La guerra de los simios… el imbécil, salvaje

Por Armando Martínez Leal

@armandoleal71

 

Para mis amigos, mis carnales Víctor y Edgar

con devoto amor.

 

Ya sé que sólo agrada

quien es feliz. Su voz

se escucha con gusto. Es hermoso su rostro.

El árbol deforme del patio

denuncia el terreno malo, pero

la gente que pasa le llama deforme

con razón

Brecht

 

Si sois abatidos,

¿qué quedará?

Hambre y lucha,

nieve y viento

¿De quién aprenderéis?

De aquel que no caiga.

Brecht

 

Walter Benjamin consideraba que era imposible seguir teorizando bajo el paradigma dominante de la ciencia, por ello no le interesaba la construcción de nuevos planteamientos teóricos para la compresión de lo humano, sino abordar el entendimiento de su contemporaneidad desde otras categorías y betas humanas no abordadas por el discurso dominante. Así reflexionó sobre lo humano desde elementos culturales, la literatura, la plástica, las artes escénicas, la fotografía y el cine, que se colocan en el centro de sus reflexiones. La manera en que el creador da cuenta de su presente tiene elementos que no han sido estudiados, pero fundamentalmente al no aspirar a la Verdad, nos permiten entendernos cabalmente.

Hace unos días se estrenó en México la tercera entrega de la saga El planeta de los simios, la memoria invade los pensamientos, décadas atrás un estreno de aquella memorable película inunda mis recuerdos. El leitmotiv de la película es la relación entre la humanidad y la naturaleza, en este caso con el amplio mundo de los primates, que va desde orangutanes, gorilas, chimpancés, gibones, monos de cola blanca, monos sin cola, monos capuchino… A todas luces el filme es un ejercicio autoreferencial, desde que Charles Darwin elaboró su centenaria teoría sobre la evolución y que tuvo como punto de inflexión que los humanos devenimos de los monos. A la humanidad los monos se le han vuelto un enorme conflicto.

Más allá de los establecido por Darwin, es necesario identificar que cultural y morfológicamente se ha creado un lazo entre simios y humanos. Hollywood nos ha heredado esa paranoia sobre la naturaleza, llevándola a su dimensión más demente, o bien ha explotado ese ancestral miedo en torno a la physis. Ya Parménides y Heráclito en su poesía daban cuenta de esta fuerza que se mueve afanosamente, sin control aparente, bulle dicen los poetas presocráticos… la physis bulle, de lo que los rimadores dan cuenta es de una fuerza inconmensurable, perenne, pero a la vez infinita. La physis no muere. Sin embargo Parménides y Heráclito saben de la transmutación del concepto de physis al de naturaleza, lo cual es bajo su conciencia pretérita un terrible drama, una gigantesca pérdida.

La physis ha muerto… la naturaleza muere, como su fuerza incontrolable, su espíritu indómito, el hombre está en el centro de la creación. Morfo, antropomorfo… la exaltación del hombre por el hombre: antropocentrismo. En ese instante la humanidad le declaró la guerra a la naturaleza, su dominio se centra en su explotación, al grado más álgido del exterminio. La cultura occidental dicta que el poder humano tiene su base en el control y eliminación del Otro. Ese otro por el cual los presocráticos se lamentan.

En el lamento esquizofrénico hollywoodense, la naturaleza es el enemigo de la civilización, el chivo expiatorio de nuestros delirios, pero también son los Otros: mujeres, negros, homosexuales, pobres… árabes (entelequia de algo que no acaba de resolverse en lo musulmán). La pedagogía hollywoodense se sustenta en la lógica de los enemigos de la humanidad blanca, aria, caso emblemático es la celebrada La La Land: una historia de amor (2016). Cuando la sociedad norteamericana confrontaba al fascismo americano, la elite blanca de California decidió sublimar sus miedos en la panorámica, el amor irresoluble y el musical como fórmulas de evadir un embate civilizatorio. Como Jano, también está Moonlight (2016), donde el hábitat de los negros miserables es abordado magistralmente por su director Barry Jenkins, quien a partir de una figura monadológica, Chiron su infancia, adolescencia y madurez… Chiron y su sensibilidad castrada, Chiron un homosexual virgen. Chiron un narcotraficante amoroso.

Pese a Jenkins y cientos más, la esquizofrénica industria cultural sigue su decurso, reificando el proyecto civilizatorio de la eliminación del Otro. El planeta de los simios nos regresa a esa pulsión, la explota casi gloriosamente, es con escasa diferencia, porque detrás de esa vehemente reflexión se esconde una matriz chabacana. Hoy Hollywood explota pusilánimemente el horror que implica la eliminación de los monos. ¿quién es más civilizado, amoroso… Caesar, el macho alfa de la manada, o el delirante coronel del grupo paramilitar Alfa-Omega, personificado por Woody Harrelson —quien rinde un magistral homenaje al coronel Walter E. Kurt, ese enloquecido ser que Marlon Brando logró en Apocalipsis Now (1979)— al espectador se le coloca en la disyuntiva ético-moral de situarse en alguno de los dos bandos… el de la naturaleza o bien aliarse con su raza.

Pero la disyuntiva es a todas luces falsa, porque puede moralmente optar por los simios, sin embargo, su traza ya ha tomado un bando desde antes, se ha declarado en contra de la naturaleza, pero también en contra de su especie. El planeta de los simios evade con engañifas moralinas y de manera irresponsable la embestida que nuestra contemporaneidad de manera aguerrida le ha declarado al Otro. Lleva al espectador a horrorizarse por lo que la humanidad hace con los simios, pero ellos han sido desnaturalizados, no son bestias, sino en la mutación como pulsa, del proyecto ideológico han “evolucionado”, son casi humanos, pero no lo son, como tampoco son naturaleza, porque ella ha muerto, ha sido desarraigada brutalmente, no sólo por la evidente violencia que se ejerce contra ella, sino porque ya no necesita ocupar un espacio en el escenario.

Bertolt Brecht planteaba que el arte, la estética tenía una función pedagógica, el bosquejo es a todas luces problemático, al mismo Benjamin se le convirtió en un nudo gordiano (La obra de arte en su época de reproductibilidad técnica, 1936), frente al papel que el Nacionalsocialismo hizo de la estética. Lo cierto es que el creador es una conciencia crítica de su tiempo, no pude rehuir su función social, no puede renunciar a que su transmutación de la angustia, que implica vivir el presente, sea fetichizada tranquilamente.

Vivimos tiempos de oscuridad, degustamos alborozadamente el menú que se nos presenta, lo tragamos sin molestia alguna, como engullimos palomitas, coca-cola ligth, chocolate light… somos unos tragones de basura light, pero nuestra actitud no es pasiva, sino cómplice. Nos aterramos frente al dilema entre simios y humanos, pero mientras, olvidamos a los casi 260 mil muertos de la guerra contra el narcotráfico, hemos deshumanizado a los caídos desde nuestra cómoda butaca de lujo, no son personas, no son monos, si lo fueran tal vez tiernamente nos asombraríamos, tomaríamos distancia de la escena y emitiríamos una condena.

Tal vez a los casi 260mil muertos deberíamos identificarlos como simios… a los de Tamaulipas como chimpancés, a los de Culiacán como primates, a los de Michoacán como orangutanes, a los del Estado de México como gorilas, a los de Veracruz como monos capuchino, a los de Guerrero como gibones, a los de Chihuahua como monos de cola blanca, a los de Morelos como monos sin cola, tal vez así la gente se consternaría como lo hace desde su cómoda butaca al ver cómo asesinan a la familia de Caesar.

Sin embargo, nuestra condena es congraciarnos estúpidamente, nuestra condena es olvidar la sentencia que pende sobre nosotros… en la lista de aquellos que habrán de sobrevivir no está la ignorante clase media mexicana que se regocija en su panfletaria existencia; tampoco los millones que vivimos en la pobreza y en la extrema pobreza; todos iremos a parar en algún momento al paredón del proyecto civilizatorio que implica la eliminación del Otro.

El fascista americano es el vocero, que como bestia histérica, grita exultantemente el fin de nuestros tiempos, su discurso insiste en la eliminación del Otro. Ese otro ha sido identificado como mexicano, no sólo el moreno, sino el mexicano entero. Todos somos Bad men, como lo son los negros que inundan las cárceles norteamericanas. Ala lista de los que es necesario eliminar están: los musulmanes, los homosexuales, los pobres, todos aquellos que por el simple hecho de ser distinto ponen en peligro su existencia. Las fuerzas armadas mexicanas también tienen la instrucción de eliminarnos, así lo han comprobado investigaciones periodísticas.

La consigna de la guerra letal es ELIMINAR. La guerra de los simios ha sido declarada ¿quién es el simio? ¿quién el árbol torcido?… y ¿quién será el que sobrevivirá?… de aquel que aprenderéis.

 

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