La Dicha, con mayúscula

Por Karenina Díaz Menchaca

 

Imprevista, como una sonrisa frente a la muerte, me seduce tan tiernamente que cuando a penas me percato, ya me va abandonando de la misma manera. Caminando en la calle, o incluso caminando hacia cualquier sitio dentro de cuatro paredes, o conduciendo, o sentada mirando llover desde las ventanas que dan al balcón de mi apartamento, o en la oficina revisando correos, en la regadera con todo y mis prisas y en las acciones del día a día que por más que lo deseo, no cambian. Allí se aparece.

Es un gato jugando a que soy su presa, me acecha lenta pero absolutamente. Me rocía de su perfume azucarado etéreo. Cuando llega me sostengo de mi propia fragilidad humana y es justo en esos instantes que me vence. Me debilito, aunque enseguida traté de revirarlo con la fuerza que da la cordura y la sensatez.

Esos momentos son muy breves y llegan a cuenta gotas. No puedo negar que la extraño tan pronto me abandona como a un amante apasionado y me quedo quietecita con las últimas sensaciones demoledoras.

Absorta de plenitud, como mirar el mar en un crepúsculo con la mente en blanco. La confianza del desnudo frente al espejo con la juventud más esplendorosa de los veintes. La lunada en el bosque con fogata y los besos que nos hacen perder la respiración. Me hace sentir ligera, sobre todo, eso. Levedad.

La dicha, sentir dicha no es lo mismo que decir “estoy feliz”, “estoy contenta”. La felicidad, casi como el odio, están sobrevalorados. La sensación de sentir dicha es un regalo divino que nos viene a comunicar desde algún recóndito mundillo que aquí  estamos de paso, pero que hay un cuerpo prestado que expone sus emociones. Por eso su levedad, su minúsculo tiempo en nuestra consciencia.

Como aquel colibrí frente al girasol, en ochenta aleteos por segundo, así la dicha revuela alrededor de nosotros, a veces, tristemente, sin que nos demos cuenta y es que están, la dicha y el agradecimiento unidos matemáticamente.  Sentir dicha es, personalmente, el más claro de los mensajes de que estamos vivos y en paz. Quiero aclarar, que la dicha no es el hedonismo ni la algarabía de una fiesta en la madrugada con los amigos, esa es recreación. La dicha no nos viene de nosotros, es un premio. Somos la bonanza de algo más que nos conecta al mismo tiempo con el infinito. No lo sé, eso creo.

@kareninadiaz

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