La abuela

Por Carlos Alonso Chimal Ortiz

Foto: Eréndira Negrete

 

“¡Que mi Ciria sea virtuosa, instruida y dé Gloria

y honor a Dios y a la sociedad!”

Victoriano Rodríguez

 

Mi abuela Ciria, que en paz descanse, siempre fue una señora muy trabajadora, buena persona, seria y muy amorosa, al menos conmigo, ya que fui (y así me gusta creerlo) el consentido de sus nietas y nietos.

 

Nació el 3 de agosto de 1918 a las 23 horas en Tamazulapan. En 1926 la atacó la escarlatina y el sarampión. Estuvo a punto de morir. Me alegro que no haya muerto porque no estaría escribiendo esto. A los cuatro años ya sabía leer. Su padre Victoriano Rodríguez murió a los 103 años de edad.

 

Era una señora de estatura muy baja y el cabello rizado. Cuando era niño no sé por qué razón me daba miedo quedarme a dormir con ella en su casa, en su cama. Me aterraba. Pero ella les insistía tanto a mis padres que me dejaran con ella. A veces ellos esperaban a que el cansancio me derrotara y, sin darme cuenta, me acostaban con ella y se iban. Ahora agradezco eso.

 

En la primaria en la que iba un diciembre cantamos “Los peces en el río”. Desde esa vez siempre me pedía que se la cantara. Ella era muy feliz mientras yo le cantaba y algunas veces una lágrima le recorría sus aún no arrugadas mejillas. Mientras fueron pasando los años ya me daba pena cantarle y me pidió que cuando se muriera le cantara esa canción.

 

Años después, cuando yo era adolescente, pasaba varios días y hasta semanas en su casa. A las seis de la mañana encendía la aspiradora para hacer ruido, como queriendo que ese holgazán se despertara, y así era. Ya estaba listo el café y el pan. Una ocasión inauguraron un Chedraui muy cerca de su casa y me dijo una noche antes que iríamos a comprar y conocer la tienda. Al día siguiente, a las siete de la mañana, ya bañado y con cara de sueño, estaba congelándome afuera de la tienda esperando a que abrieran.

 

Creo que ese día, por ser el primero, abrieron a las ocho. Las cortinas de la tienda se fueron abriendo lentamente. Todos los empleados de la tienda estaban parados en dos hileras para recibir a sus primeros clientes. Al fondo una cámara captaba a todos (creo que éramos como seis) y lo que la cámara captaba lo proyectaba en una pantalla gigante que estaba al fondo. Unos mariachis empezaron a tocar una diana y yo estaba que me llevaba el diablo, claro, era un adolescente que le cagaban esas cosas. Mi abue, en cambio, a todos los saludaba de mano y les daba las gracias. Nos dieron café y galletas. Compró algunas cosas y nos fuimos de ahí.

 

Ella trabajaba en el Departamento del Distrito Federal (DDF). Se iba a las cinco de la mañana y regresaba a las dos de la tarde. En ese entonces yo iba en la preparatoria que estaba muy cerca de su casa. A veces me daba flojera entrar a clases y me iba a su casa, me había dado llaves de su casa años atrás para que fuera cuando quisiera y que no anduviera de “pata de perro”.

 

Algunos días iba con compañeros míos, tomaba dinero de sus escondites y pedíamos pizzas, cervezas y cigarros. Poníamos música a todo volumen y veíamos televisión. A la una de la tarde recogíamos todo, limpiábamos y abríamos las ventanas para que el olor a tabaco se fuera, y nos íbamos a la escuela o cada quien a sus casas. Cuando la veía me decía:

 

–Ya hay más dinero en los botes de leche y ya no fumes tanto por favor. Te lo pido, ¿si Muchito?

 

Así me decía, “Muchito”. Es una abreviación de muchachito. Luego ella se tomaba unas Carta Blanca conmigo.

 

Cuando tenía antojo de algo, una consola de videojuegos, algún aparato, o lo que fuera, bastaba con llamarle o irla a ver y decirle que había visto tal cosa y que me había encantado, pero que no tenía dinero. Ella solo me preguntaba cuánto costaba y me daba el dinero. A veces era tanta mi urgencia por comprar eso que quería y me decía que fuera a su trabajo por el dinero.

 

Cuando llegaba, ella volteaba a todos lados cerciorándose de que nadie me fuera a quitar el dinero y me lo daba adentro de un bolillo, como si fuera una torta, pero en lugar del relleno comestible estaban los billetes. Siempre le decía que me lo descontara de mis domingos pero nunca me descontó nada.

 

Ya cuando estaba más viejita la acompañe al aeropuerto para un viaje que iba a hacer a Colombia, me parece, y en la fila para documentar equipaje delante de ella estaba formado un joven que avanzó unos pasos pero su maleta la dejó ahí en el piso. Mi abue lo volteó a ver desconcertada y a su maleta en repetidas ocasiones, a lo cual sólo le dio una patada a su maleta, haciéndosela llegar. Me tuve que disculpar con el joven viajero.

 

De las últimas veces que llegó a ir a mi casa, después de subir tres pisos, ella ya estaba muy cansada y yo le dije:

 

–Ni aguantas nada. Y faltan seis pisos.

 

A lo que ella me respondió con su voz suave y delicada:

 

–¡Naaa pendejo!

 

Cuando había alguna fiesta o reunión familiar de hijos o nietos de sus hermanos yo la acompañaba. Me di cuenta que tenía una familia muy grande. Yo tenía primos o tíos que ni conocía. Ella se sentaba con las demás personas ya grandes y me decía que me fuera con los jóvenes a conocerlos. Conocí a varios primos con los cuales fumaba y tomaba cervezas a escondidas. Ya de regreso a su casa me preguntaba que cuántas cervezas y cigarros me había fumado.

 

En sus últimos días me quedaba a dormir con ella para cuidarla y por si necesitaba algo, ya que no caminaba muy bien y ya se le olvidaban las cosas. Ahora yo hacía ruido en las mañanas para que despertara y no sentirme solo. Ya le tenía listo el café y el pan.

 

Conoció a varias ex novias mías y a la que ahora es mi esposa, también a mis amigos, o mejor dicho, a mi mejor amigo, al cual se refería como “tu amigote”, y siempre le ofrecía frutas o dulces, según lo que tuviera a la mano.

 

Era de esas viejitas que ya al último lloraba como un niño para llamar la atención y yo la abrazaba mucho. Me decía que estaba muy orgullosa de mí mientras leía el Reader’s Digest, del cual creo que estuvo suscrita toda su vida. Le gustaba tejer mucho y me hizo chambritas cuando era bebé, bufandas y gorros. Ya al último me tejía, pero de colores vivos. Negro ya no porque no veía bien.

 

Cocinaba delicioso. Por ella conocí la cocina oaxaqueña y era buena maestra de cocina, por eso mi papá cocina tan bien. Ella siempre quiso tener una hija para enseñarla a cocinar y tejer, pero desgraciadamente la única que tuvo murió de recién nacida y tuvo cinco hombres por hijos. Mi padre, al ser el menor, heredó todas sus recetas y dones culinarios.

 

Un 31 de octubre del 2009 estaba en mi trabajo y me habló mi papá para avisarme que mi abue había muerto. Llegue a Félix Cuevas cabizbajo pero feliz porque ella lo había sido la mayor parte de su vida y había repartido cariño a mucha gente. Me paré junto a su ataúd y mentalmente empecé a cantar “Los peces en el río”.

 

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