La guerra contra la poesía

Por Antonio Rosales

“Ser antisistema, ahora mismo, es leer poesía; es adquirir cultura, ser autodidacta. (…) Ser antisistema es querer producir arte. Los invito a que lo sean, que tomen la herramienta más elemental para la creación, que es un papel y un lápiz. Es lo único que necesitan”
Avelina Lésper

En la era de la hiperconectividad permanente, la adicción a lo banal y la conversión del Homo Sapiens a Homo Videns y Homo Multitasking, estamos acostumbrados a pensar sin razonar, a opinar sin discernir, a escribir sin corregir, a prometer sin comprometernos, a emocionarnos pero no a sentir, a coger sin hacer el amor, a enamorarnos pero no a amar, a ver sin observar, a comer sin paladear, a oír sin escuchar. Y rápido, para cumplir con un mundo que exige eficiencia autómata y omnipresencia (mental y física) si no queremos quedar fuera de algo que nunca alcanzamos.

La epidemia global de eyaculadores precoces, impotentes crónicos, adictos, analfabetas funcionales, adultos infantilizados, niños precoces y psicópatas encumbrados, así como de enfermedades de transmisión sexual, trastornos alimenticios, de ansiedad y de déficit de atención, no son más que síntomas de un sistema que nos mantiene corriendo cual hormigas intoxicadas con hongos alucinógenos, en una cinta de Moebius sin preguntarnos el porqué.

La filosofía, la poesía, el estudio de la Historia y las bellas artes en general, son vistos como mero adorno para pararse el cuello, un entretenimiento ocioso para almas pretenciosas, una excentricidad de bohemios inadaptados y un peligro para el mercado, porque la reflexión y las sutilezas le estorban al consumo irracional.

La obsesión por el «usese y tirese» también domina el periodismo, que comúnmente se decanta por notas insulsas que el público pueda digerir tan pronto como un meme, y relega al reportaje y el periodismo de largo aliento porque son más difíciles de comercializar, amén de exigir mayor concentración para ser apreciados y una mayor inversión en su realización.

A la par, la lentitud y la inactividad son lujos porque cada segundo tiene precio. La plenitud se confunde con el éxito socioeconómico. La calma y la paz son sacadas de contexto, se distorsionan y terminan estigmatizadas como algo propio de mistícos, raros, locos, huevones, vagos, inconscientes o idiotas, porque la pausa es herejía ante la deidad neoliberal del progreso hiperproductivo.

La poesía, que brilla y habita en instantes de espontánea atemporalidad, sobrevive agónica contra un sistema empeñado en aniquilarla.

El holocausto contra la lírica es más causal que casual, lleva décadas y se da por varios frentes, empezando por el sistema educativo que la ha expulsado de las aulas por considerarla inútil para conseguir un empleo (de esos que dan status fast track), pasando por la imposición constante de canciones carentes de cualquier noción de narrativa, metáfora, alegoría, ritmo, armonía y sintaxis básica (en algunos casos, hasta de letra), y terminando con la prostitución del lenguaje, que se refleja en la masificación del vocabulario reducido, en la simplificación (o ausencia) de discurso, en la cada vez más común imposibilidad de dotar de coherencia un enunciado, en la extinción del ingenio en el lenguaje coloquial, y en la necesidad de disfrazar con gifs, stickers y emoticones el temor al pensamiento abstracto, la incapacidad de dominar la palabra escrita y la pereza para escribir o leer textos largos.

Los sofistas y demagogos del siglo XXI ya han devaluado la palabra misma mucho más que a cualquier moneda.

Por eso se publican libros que no aportan (escoja el libro del primer famoso que le venga a la mente, el poemario de la actriz Laura Zapata o la autobiografía de Laura Bozzo) mientras los escritores con talento, pero sin contactos, son ignorados. Por eso los premios, las becas y los puestos en la burocracia cultural, salvo excepciones, suelen estar monopolizados por los mismos favoritismos que contaminan el resto del mundo laboral, en detrimento de la meritocracia que urge en este país.

Por eso, más allá de partidos, los gobiernos neoliberales derrochan en los mismos círculos culturales de siempre (¿Enrique Krauze y compañía, cof, cof?), en vez de aumentar y emplear eficientemente el presupuesto de educación pública; porque es más útil tener intelectuales orgánicos que legitiman el status quo que invertir en hijos de proletarios, que puedan exigir cambios de fondo y no solo de forma. Por eso, gracias al expresidente Enrique Peña Nieto, en México hemos pasado a una educación entregada a las grandes corporaciones como Televisa, tal como publicó la revista Contralínea en su reportaje “Clubes de estudio, el negocio privado que promueve la SEP”. Importa más formar empleados al servicio de los grandes capitales, que seres humanos que cuestionen.

Por eso muchos miden la literatura en dogmas institucionales, ventas, modas, intercambio de favores y cuotas de poder, ya no en la capacidad de crear, investigar, analizar o conmover. Por eso ya nadie dice «Te doy mi palabra», porque la palabra ya no vale nada.

La guerra contra la poesía inició con el fin del aprendizaje holístico, que la divorció de la filosofía como expone André Gide en su novela Los inmoralistas cuando un personaje dice:

– ¿Sabe usted por qué ya no se lee poesía ni filosofía?- y no tarda en responderse a sí mismo: – Porque la filosofía abandonó a la poesía como recurso estético y sensible de su lenguaje, y la poesía a su vez desechó la reflexión y la experiencia como parte de su discurso; pero a la vez ambas dejaron de lado la vida, la vida concebida en algún momento de la antigüedad como una obra de arte, como un todo integral.

La guerra contra la poesía continuó con la cultura de la terapia, la autoayuda y la sacralización del Ego en su aspecto más pernicioso. Con la destrucción de parámetros y jerarquía de valores, y la creación artística como pabellón de hospital psiquiátrico, el arte y la poesía se convirtieron en una galería de los horrores que se vale de una falsa experimentación para dar por bueno solo lo que la intelligentsia apruebe.

En esta era del capitalismo emocional como la llamó Eva Illouz, las emociones son banalizadas. Se desechan la métrica y la metáfora, se desprecia la técnica en la poesía y en el afán de comercializarlo todo, no hay más criterios que la moda y los favoritismos institucionales.

Los exabruptos sentimentales, semilla de inspiración para la mayoría de los poetas, son medidos, cuantificados, clasificados y estigmatizados en estas sociedades de Estado Terapéutico, como las llamó el antipsiquiatra Thomas Szasz. La catarsis se pierde, y se sustituye por sesiones de terapia, antidepresivos y ansiolíticos. La receta médica suple al poema, se le pide a la persona que se dedique a algo socialmente más aceptable que la poesía y los conflictos son anestesiados por fármacos que solo le ponen una camisa de fuerza al alma.

La guerra contra la poesía es hija de un neoliberalismo que desprecia y nos ha enseñado a despreciarnos. La poesía es sentimiento y el buen empleado no siente, aunque su salario sea miserable, su jefe lo trate mal y su actividad lo haga infeliz.

La guerra contra la poesía ha florecido gracias al pasmoso estado del periodismo cultural, el cual adolece de un tufo aséptico y acrítico que no permite avanzar. Nadie quiere incomodar al de a lado, y todos avalan lo que las vacas sagradas impongan como obra de arte aunque sea basura.

La guerra contra la poesía avanza de forma acelerada e inmisericorde, porque nos hemos olvidado de la relación de la poesía con las matemáticas, la Historia, la memoria, y hasta los ciclos de la vida y el ritmo de nuestra respiración. Porque, a veces de forma consciente y otras inconsciente, escribir un poema requiere calcular el ritmo de las vocales y memorizar uno es mnemotecnia pura.

Para parar esta guerra, necesitamos rescatar a la poesía, rescatar la vida (nuestras vidas, las de los demás, las del planeta), jugando a la muerte, porque la poesía se alimenta de la danza, ritual y oscilante, entre ambos polos. Solo necesitamos despojarnos de la gruesa armadura de insensibilidad que usamos diario para encajar en sociedad. Claro, si es que entre tantos eufemismos y mierda de las grandes maquinarias del consumismo y la desinformación, aún nos queda espacio para la autenticidad.

Y después, solo basta con acercarse sin prejuicios a los libros de poesía. Será difícil si nunca lo hemos hecho, pero nunca es tarde. Habrá que aprender a distinguirla, ya que en las redes escasea, y las bibliotecas y librerías cada vez le asignan menos espacios. Espacios cada vez más pequeños, más estrechos, en los rincones menos visibles.

No se encuentra al poema indicado a la primera, ni todos los poemas están hechos para nosotros, por lo que habrá que buscar, leer, abandonar unos y releer otros, muchos libros de poesía.

No es necesario entusiasmarse con la miel y flores que desprenden los versos de Gustavo Adolfo Bécquer y Rubén Darío, que no solo de amor, besos y corazoncitos se escribe. La poesía es un universo mucho más amplio que el amor cortés o romántico.

Basta enfrentarse y exorcizar nuestros claroscuros demonios internos con los poemas de Edgar Allan Poe, Sylvia Plath, Anne Sexton, Verlaine y Baudelaire. Basta enfrentarse con el humanismo de Nezahualcóyotl, el barroquismo fascinante de Luis de Góngora, el conceptismo de Francisco de Quevedo, o con esa musa genial y delirante que fue Sor Juana Inés de la Cruz. Basta dejarse envolver con Emily Dickinson, Federico García Lorca, Salvador Novo, Walt Whitman o Kavafis. Basta encontrar a Rosario Castellanos, Octavio Paz, Rubén Bonifaz Nuño, Pita Amor. Basta encender una hoguera en el corazón con Efraín Huerta, León Felipe, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Pablo Neruda y Miguel Hernández, que la protesta alimenta la lírica porque gritar contra la estupidez y el abuso también es poesía.

Leer poesía es rebelarse a la estulticia, a la deshumanización, a la falta de imaginación, a las ideologías prefabricadas en que quieren encorsetarnos el cerebro para que no cuestionemos la chatarra que nos ofrecen. Leer poesía es negarse a que se muera la originalidad, es enorgullecerse de tener sangre en las venas. Leer poesía es rebelarse al bombardeo de exigencias que nos impiden sentir, pero también al silencio inerte de la apatía y la depresión.

Leer poesía (en voz alta y en silencio), escucharla, pensarla, sentirla, dejarnos seducir por su musicalidad, estar dispuestos a conmovernos con sus pasiones, dejarnos arrastrar por el vértigo de sus historias e imágenes. Porque leer el poema indicado es entregarse a la comunión desnuda entre autor y lector, sin intermediarios, sin necesidad de creer en nada, más que en la experiencia misma.

La poesía es un lenguaje en sí mismo. Una lengua en vías de extinción, como el latín. La poesía es el idioma de las pasiones, las emociones, los sentimientos y la belleza. Es el campo fértil a través del cual germinan y florecen el abanico de texturas, colores, matices, sabores y sensaciones más diverso que podamos imaginar; es el vehículo donde lo sórdido, lo sublime, la locura y la razón, pueden expresarse hasta generar armonía. Resignarnos a su muerte, es resignarnos a la muerte de la experiencia humana, que ilumina el sendero del sueño, la razón y las libertades.

La poesía no nos salvará de la inmundicia de las calles, del afán bélico de quienes lucran con la violencia, de la depredación descarada contra la naturaleza, de las luchas de poder disfrazadas de causas nobles, de la frivolidad que promueven quienes quieren un pueblo ignorante, del imperativo neoliberal de prostituir todo lo que nos hace humanos, del sadismo soez que da popularidad a los imbéciles, de las crisis que destruyen naciones enteras al capricho de la Bolsa, del clasismo malnacido de las mentes vacías, de la comentocracia que bajo eufemismos rimbombantes aplauden la dictadura escondida de las oligarquías, del dogma institucionalizado siempre dispuesto a cercenar el pensamiento crítico, de la mediocridad servil que se arrodilla ante el poder, de la guerra de baja intensidad que es la convivencia cotidiana, del hambre y las injusticias que hay en el mundo.

La poesía no nos ha salvado de todo eso, ni lo hará nunca. Solo puede salvarnos de nosotros mismos para trascender como individuos, con todas nuestras virtudes y maravillas, pero también con todas nuestras miserias y limitaciones.

Y en esta posmodernidad de hipocresías, placebos, espejismos y privatizaciones, en que todo tiene un alto costo, vale la pena recordar que la poesía es gratis y no pide nada, más que nuestra atención.

*21 de marzo, Día Mundial de la Poesía, propuesto por la UNESCO en 1998.

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