Justo a tiempo, Ramón Vargas en Bellas Artes

Columna Los sonidos del alma

 

Por Marco Jurado

Fotos: Marco Jurado

 

Eran cerca de las seis de la tarde y una cita con la historia operística me esperaba. Era la Gala del 35 aniversario de Ramón Vargas, en un recinto sagrado para la cultura en México, como lo es el Palacio de Bellas Artes.

 

Ese palacio, con sus pisos de mármol, el palacio que presenta las más importantes exposiciones de arte en nuestro país, el palacio afrancesado que tanto imaginó Porfirio Díaz y nunca vio finalizado.

 

Era un trayecto que no me llevaría más de 25 minutos realizar, ya que era sábado, no habría tráfico y el Metro no estaría tan lleno. Pero menuda sorpresa me llevé ya que el Metro se paraba en cada estación cinco minutos y el trayecto se prolongó a 50 minutos.

 

Iba un poco informal para tal evento, pero quién se fijaría cómo iba, yo no me fijaría en nadie, pensé, sin embargo, llegando a dicha cita vi mujeres con vestidos de noche, hombres de traje. Traté de pasar desapercibido, lo cual lo hice muy bien.

 

Ya entrando a lo que realmente es importante, eran las siete de la noche y comenzó primero con la presentación de Ramón Vargas y el reconocimiento de su carrera, la cual ha sido exitosa y ha sido prolífica tanto en Europa como en América y, sobre todo, en México, que es la cuna de su nacimiento.

 

La orquesta ya preparada para dar sus mejores notas hicieron la obertura de Don Giovanni, de Mozart, algo hermoso que satisfizo mi ímpetu por escuchar a la orquesta en todo su esplendor, algo íntimo, algo especial.

 

En ese momento hay una pausa y sale Ramón Vargas para deleitar nuestro tímpano con “La Clemenza di Tito”, “Lucia di Lammermoor”, donde cuenta con la presencia de Patricia Santos, dando la oportunidad a nuevas generaciones de cantantes como él lo dijo en la recepción de su reconocimiento y cantar “L´elisir d´amore”.

La primera parte fue espléndida, dando lo mejor Ramón Vargas y sus colegas, llegando a notas que ningún cantante de música popular podría llegar y con una calidad inigualable. Al terminar su interpretación fue momento de hacer una pausa al intermedio, no sin antes quedar saciados de voces, música y aplausos. Teníamos que hacer una pausa para poder estirar las piernas y bajar los latidos del corazón, que estaban en un nivel casi de taquicardia.

 

El regreso de la orquesta no fue menos emotiva que al inicio del concierto, con la interpretación de “I due Foscari”, de Giuseppe Verdi, seguido de este acto fue turno de “La Rodine”, de Giacomo Puccini, e interpretada por las sopranos Lorena Flores, Graciela Morales y los tenores Ángel Macías y Édgar Villalba. Era un ir y venir, una respuesta a cada uno de los versos entre tenores y sopranos.

 

Cada que avanzaba la noche y el sueño terminaba era más emotivo, más emocionante cantando a George Bizet, Jules Massenet y Jacques Offenbach, con más participantes, hasta llegar a contar diez mujeres (entre sopranos y mezzosoprano), nueve hombres (entre tenores y barítonos, y bajos barítonos). Fue algo sumamente delirante poder escuchar tanto talento en una sola exhibición. Hicieron tres encores, lo cual habla de la preparación y dedicación que Ramón Vargas y la orquesta tiene como profesionales, sin olvidar a Srba Dini´c, director de orquesta.

 

Algo que no quiero dejar pasar y es muy notable, es que el artista se retira de escena y la gente se para desesperada por querer salir. En el tercer encoré quedamos la tercera parte de las personas que habíamos ido, creo que vivimos rápidamente, sin embargo, no veo una razón para salir despavoridos de un concierto, sabes a lo que vas y el tiempo que puede tomarte un concierto de cualquier tipo.

 

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