Julián Herbert: un ejercicio memorioso desde las entrañas

Por Rivelino Rueda

 

La muerte de Guadalupe Chávez y de Marisela Acosta, luego de una agotadora y tenaz lucha contra el cáncer, le dan la oportunidad al escritor Julián Herbert (Acapulco, 1971) de culminar su novela Canción de Tumba. Por un momento dudó que Guadalupe y Marisela, que es la misma persona, su madre, ganaría esta batalla y el derrotero de su obra fuera el fracaso.

 

Sin tapujos, sin rodeos, sin las nefastas presunciones intelectuales de muchos, más que narrar lo cotidiano, el recuerdo fresco y la crudeza humana, Herbert plantea desde las primeras páginas de su magistral obra el tema central del texto:

 

“Mamá nació el 12 de diciembre de 1942 en la ciudad de San Luis Potosí. Previsiblemente fue llamada Guadalupe Chávez Moreno. Sin embargo, ella asumió—en parte por darse una aurea de misterio, en parte porque percibe su existencia como un evento criminal—un sinfín de alias a lo largo de su vida (…) La más constante de estas identidades fue la de Marisela Acosta. Con ese nombre, mi madre se dedicó durante décadas al negocio de la prostitución”.

 

En un ejercicio autobiográfico humanamente desgarrador –pero siempre con los pies en la tierra, con una sinceridad al límite y una narrativa sin ambigüedades ni protagonismos mezquinos–, el escritor radicado en Saltillo, Coahuila, plasma en su obra pasajes cargados de crudeza y de puro ejercicio memorioso, ese que flagela hondo, pero que es virtud de los grandes novelistas.

 

La memoria, esa sustancia viscosa que se amalgama en el cuerpo, a veces en el estómago, a veces en el corazón, a veces en la cabeza… La memoria, esa que vaga por una niñez entre prostíbulos noctámbulos de excesos; el del equipo de futbol en Lázaro Cárdenas, Los Madrugueros del Balsas, conformado por trabajadores sonámbulos del putero; el de perseguir el techo de zinc de la casa por las tolvaneras en los desiertos del norte de México.

 

Y en el centro Guadalupe Chávez y Marisela Acosta, siempre en el centro, siempre la dadora de vida, la dadora de historias, de angustias y conocimientos, la ayer borracha de alcohol y sexo y hoy borracha de transfusiones, la que algún día gritó: “Tú ya no eres mi hijo, cabrón, tú para mí no eres más que un perro rabioso”.

 

La memoria, esa que revela, esa que remueve todos sentimientos durante la adolescencia, esa que juzga y aniquila, pero que también tiene espacio para el perdón… “Que la odié desde septiembre de 1992 hasta diciembre de 1999. Que esos años me di religiosamente cada día un instante de odio para ella con la misma devoción con la que otros rezan el rosario. Que la odié de nuevo algunas veces en la década siguiente pero ya sin método ya solo por inercia: sin horarios. Que la he amado siempre con la luz intacta de la mañana en que me enseñó a escribir mi nombre”.

 

El recuerdo más lejano no es el del padre, sino el del amor platónico de Guadalupe Chávez, un guerrillero del movimiento encabezado por Lucio Cabañas, a quien “le aplicaron la ley fuga los putos guachos de Ticuí”… “Esa noche mamá se emborrachó encerrada en nuestro cuarto y escuchando boleros. Ella dice que no”…

 

Y en esa lógica de una guerra de exterminio contra el que piensa diferente, que se extiende hasta nuestros días, la profecía más poderosa: “Lloverán cabezas sobre México”.

 

Mientras, Julián Herbert espera y narra en esas horas moribundas: “Lamento no haber sido alguien que pudiera explicarle algo. Recetarle algo. Consolarla mediante un oráculo de podredumbre racional en esta hora en que su cuerpo se estremece de jadeos y miedo a morir”.

 

(Esta reseña la puedes ver también en www.revistasantoysena.com

 

 

 

 

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