La caja idiota no es la enemiga

Por Astrid Perellón

Hay una práctica que me enseñaron de niña y que parecía difícil mantener de adulto.

Cuando veíamos películas o series, antes de que existiera la posibilidad de pausar la transmisión en tiempo real como ahora, mis papás silenciaban la TV en los comerciales para conversar sobre lo que estábamos viendo. Los pequeños de la casa los imitábamos en ese juego y opinábamos también.

Parecía que solo era para matar el tiempo durante el comercial pero, realmente, esa interrupción permitía que no nos sumergiéramos en emociones que no queríamos, o hiciéramos saber nuestras dudas, o conviviéramos. En suma, mis papás se aseguraban que usáramos la Caja Idiota para pensar, no para mantenernos entretenidas, bien portadas y calladitas.

De adulta, fue una costumbre difícil de compartir con mi pareja. Pausar la película parecía inadmisible. <<¿Qué no quieres emocionarte con la trama?>> No. Ningún medio exterior tiene por qué provocarnos una catarsis sin nuestro consentimiento. No tenemos que padecer el terror, ni llorar la tragedia, ni siquiera reír la comedia solo por el poder audiovisual de la premeditada psicología de los medios. Debe ser nuestra propia voluntad.

Pausar para conversar la trama pone las cosas en perspectiva. Se disfruta, se cuestiona, se atan cabos, se usa la inteligencia. Viéndolo así, la TV no es la enemiga sino nuestra inercia de dejarnos entretener. Podemos parecer raros a nuestra pareja o amistades pero ¿por qué querríamos ser igual a los demás si tenemos nuestra propia mente?

Retoma el control de tus emociones, en lugar de ser el títere del marketing como insinúa esa fábula del aquí y del ahora donde las enfermedades se descubrían no en un laboratorio ni en un hospital, sino en el despacho creativo de una marca de medicina que deseaba colocar su producto.

 

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