La Esperanza, espina dorsal de un pueblo magullado

Por Karenina Díaz Menchaca

 

Estoy en la mesa de una fondita en la Narvarte, casi van a dar las 3 de la tarde, mis vecinos de esta fast food mexicana son unos oficinistas,  hombres, los acompaña una sola mujer que ya fue buleada porque se le ocurrió decir que ella es de las que siempre lleva su comida, “¿entonces qué haces aquí?”, copeteadas risas fluyeron después de su torpe confesión.

Dieron sus puntos de vista sobre los candidatos presidenciables, en espera del tercer debate, se mofaron de cada uno de ellos: Mead, Anaya y Amlo fueron por un rato presas de una mesa redonda en un juego de 7 sillas que disputaron a su manera de ser seria, algunas propuestas o algo así. No podría decir con exactitud qué dijeron, porque aunque me encanta el chisme, esta vez no estaba tan atenta.

Yo me pedí una cremita de espárragos nada despreciable que estaba disfrutando mucho, luego vendría un filete de pescado empanizado y más bien pensaba en la cantidad de pan que ya había ingerido durante el día, así que decidí….comérmerlo, con frijoles negros, ¡muy rico!, con una agüita de frutas y una lluvia que no cesaba, lenta, pero yo con un pinche chalequito, me estaba congelando, porque yo no sé de frío, a mí pónganme en un sartén.

Minutos después, mi oído volvió a la mesa contigua. El tema ya era la Selección Mexicana en el Mundial. Aquí sí, la testosterona bailaba. No es que las mujeres no sepamos de futbol, pero la  chica de la mesa se veía medio mamonsita, me la caché hablando con un ‘compañerito’ de otras cosas, al cabo que ni la pelaban, bueno yo ni sé de futbol tampoco y de mamonsita pues también.

Los chicos desfilaron sus conocimientos futbolísticos, describiendo partidos, jugadas, anotaciones, fechas, en fin, una salpicadera de emociones y de recuerdos en donde el deporte mexicano por excelencia tiene una gran afición.  De pronto tuve un pensamiento de último momento, así como las alertas noticiosas, de esos flashazos que el Facebook ya ha invadido la memoria colectiva. Cuando alguien ha posteado por este escenario virtual cada vez más casero: “¡ahora resulta que ya todos son expertos en política y en futbol!”.

Sin embargo, me dije a mí misma: ¡Momento!, pero claro que hay muchos expertos, ¿o que sólo son los llamados líderes de opinión los que deben saberlo todo? Si escuchamos a la gente de a pie, empezando con los amigos (que no sean periodistas, ni politólogos, “porque ellos todo lo saben y todo lo leen”), a la familia, al de la tienda, la mesera, el que nos encontramos todos los días de camino al trabajo. El grueso de la población, hablo de éstos, los que hablan con su mucha o poca información, los que sacan sus propias conclusiones  de acuerdo a su estilo de vida, su ambiente, su salario, sus necesidades desde su comodidad o incomodidad están ahí, sufriendo y creánlo o no, con ningún pelo de tontos, algunos serán ignorantes, otros con escacez de estudios, pero la mayoría tienen algo que – para quienes casi hemos perdido la fe en la humanidad- nos vienen a restregar, desde un comedor económico- que a pesar de todo, es decir, a pesar de los malos partidos políticos que nos han gobernado y pese a las pésimas actuaciones de la Selección Mexicana, tienen esperanza.

Vino a mi memoria un párrafo de Svetlana Alexiévich – periodista bielorrusa, ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2015, en su libro La Guerra No Tiene Nombre de Mujer,-  en donde una de las sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial, Tamara Lukiánovna, confesó a la autora: “Hace tiempo que mi padre no está, pero yo le sigo amando. No les hago caso a los que dicen que la gente como él eran unos tontos y unos ciegos por creer a Stalin, porque temían a Stalin. Porque creían en las ideas de Lenin. Porque pensaban como los demás. Créeme, eran buena gente, eran gente honrada, no creían en Stalin o en Lenin, sino en las ideas comunistas. En un socialismo con rostro humano, así lo formularon luego. En la felicidad para todos. Para cada uno de nosotros. Eran soñadores, idealistas, pero no eran ciegos. Nunca estaré  de acuerdo, ¡Por nada del mundo! A mitad de la guerra ya disponíamos de buenos carros de combate y aviones, contábamos con un buen armamento, no obstante, sin la fe  jamás hubiéramos vencido a un enemigo tan terrible como el ejército de Hitler , un enemigo poderoso, disciplinado, que había conquistado toda Europa. No hubiéramos podido romperle la espina dorsal. Nuestra principal arma fue la fe, no el miedo, le doy mi palabra de comunista”.

¡Ay, la esperanza!, un maestro a quien admiro mucho, catedrático de la UNAM, José Molina, nos recordó en Facebook el mito: “Zeus le da un regalo al hombre, una mujer, Pandora, con una caja que contiene todos los males del mundo, y le dice a Pandora que no la abra, pero su curiosidad la vence. Abre la caja y salen todos los males, menos uno: la esperanza, y de allí viene el dicho de la esperanza muere al último, pero ¡es un mal!”

Más que fe, en México hay esperanza, porque nuestro nacionalismo es pura baba de perico. Es chafón la verdad y es lo que nos ha destruido desde hace décadas. Creo que Amlo quiere pasar a la historia como uno de los mejores gobernantes mexicanos. Yo también espero que así sea, aunque yo no le tengo fe, al menos queda mi esperanza – ya que parece ganar la elección-  de que sí nos heredé por generaciones la semilla de labrar una mejor tierra. Aunque parezca comercial de la camioneta Cheyenne: ‘mijo, algún día todo esto sera suyo’. ¡A ver si cierto apá!

Y bueno, los vecinos de la mesa se fueron y yo me quedé con mis pensamientos, de cómo en la calle observamos y escuchamos las charlas que verdaderamente interesan, para complementarlas con las de siempre, con las que miramos cada día en nuestra ajetreada cotidianidad.

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