La mudanza imperceptible de un hombre

Por Daniel Lara Hernández

Foto: Cortesía

Y de la nada, se hace la luz.

Él abre sus ojos. La blanca luminosidad lo destella. Él, tratando pesadamente de incorporarse, voltea hacia cualquier parte, intentando encontrar sentido a lo que estaba viviendo. Pero no hay nada. Solo mar. Solo mar y arena. Y nada.

Hincado, apoya sus dos manos en la suave arena y ve cómo se hunden lenta y delicadamente entre los diminutos granitos. Siente cómo se deslizan sigilosamente por entre sus dedos y en el canal que hay entre carme y uña. Le gusta esa sensación, como a todos.

Mientras se encuentra en esa posición procura recobrar sus fuerzas, pues siente como si hubiese dormido por mucho tiempo y tuviera que recordar cómo mover su cuerpo.

Se levanta poco a poco, aún con la cabeza gacha, y al meter sus pies dentro de la imagen que sus ojos estaban captando, nota que trae puestos sus zapatos favoritos, esos que siempre ha procurado mantener boleados. Son negros.

 

Es en ese momento y ya con un movimiento más firme, que logra levantarse por completo y, sorprendido, observa que está vistiendo su mejor traje. Una camisa inmaculada con un planchado impecable, una corbata que, cual cascada, desciende imperturbable hacia su cintura, unos pantalones lisos, delgados, de esos que acompañan muy bien a las piernas en días de calor y un saco, de tiro amable, abrazando su cuerpo como guardián de su alma. Y a un costado, una pequeña mochila, un portafolio quizás. No pesa mucho, pero algo en su interior le dice que no lo abra. No lo hace. Lo toma.

Él observa. Mar. Mar y arena.

Se dispone a caminar a lo largo de la interminable playa, unión de dos antiguos espíritus. Mientras camina lo acaricia una suave brisa. Él podría casi jurar que se trataba de la mano de algún antiguo amor. El contacto es suave, casi imperceptible, lo siente más en el corazón que en la piel.

Camina y camina y lo único que puede ver es el mismo escenario repetirse una y otra vez, infinito. Irremediablemente comienza a sentirse ansioso, asustado, pero es plenamente consciente de que no debe dejarse ir por los susurros de la desesperación y, por lo tanto, se serena y se detiene.

No hay nada, no se escucha nada. Solo hay mar. Mar y arena. Y silencio.

Algo en él cambia. Un escalofrío recorre su cuerpo de extremo a extremo. Se sacude, pero la sensación se hace cada vez más intensa. No siente miedo y ya no siente ansia, ahora un peculiar instinto se apodera de él, como si en un instante ya no se sintiera perdido. Y camina de nuevo, mas ya no hacia los costados. No. Ahora camina hacia el frente. Hacia el mar.

Con cada paso que da la brisa se torna cada vez más fuerte. Y el mar camina también y se dirige hacia él. Dos cuerpos a punto de colisionar. Él no siente miedo. Su respiración es suave, sus ojos inertes y su determinación inquebrantable. La brisa lo azota. Lo que antes eran cariños ahora son golpes. Pero él sigue. Él no se detiene. La arena se acaba, se despide. El viento ruge, furioso. El mar abre su boca…

Y ahí está él. Entero. Con su traje y su portafolio, cuyo interior desconoce. Ahí está. Parado. Pero no hay arena bajo sus pies, hay agua, hay mar.

Ya no siente desconcierto. Y, tal vez sea mejor así, sin dudar, sin preguntar. Después de todo, ¿quién le daría la respuesta?

Él camina. Derecho, sereno y con su suave respiración, quien es su única acompañante.

A lo lejos alcanza a divisar algo. No puede distinguir qué es lo que podrá ser, pero dentro de él, debajo del manto de tranquilidad, una tenue luz de alegría se enciende. Apresura su paso, entregándose de nuevo a la incertidumbre, pero esta vez, con un beso de esperanza en sus labios que, por más que tratan, no pueden impedir que una ligera sonrisa tome forma.

Conforme se acerca, aquello que no podía distinguir se vuelve más claro. Pero no. No puede ser.

–Es imposible- pensaba. Aquello se volvía cada vez más cercano, pero no para su mente. Sus ojos lo acercaban y su cabeza se lo llevaba. No. No podía creerlo.

¿Por qué?, se preguntaba. ¿Por qué sus deseos lo habían traicionado de esa manera? Él se detiene. Él observa. Dos escaleras. Una apuntando al lejano y superior horizonte, y otra, cuyo final se ocultaba en las profundidades del mar.

Él observa. Hay mar. Hay mar. Y hay dos escaleras.

No siente miedo. No siente esperanza. Y aquella tenue luz de alegría se esfuma por completo.

Pero es ahí, en medio de todo, en el centro del mar y frente a la decisión que debe tomar, que ese instinto, frío y cálido a la vez, ese instinto que lo empujó y lo hizo caminar de frente, ese instinto que le dio las respuestas a unas preguntas imposibles, ese instinto lo toma de la mano otra vez.

Él lo siente. Él levanta la mirada. Él camina. De frente. Con su impecable traje, con su cascada ondulando cual bandera en popa de algún navío. Con su portafolio en la mano. Sereno. De frente. Él camina.

Artículos relacionados