La magia, los sueños, los monstruos y la lucha diaria en la Central de Abastos

Por Daniela Gómez Lecuona.

Fotos: Edgar López (Archivo).

Son 27 pasillos, donde tus sentidos explotan al máximo. Tu visita la recordaras por las frutas y verduras frescas del día. Los olores de las flores y la comida preparada, sin olvidar los gritos enérgicos de los comerciantes que te obligan a voltear por sus divertidas frases.

Diariamente, el mercado más grande de Latinoamérica recibe a 500 mil personas, esa cifra es la misma que huye de Guatemala, El Salvador y Honduras al año, con el único destino de cruzar la frontera, buscando una mejor calidad de vida.

Recientemente, la Central de Abasto celebró su 35 aniversario. Desde La Sonora Dinamita hasta sonido La Changa se hacen presentes. Funciones de lucha libre en el estacionamiento. Y una que otra palomita para calentar la garganta.

Este evento es organizado cada 22 de noviembre por los dueños de las bodegas. Ellos pagan la contratación de cada grupo musical que caracterizan esta festividad.

Agustín S., comerciante de la Central, expresó: “Antes era más bonito, en las bodegas se organizaban misas, hacían barbacoa y carnitas, venían las familias. En las mañanas se repartía atole y tamales. Hasta para llevar te daban. Ahora el alcohol cambió todo”.

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La Central de Abasto, ubicada en la delegación Iztapalapa, tiene una superficie de 3.27 kilómetros cuadrados, casi el doble del país de Mónaco, el principado europeo occidental que cuenta con 1.95 kilómetros cuadrados.

El movimiento no para. Todo empieza a las 10 de la noche, cuando se les permite la entrada a los camiones con mercancía y se descargan en los estacionamientos de cada bodega. La fila es enorme, abarca todo el abecedario en forma horizontal, y del uno hasta el 190 de forma vertical por cada letra.  De ese horario hasta las cuatro de la mañana, los “diableros” inundan las naves para transportar el producto que recién llegó.

El equipo de trabajo de estas personas, es decir, el “diablito”, es adaptado con llantas más grandes y materiales más firmes para darle soporte a las largas y pesadas jornadas laborales. El sueldo oscila entre los 300 y 400 pesos por noche, depende de cuántos kilos muevan.

“Hay personas mayores que cargan hasta 600 kilos y los chiquillos empiezan con 30. Son niños que dejan la escuela para ganar algo de dinero”, explicó el comerciante.

En toda la nave de la J, se aproxima un total de mil 500 trabajadores. La tercera parte son niños provenientes de zonas de bajos recursos y estados como Oaxaca, Chiapas, Guerrero e Hidalgo.

“También hay niñas, pero en su mayoría son niños”, agregó Agustín.

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Para entrar a la Central, los vehículos deben de pagar una cuota, ya que desde hace 15 años se instalaron casetas de cobro. Los carros autos pagan 10 pesos, las camionetas 20 y los camiones 70. El dinero recaudado lo maneja la administración, encabezada por Sergio Palacios Trejo, actual coordinador de la CEDA, que tomó el cargo en marzo de este año.

Agustín desde hace 33 años trabaja en la Central, y en ese lapso no ha visto ninguna remodelación y mantenimiento en las instalaciones.

De acuerdo a un trabajo de investigación publicado en el periódico Milenio, para el tema del alcantarillado se necesitan unos 450 millones de pesos y para la impermeabilización de las naves, arriba de unos 200 millones.

“Necesitamos que pavimenten el estacionamiento, hay muchos baches y se encharca, dificultando la movilidad”, criticó Toño, compañero de Agustín.

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Otro tema que es delicado y pocas veces abordado es la inseguridad, que aqueja a todos por general. Clientes, empleados, bodegueros, son las víctimas principales de los delincuentes.

 El modus operandi más conocido es el “apagón”. La luz de las naves desparece desde las cuatro hasta las seis y media de la mañana. Nadie sabe si las apagan o se va la luz.

“De momento te quedas parado, no ves nada, la gente comienza a chiflar, los rateros saben que, a esa hora, la gente compra, entonces hay mucho dinero. Entre la obscuridad de pronto te jalan a un rincón con arma y debes de soltar todo. No sabes ni quién fue. Puede ser incluso un ‘diablero’, ya que se saben todos los movimientos de adentro”, narró Toño.

“Hay policías, pero cuando hay robo se desaparecen”, añadió su amigo de trabajo.

Víctor G., empleado de seguridad de la Central, dice que existen asaltantes que llegan al Ministerio Público, pero son liberados al poco rato por órdenes de su jefe, cuyo nombre no quiso revelar.

“Ya conocemos a las ratas. Está la banda ‘Los Oaxacos’, ‘Los Pelones’, ‘Los Tepis’ y los de Iztapalapa”, reveló Víctor.

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Es una zona de riesgo. La inseguridad crece día con día. La muerte está latente en cada pasillo de este gran mercado.

“Diario se reportan casos de asesinatos. Normalmente son los que se resisten a ser asaltados. Otros por deudas o un ajuste de cuentas. A la administración llega una alerta (chisme) y se comunican con autoridades para que manden ambulancias y patrullas, pero hay veces que llegan helicópteros”, apuntó Víctor.

“Los 365 días hay muertos”, enunció Agustín, quien comenta que a él le pasó que “llegué a mi bodega y nos estaban esperando seis hombres, jóvenes y adultos. Nos acorralaron a todos en un rincón. Nos encañonaron, incluso a la cafetera. Me pidieron diez mil pesos, pero no tenía nada. Me confundieron de persona. Les di los 500 que llevaba en la bolsa”, contó con voz temblorosa.

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Entre voces de la Central hay muchas historias, entre ellas la de un misterioso Casino que está en el sótano de una bodega. Adentro se manejan fuertes cantidades de dinero, alcohol y prostitución. No hay requisitos, no hay permisos, cualquiera puede entrar, sólo tiene que guardar silencio.

Otra de ellas surgió en la comida. Los famosos tacos de guisado “Doña Ángela”. Es curioso este caso, porque al tener todos los ingredientes a su mano, prefirió utilizar carne de perro. Dos bodegueros fueron a dar al hospital, ya que presentaron salmonelosis después de haber ingerido esos tacos.

“Mí compa sospechó del color de la carne, pero el hambre pudo más. Pidió tres de alambre con queso y a los minutos pidió la ambulancia, ya no se pudo mover”, dijo Toño entre risa y risa.

A las autoridades les llegaron varios reportes de personas afectas. Hicieron una investigación y comprobaron que Ángela sí vendía carne de perro. Como consecuencia le clausuraron su negocio y ya no volvió.

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El antecedente de la Central de Abasto radica hace casi 600 años, cuando se fundó el mercado Tlanechicoloyan, aunque en realidad fue construida porque La Merced ya no respondía con eficacia a las demandas de quienes compraban, ocasionaba congestión vehicular y era difícil descargar los camiones.

Abraham Zabludovsky fue el encargado de dar forma a todo este complejo comercial, que surte a la Ciudad de México, ya que el 35 por ciento de los alimentos que se consumen en la metrópoli fueron comprados en la CEDA.

Una bodega mide seis de ancho por veinte de largo. La renta del lugar tiene un valor de 80 mil pesos mensuales. Puede ser rentado entre una o varias personas.  La compra de una de estas bodegas se estima de los 15 a los 20 millones de pesos.

Vicente Fox, el ex presidente de México, es dueño de tres bodegas, en las cuales se vende papa. Por su parte, la periodista Lolita Ayala cuenta con dos espacios, en los que tiene empleados destinados a recolectar lo que para otros ya no sirven, con el objetivo de hacerlo llegar a su fundación.

“Son como pepenadores, preguntan qué fruta o verdura ya no vamos a vender para llevarlo a sus bodegas y separarlo”, contó el comerciante Sanguino.

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Al ser un terreno tan amplio, lleno de productos, se genera toneladas de desperdicio. Y se acumulan de ocho a 15 días. Los camiones de basura se rehúsan a pasar porque argumentan que no reciben paga.

“Es horrible, el olor es insoportable. Las ratas parecen conejos, se alimentan bien, hay veces que es imposible caminar por los montones de basura. Cuando ya no caben en los contenedores, la gente puerca la pone en los pasillos de salida”, reclamó Víctor.

Las autoridades no hacen nada, ellos aseguran que trabajan, pero sus inspecciones no sirven de nada. En el suelo del estacionamiento existen grietas desde hace tres meses, provocadas por el sismo del 19 de septiembre. Pero la administración no ha acudido a ese lugar y argumenta que todo está bien.

“La tierra se abría 40 centímetros y se volvió a unir. Pensé que iba a morir”, sentenció Agustín.

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Son tantos pasillos, tanta gente, tantos productos, que parece interminable hacer las compras. Igual de imposible suena creer que es otra pequeña ciudad con los mismos grandes problemas que nos aquejan todos los días.

La experiencia es única porque resalta la diversidad de productos mexicanos. Reúne el trabajo de campesinos, camioneros, ‘diableros’ y empleados que se esfuerzan por tener la mejorar calidad, sin importar los retos que aparezcan. Ellos quieren continuar con una tradición tan mexicana, como lo es un mercado.

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