La eterna carga, el enorme fardo de la adolescencia en México

CRÓNICA

Por Argel Jiménez

La escuela es una cualquiera como las muchas que hay al norte de Ciudad de México. Es una secundaria oficial de tiempo completo. El zaguán se abre al tercer toquido. El conserje, un señor obeso, de pelo y barba con canas, da la bienvenida de manera afable.

En el patio, que está inmediatamente después del zaguán, un grupo de alumnos de segundo año toma clase de educación física. Es la 1:45 pm y el sol cae a plomo. La mayoría de ellos juega en la cancha de basquetbol, los equipos son mixtos y sus rostros lucen bañados en sudor. Van de un lado para otro siguiendo a quien tiene el balón.

A un costado de la cancha, otros tres pubertos extremadamente delgados hacen barra en un tubo que luce muy oxidado. Suben y bajan tres veces cada uno para dar paso al que sigue. El esfuerzo que hacen se nota en sus rostros al gesticular en demasía. Los dos que están abajo quizás platican de los primeros besos y amores. Sus risas picaras los delatan. También aprovechan para tocar sus apenas inexistentes músculos de los brazos.

Al otro extremo de la cancha de basquetbol, cuatro adolescentes juegan con un balón de fútbol color naranja. Los gajos de esférico lucen desechos, al grado que predomina más el color negro de la cámara. Se la pasan de un lado para otro (dos están de un lado y otros dos enfrente de ellos, como a unos ocho metros de distancia) y patean el balón de manera displicente.

La maestra de educación física trata de no perder de vista a todos sus alumnos. El que también observa a la distancia es el prefecto que está cerca de la chicharra. Faltan cinco minutos para que inicie el receso y el sol ya resulta insoportable. En el patio sólo hay cuatro bancas que las cubren cuatro pequeños árboles de los rayos del sol.

La secundaria está compuesta por dos edificios, uno frente a otro y, en medio, la cancha de basquetbol, que funge como el patio escolar.

Llega la hora del receso. Poco a poco empiezan a salir los alumnos de sus salones. La cooperativa se abarrota de manera inmediata para comprar papas fritas, dulces y boings. La señora encargada de la cooperativa se ve abrumada por la cantidad de pubertos que piden con enjundia la comida chatarra que ofrecen, pero ella con, gran destreza, los va despachando uno por uno.

En la sombra de un edificio, otra señora completa el desbalanceado menú gastronómico con la venta de paletas y sándwiches de hielo. Junto a ella, otra señora ofrece quesadillas y pambazos. Aquí la alimentación sana no existe.

El bullicio que generan los estudiantes se encuentra en su apogeo. Son fáciles de identificar los tres diferentes grados escolares: los de primero de secundaria se corretean entre ellos, pasando cerca de las parejas de novios que van agarrados de la mano.

Algunos de segundo año caminan cerca de los chavos y chavas que les gustan. Y los de tercero ocupan todas las bancas de concreto. Unos platican entre ellos y los demás echan novio. Los veinte minutos se hacen insuficientes para platicar, correr y besar.

Suena la chicharra y los grupitos de mujeres se van despidiendo de los hombres que las miran con la misma intensidad que ellas. Las parejas se despiden con besos apasionados, porque la espera de una hora y media para la salida se hace eterna en esa edad. Los prefectos los van conminando a pasar a su salón, para que el patio quede en silencio.

Los impartidores de talleres de alguna Institución de la Ciudad de México esperan a que les asignen, después de mucho deliberar de los directivos de la escuela, un salón en el tercer piso, en tanto los alumnos esperan en los salones la llegada de sus profesores que, poco a poco, empiezan a llegar. El calor no cede y la mayoría se ha despojado de sus suéteres de color verde.

Ya con el salón asignado, las talleristas caminan hacia el tercer piso. En el trayecto se puede observar cómo los alumnos activan el sistema de aire acondicionado de última generación que les hace no sufrir la opresión del sol. Un huacal o un bote que algún día tuviera pintura o impermeabilizante, y que ahora funge como bote de basura, son utilizados para detener la única ventana que se abre y que permite correr el aire casi inexistente del mes de mayo.

El salón que les asignan a las impartidoras del taller tiene una reja de malla ciclónica y una puerta de herrería que resguarda lo que hay ahí dentro, que resulta ser un salón sin una “personalidad” definida.

No tiene pizarrón y un escritorio para poder dar clases, ni un piano para poder ser salón de música. En una de las paredes se puede ver una pequeña biblioteca con dos hileras de huacales pintados de color blanco y libros amontonados sin ningún orden bibliográfico, llenos de polvo de hace mucho tiempo, esperan a que un lector inexistente los tome entre sus manos. Al lado, en la otra pared de la magna biblioteca escolar, hay dos archiveros viejos y vacíos.

En otro costado yacen en el suelo tres colchonetas de gimnasio viejas y seis almohadas sucias. Sobre una de ellas una Catrina hecha con cartón mira el ir y venir de los ahí presente, y en la última pared unas seis mesas y unas veintisiete sillas están apiladas una arriba de otra. En la mera cumbre, coronan la cima dos sombreros de charro. A un lado se encuentra la pantalla de una computadora de principios de siglo. El color blanco ahora luce de amarillo por el paso del tiempo.

Las impartidoras del taller se apuran a colocar el material didáctico que utilizarán, al igual que las mesas y sillas que están apiladas. Todo tiene que quedar listo antes de que lleguen los alumnos.

El equipo de trabajo lo conforman tres bellas mujeres de veintitantos años de edad. Los talleres tratan temáticas que son de interés para los chicos de secundaria y que permiten a las impartidoras y a los receptores de la información darse cuenta del nivel de valores que aplican, tanto a nivel familiar, de amistad y en las relaciones de pareja.

El salón es un infierno en la tierra por el calor acumulado, y eso que todavía no llegan los veinticinco adolescentes que entran platicando y alguno que otro comiendo.

Llegan los jóvenes, los que ya saben cuál es la única ventana que se pueden abrir. Se apresuran a poner en este caso un huacal para que el escaso aire fluya. El calor ataranta hasta al más vivarachón.

Mientras las monitoras toman la asistencia, los chavos platican y se carcajean entre ellos. Los apodos empiezan aflorar: “El Maluma” resulta ser el que recibe mayores miradas de las mujeres; “El Monkiki” es el adolescente que tiene un parecido a un mono araña; “El chaqueto” se distingue por su extrema delgadez y su aparente debilidad, y el “Niño de diez años” es el alumno más bajito del salón, que alardea (según sus compañeros) a la menor provocación que su familia son miembros de la Familia Michoacana.

La mayoría echa relajo, mientras un grupo de seis alumnos (tres hombres y tres mujeres) lucen serios. Los juegos bruscos que tuvieron en el receso hacen ver los estragos en su uniforme con manchas de boing de uva, pero la más dañada resulta ser una de las adolescentes que entra al salón de forma robótica. La causa es porque trae un dolor intenso en el cuello por un empujón que le dieron. En la enfermería sólo creyeron pertinente ponerle un paliacate de color verde que funge como collarín.

Todos se limpian el sudor por estar en ese salón-sauna. La acción de sudar ayuda a que, poco a poco, todos queden adaptados a la alta temperatura que se siente.

Las dinámicas empiezan y tienen como propósito que se salgan un poco de la rutina escolar, para que por medio de ellas se vayan dando cuenta de alguna carencia en valores que no permiten la sana convivencia en todos los ámbitos de la vida.

Hoy están de suerte las talleristas. La respuesta que tiene el grupo es buena. Con la “chispa” y ocurrencias propias de su edad contestan y participan en todas las actividades que les proponen. Por medio de las dinámicas implementadas, salen a flote los contextos de violencia y los ámbitos nocivos en los que conviven en su día a día.

La temática de la relación de pareja es una de las que más gusta. Ponen atención a todo lo que conlleva el convivir con una novia o novio, sobre todo en lo concerniente a la violencia que se puede ejercer dentro de ella. No hay que olvidar que, según datos del año pasado de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), una de cada tres mujeres en América Latina ha sufrido violencia en algún momento por parte de su pareja.

Algunos de ellos llegan a contar experiencias en corto, que le pasaron “al amigo de un amigo”. Las talleristas sólo aconsejan que deben salirse de esa relación nociva lo más pronto posible.

También tocan el tema de los valores familiares y de la amistad, siendo estos últimos los que más les importan. Valoran mucho la ayuda ofrecida por un amigo o amiga en los momentos difíciles por los que pasan. Repudian la traición y festejan los momentos de alegría vividos en reuniones y fiestas.

“El Monkiki me cae bien porque siempre se mocha con las chelas y la mois”, dice un alumno que se lleva la mano a la boca y hace como que fuma marihuana. Según datos de la Unesco, en el mundo uno de cada cuatro adolescentes de 13 a 15 años ha consumido alcohol en los últimos doce meses.

Termina el taller y las monitoras conminan a que se cuiden y traten de llevar lo que ahí les impartieron en su vida diaria. Faltan cinco minutos antes del cambio de clases y el prefecto pregunta cómo les fue a las talleristas. Ellas contestan que bien, que tuvo aceptación todo lo que plantearon.

Una de ellas interroga al prefecto de cómo son los alumnos de esa secundaria. Él se sincera y dice que “son muy desmadrozos”, que tiene miedo de llamarles la atención, ya que hay veces que a la salida de la escuela los esperan para retarlos a golpes. La tallerista le pregunta que cuántas veces le ha pasado eso. Él contesta: “No me ha pasado a mí, sino a un compañero de otra escuela”.

El prefecto hace cuentas y dice que todavía le faltan diez años para jubilarse. En su rostro se refleja angustia. Y prosigue: “Es que los papás quieren que en la escuela nosotros los eduquemos, mientras ellos no colaboran en nada. De hecho ustedes (las monitoras y el Instituto de donde vienen) nos cayeron del cielo, ya que tenemos un montón de materias que no tienen maestro”.

El prefecto ve su reloj e interrumpe la plática. Tiene que ir a tocar la chicharra para anunciar el término de la clase.

En el salón sin “personalidad” definida hay unos cuestionarios arrumbados en una caja. Son más de cien. En ellos se pregunta si han probado drogas o alcohol, si son infelices, si en su entorno familiar y social hay violencia, si han pensado en el suicidio.

En varios de ellos hay una o varias de esas respuestas afirmativas, suficientes para poner en alerta máxima a los padres, madres y maestros, si es que estuvieran al pendiente de ellos.

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