le gustaba era el ambiente de estar con personas que compartían la misma playera y la misma porra de su equipo.

 

La mamá de Ulises lavaba y planchaba la ropa de algunas familias de clase media-baja y con eso se ayudaba para darle de comer a Ulises y a su hermanita Claudia. El papá de Ulises había muerto cuando él tenía tres meses de edad, al menos eso le dijo su mamá. Claudia era hija de otro papá que también había muerto. Este año Ulises dejó la escuela para trabajar en una panadería y ayudar a su mamá en los gastos.

 

***

 

–¡Ricardito! ¡Te está hablando la maestra!

 

Ricardito no escuchaba a su mamá, ya que estaba jugando una Copa del Mundo en su consola de videojuegos.

 

–Señora, es inútil que le dé clases a su hijo si va a estar jugando…

 

–¡Entonces lárgate! ¡Contratamos a otra maestra y se acabó! ¡Fuera de aquí!

 

–¡Pero cuando llegue tu papá vas a ver niño! ¡Hazme caso!

 

Cuando llego su papá le gritó desde abajo:

 

–¡¡¡Ricardo!!! ¡¡¡Baja inmediatamente!!!

 

Tuvo que subir su nana para pedirle que bajara, ya que su papá le estaba llamando. Al bajar Ricardito se encontró con su papá sentado en la barra de la cantina con la mismísima “Lombriz Nájera”.

 

–¡¡¡Papá!!

 

Y corrió a sus brazos en señal de agradecimiento. Se tomó fotos y videos con la “Lombriz Nájera”. Ricardo le daba instrucciones de cómo tirar los penales para que pudiera pararlos y todo quedara asentado en video. Después de dos horas de fastidio, la “Lombriz Nájera” se marchó de la mansión Corcuera con ciento ochenta y cinco mil pesos en la bolsa y cara de náuseas.

 

–Lo conscientes mucho Ricardo. Hoy tuve que cambiar de maestra porque le alzó la voz al bebé porque se distrajo un momento…

 

–Pinche vieja grosera. Qué bueno que yo no estuve porque no sé qué le hubiera hecho. La deberíamos de reportar  con las autoridades. ¡Además de que hacen sus desmadres en las calles ahora se sienten con derecho de gritar e insultar a los pobres niños! Lo bueno que mi junior es un genio. A veces pienso que no es de este planeta el muy cabrón.

 

***

 

–Pues sí Mary, ¿como ve? Me da mucha pena pero ya no le voy a poder seguir pagando por la ropa. Ganaba muy bien con esa clase extra pero la culpa fue del niño. En el año y medio que le di clases nunca me hizo caso. Voy a extrañar ese dinero, de verdad lo siento mucho Mary. Tome, le doy este dinerito como si fuera su liquidación y pues mil disculpas.

 

Mary salió del edificio y soltó unas lágrimas. Se tuvo que aguantar para no llorar frente a la maestra Evangelina. No sabía qué iba a ser de ella y sus hijos Ulises y Claudia. Pensó que tal vez algo había hecho mal en otra vida para merecer esta suerte. “¡Es una suerte de perros!”, así decía.

 

Cuando llegó a su casa les dijo a Ulises y a Claudia lo que había pasado, así que le pidió a Ulises que le echara más ganas en el trabajo y a Claudia, que tenía siete años, que le iba que tener que ayudar a lavar y a planchar en los pocos trabajitos que le caían. Con el dinero de su liquidación sacó de su bolsa (en la que acostumbraba llevar un mandil y donde transportaba a veces ropa que le regalaban algunos clientes) un balón de futbol para Ulises y un bebé de plástico para Claudia. Los tres por un momento sintieron que era un día muy especial. Hubo risas y alegría esa noche en la casa de Ulises.

 

VEINTE AÑOS DESPUES…

 

Ricardito trabaja con su papá y va a heredar todos sus negocios. Tiene cuatro hijos varones que juegan en las fuerzas básicas de las Termitas. No terminó la primaria y sí conoció todos los estadios del mundo cuando cumplió los 17 años de edad.

 

Ulises trabaja ayudándole a su tío que es albañil. Tiene un hijo que trabaja con él. No terminó la primaria y nunca ha conocido el Estadio Azteca por dentro.

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