La Alarma Sísmica, el nuevo despertador desapendejante de los capitalinos

Por Karenina Díaz Menchaca

 

Después del sismo del 19 de septiembre de 2017 en la ciudad de México, nada ha sido igual. El trauma post traumático se ha quedado en la psique de todos nosotros, los capitalinos.

 

No sólo quedaron restos, escombros y recuerdos, ha quedado lo mejor de todo: ¡ La Alarma Sísmica!, ese tono indiscutiblemente aterrador y  que se está convirtiendo en nuestro despertador eventual. Es como un desapendejante que nos recorre la adrenalina de principio a fin.

 

Cada vez que suena me imagino como un personaje de la novela 1984 de George Orwell, en donde una voz detrás de un micrófono, con un tono pausado y macabro repite: a-lar-ma  sís-mi-ca, a-lar-ma  sís-mi-ca .

 

Bajamos por un tubo de descenso como el de los bomberos ¡en chinga! hasta un búnker con todas las provisiones, mientras la ciudad arde y todos chillan. Mi hija y yo guarecidas ahí viendo una película con palomitas y una bebida refrescante que directamente se conecta en cuanto se activa la cochina alarma, pero ella y yo ahí felices, sin ver noticieros ni nada que destruya nuestro estado zen.

Los oigo quejarse: “si no me mata el temblor, me va a matar esta pinche alarma”, “me va a dar la diabetiissss”, “no manches, a penas me dio tiempo de ponerme zapatos”, “yo mejor ya me quedo aquí y me encomiendo a dios nuestro señor y que él decida”, “ya iba a empezar el debate cuando sonó la alarma”, “el pinche vecino bajaba con una pinche calma”, “ya no puedo más”, “yo me voy a largar de esta ciudad”, “no corran, ahí hay cables de luz”, “dame un pan pal susto”, “no comas dulce”, “ya me dio sed”, “pregunta en el guats cómo están todos”, “a ver ve en el tuiter de cuánto fue”.

 

Sólo se espera el nuevo ataque al corazón que altere los niveles de glucosa y baste  una semana  para salir del médico con una enfermedad nueva en la lista de la bitácora. Se vive con la resignante espera de la siguiente réplica.

 

Después salimos, agarradas de la mano,  a mirarlos a todos, van con las piernas temblando y con caras de arrepentimiento por todos sus pecados . Es como si se quedaran suspendidos o hipnotizados. Al poco tiempo, lo sucedido es un anécdota más. Se regresa a la normalidad,  a las tareas habituales. Los godinez de siempre van a lo de siempre, miran y miran su celular esperando no se qué, los niños, los perros, la gente en la calle, todos, salen de ese estado petrificante.

Vuelven a dar gracias, o no, y continúa la vida.

 

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