La desesperante espera

A propósito de la obre de teatro “Obsesión” de Ximena Escalante

 

Por Natalia Padilla Carpizo

Basada en el relato “Love`s executioner” de Irvin D. Yalom

Director: Enrique Singer

Del 6 de octubre al 19 de noviembre

 

En la obra hay muchas escenas memorables, pero para mí son dos los momentos que más resonancia me produjeron al lograr retratar la particularidad del desamparo que siempre aparece en el sujeto como excepción existencial, pero que es, sobre todo, el signo común que marca nuestra subjetividad. El desamparo atravesado por la esperanza de una palabra, de una caricia, que interrumpa por un instante la agonía en la que nos mantiene el abandono – ese abandono que se reactualiza, imparable, con cada nuevo cuerpo que se aproxima, nos ama, se hace amar, y finalmente se va-. Una esperanza y un abandono que son el mismo, el primero, pero que van cambiando de semblante para retornar con un nuevo rostro y un nuevo tono que repita la misma sentencia.

Esa es la paradoja que la obra evoca: la insoportable y necesaria soledad de la que nadie nos salva, y el amor como ese intento de promesa  que se cumple a medias, el amor que porta siempre su inminente ruptura.

No me parece lo suyo –lo de la protagonista de la obra- ni lo nuestro –lo que se haya en el extremo de alguna pasión- necesariamente una obsesión, ese término, ese diagnóstico, no abarca lo que ocurre cuando el deseo es suplantado por el goce y lo sublime y lo siniestro se anudan. Ambivalencia pura. Y entonces el nombre de ese accidente es lo de menos, nada lo alcanza.

Escena 1. Una mujer (Marina de Tavira, magistral dueña del personaje) con la cara rota de sufrimiento echa ovillo, en posición fetal, rodeada de vacío, llora sobre el diván-cuna, diván-tumba, diván-navío que se desplaza de una orilla a la otra, ante la silueta de su psicoanalista (Arturo Ríos, guapo guapo) que abre su oído como asidero y que lanza su voz y su silencio como cuerda salvavidas. La mujer, siguiendo un ritmo intermitente, lanza su queja al otro, él la sostiene y se la devuelve organizando una extraña trama, un tejido de memoria y fantasía hecha a cuatro manos.

Escena 2. Una mujer con rasgos de Penélope y Vladimir, espera ante el teléfono cada año la llamada que la salva y la condena, la llamada que le da y le arrebata el sentido de su vida. Ella levanta el auricular, mantiene una conversación durante unos escasos segundos y cuelga para entregarse nuevamente a la espera, aferrada al hilo de la voz amada cada vez más vaga. Así de absurda, ridícula y terrible es nuestra desesperante espera de ser hallados.

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