“La gente muere colgada o de infartos, no de Covid; eso no existe”

Por Rivelino Rueda 

TEPOZTLÁN.- El convencimiento es tanto, que Doña Natalia hasta podría persuadir a cualquier despistado que no sepa que su afirmación es descabellada. La anciana pellizca envalentonada la masa sobre el comal para untar la manteca al sope de frijol.  

Levanta la vista y la fija en los ojos ajenos a esa tierra. Reta a que la contradigan. 

“La gente que se está muriendo no es por coronavirus. Mueren de otra cosa. Eso es un engaño. En la semana un muchacho de acá arriba, de un gimnasio, apareció colgado, y eso lo cuentan como si hubiera muerto de coronavirus. Eso no existe”. 

La trenza maciza de la señora de 65 años es de orfebrería milimétrica. La diligencia en la preparación de los antojitos tepoztecos va más allá de la artesanía. Los “acorazados” de chile relleno o las quesadillas de “aba” (sic) tienen la peculiaridad de provocar adicción.  

Pero también su charla. Firme. Como un regaño.  

“¿Qué a poco cree en eso del virus?” 

*** 

Ya agarró confianza. Eso es bueno porque Doña Natalia es correosa en su carácter de viuda por decisión propia y de abuela sin descendencia. El portón de su casa es negocio, morada, punto de reunión, confesionario y absolutorio.  

La anciana de rasgos asiáticos y tobillos quebrados es chamán y matriarca. Emite sentencias cuando esparce el queso rallado en el maíz fresco o salsa de limón en la “gordita” humeante de frijol terroso.  

Todos la escuchan. Todos asienten con la cabeza a la sentencia, al fallo de la poblana que fue raptada por un hombre del que estuvo enamorada y que se la trajo, hace medio siglo, a este cinturón de montañas lajadas en cobre. 

*** 

“Si se enferma no vaya a esos hospitales del gobierno. Ahí los matan. Nadie sale vivo de ahí. Mejor quédese en su casa para aliviarse”. 

–¿Por qué dice eso? 

–Eso es lo que están recomendando desde el inicio. 

–Al contrario, lo que están recomendando es que, si hay síntomas, se vaya uno corriendo al hospital… 

–Pues no. De ahí salen muertos. Ya hasta cerraron el de aquí (Centro de Salud de Tepoztlán). Si quiere vaya a ver. 

–¿Entonces dice que se mueren de otras causas, no de Covid? 

–Si. Eso no existe. Cuando inició esto un muchacho se ahorcó acá arriba, en un gimnasio. La semana pasada también un señor de por aquí cerca, que tomaba mucho, también apareció colgado. 

–Y de Covid no hay muertos entonces… 

–No. Mueren de infartos, de derrames, de viejos. De ese virus no. Es pura mentira. 

Manuela, la muchacha regordeta que prepara las tortillas hechas a mano, asiente y sonríe. Los discos blanquecinos y humeantes reposan soñolientos en el enorme comal. Luego se inflan. Luego sueltan un tufillo agradable cuando se les da la vuelta.  

Doña Natalia es incisiva y, a veces, hasta provoca que los clientes se quiten el cubre bocas por su sermón anti pandémico. Regaña sin regañar. Adoctrina sin adoctrinar. Acomoda la historia de los enfermos y los fallecidos a su antojo. Despacha dos “acorazados” de torta de papa, uno de torta de espinaca y tres de chile relleno. 

–¿A poco usted sí iría a morirse a un hospital, bueno, a que lo maten? 

*** 

Es el día del regreso al “semáforo rojo” en el estado de Morelos. El día de las compras de último momento para la cena de Navidad. El día del tianguis, la plaza central y el mercado atestados. No puede ser de otra manera. La economía de la zona depende en gran medida del turismo.  

Parar es suicida. Aquí y allá se escucha: “O morirse de hambre o morirse de Covid”. 

Doña Natalia sabe de ello. En los primeros meses de la pandemia el municipio cerró su contacto con el exterior con bloqueos en las entradas y las salidas. Sólo pasaba el lugareño y sólo pasaba con salvoconducto.  

Si no fuera porque su cocina ya se ha hecho su fama en la comunidad, la anciana ya hubiera cerrado el pequeño local en céntrica callejuela de General Prisciliano Rodríguez. Ahí regañan al cliente, pero también ahí apapachan el paladar y las tripas.   

Hoy, 24 de diciembre de 2020, Tepoztlán, según el Tablero Nacional de casos Covid-19 de la Secretaría de Salud federal, contabiliza 134 casos confirmados de coronavirus desde el 28 de febrero, 128 registros sospechosos y 18 defunciones.  

Todas, según Doña Natalia, por otros padecimientos porque “eso (la Covid) no existe; es un engaño”. 

*** 

–¿Tiene de cuitlacoche? 

–No. Eso sabe re feo. 

Doña Natalia corta de tajo el antojo invernal. Aquí no hay reglas sanitarias. No hay gel anti bacterial. No hay cubre bocas. No hay lavamanos. No hay ni temor a dios. Mucho menos a un pinchurriento virus. 

Los tobillos lacerados de la anciana dan brinquitos de un lado a otro. Son una especie de amasijos de huesos, nervios y músculos triturados que se desparraman hacia afuera de su cuerpo. Los milenarios zapatos negros ya están amoldados a esas formas extrañas.  

La mayoría de las abuelas del pueblo tienen ese padecimiento ancestral, que se cincela en cada pisada, en cada pendiente, en cada callejuela, en cada ringlera de piedra del laberinto chinelo. Doña Natalia no baja la guardia con aquello de las “mentiras pandémicas”.  

–¿O usted conoce a alguien que se haya muerto de eso? 

–Si. Un tío y varios conocidos. 

–¿Murieron en su casa? 

–No. En hospitales. 

–Ya ve. Ahí los matan. 

*** 

Los betilos reverberan en cada rincón. Escaleras lunares. Ríos subterráneos. Fosas sépticas. Escurrimientos que esculpen cañadas y desfiladeros. Campanarios fracturados por el último terremoto. Tejidos excéntricos en cinabrio y mercurio. Carne salada y chapulín chamuscado. Alacrán crujiendo en comales luciferinos. Pistilos de flor de calabaza atorados en las encías de viejos chimuelos.  

El novenario cancelado de Juan Andrés Galindo Gómez por la declaratoria de “semáforo rojo” en el estado de Morelos. El millonésimo estruendo en el cielo por la pirotecnia decembrina. Los atrios desolados por la peste de todos los tiempos. 

Doña Natalia en lo suyo, en el toque artesanal de su sazón culinario. Único. Exquisito. El sope sencillo con manteca, crema, queso y salsa de limón. La gordita de requesón con haba amarilla.  

El enojo que no es enojo, que es actitud matriarcal. El agarrarle el modo a la anciana. El antojo del diabético reciente. El tema habitual, el de este año, el que se quedará para siempre. 

–Se los llevan enfermos a Cuernavaca o a Cuautla, los meten a esos hospitales del gobierno y los regresan muertos… 

–Oiga, pero entre que si sí o que si no, usted debe de cuidarse… 

–No hace falta. Eso no existe. Aquí uno se muere de viejo o de otras cosas. No de esa mentira. 

*** 

El sardinel apuntala la escalera de piedra. Al fondo una lavadora oxidada, con costras de tierra. Más allá tres pilas de cajas de cerveza y refrescos empolvados. Acá, saledizos con gaseosas nuevas, altamente tóxicas, con sus dos o cuatro sellos de advertencia.  

Pero también acá lo valioso es el humo que emana del comal; lo que expulsa vahos y volutas de maíz, de frijoles tiernos.  

Faltan unas cuatro horas para la cena navideña. Lo sentimos. Esto sencillamente no se perdona. Es la esencia de la esencia de la cocina en tierras zapatistas. Doña Natalia se deja querer en eso de los elogios. La mujer de ojos orientales y trenzas lunares es venática en sus arrebatos culinarios y pandémicos, pero lo es con una sevicia dulce, maternal, candorosa. 

Los trupiales picotean la pulpa de los zapotes despanzurrados en la vía de piedra. Millones de asqueles transportan el suculento caparazón de un escarabajo tornasolado. El perro sarnoso y famélico husmea en cada resquicio de tierra. El gallo desquiciado que canta un amanecer a las cuatro de la tarde. La voz estentórea de Doña Natalia, que da los últimos toques al itacate del fuereño. 

–Ya se han de haber enfriado los tacos de chile relleno. ¿Tiene cómo calentarlos? 

–Sí, en una sartén… 

–No le creo. Los ha de alentar en microondas. Así no saben. A ver, préstemelos… 

–¿Y si tiene Covid y me contagia? 

–Fácil. Se cuelga de una viga. ¿De cuál salsa me dijo que iba a llevar? 

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