La Navidad que se nos ha esfumado

 

Por Carlos Alonso Chimal Ortiz

Foto: Mónica Loya Ramírez

A la rorro nene, 
a la rorro ro,
duérmase mi niño,
duérmase mi amor. 

Arrorró, mi nene; 
arrorró, mi sol;
arrorró, pedazo
de mi corazón. 

Siempre me ha gustado esta época del año en el que todo es felicidad. La mayoría de las personas está sonriendo. Digo la mayoría porque a unas cuántas les llega como un aire de tristeza por varios motivos, pero a mí me encanta.

A finales de noviembre ya me empiezo a poner feliz, pero llegando el seis de enero todo sigue normal, con muchas ganas de que llegue noviembre de nuevo, y así llevo varios años.

Hubo una navidad que cenamos con la familia de mi papá. Yo tenía como unos 14 años más o menos, estaba en esa época en la que siente que nada ni nadie te merece.

Además, en esa ocasión alguien tuvo a bien poner una película y todos sentados sin platicar, viendo la televisión con una hueva que se mezclaba en el piso con los de al lado.

Esa hueva ya era algo así como una mezcla de todas las huevas. Una hueva colectiva. Y para acabarla, alguien llevó una caja de cervezas Noche Buena, esas cervezas de época que es algo pesada. Pues a las nueve y media de la noche ya todos estaban dormidos en los sillones. Algunas señoras despiertas arrullaron al niño en silencio para no despertar a los demás, si sentías que ibas a despertar, escuchabas que estaban arrullando al niño Dios…

Este niño lindo 
ya quiere dormir;
háganle la cuna
de rosa y jazmín.

Háganle la cama
en el toronjil,
y en la cabecera
pónganle un jazmín
que con su fragancia
me lo haga dormir.

Los ojos se te volvían a cerrar y todos jetones, hasta el niño Dios.

Despertamos como a las dos de la mañana y nos fuimos a nuestras casas a seguir durmiendo.

Yo creo que todos la pensaban para ir al recalentado, pero por la tradición y un poco a fuerza, al otro día como a las dos de la tarde todos bien descansados y bañados ya estábamos ahí.

Mi papá sí pidió amablemente que no encendieran su pinche televisión y que mejor pusiéramos música. Buena idea. Empezó la comida. Ya comíamos con ritmo, flexionando las rodillitas y como que más alegres que la noche anterior.

La sidra ya se estaba terminando, pues lo que sigue. Yo empezaba a fumar y me salía con mis primas y fumábamos a escondidas con alguna cerveza o sidra. Mi tío, que en paz descanse, preparaba caldo de camarón para los crudos del recalentado. Fue una noche buena muy aburrida, pero una navidad muy divertida. Eran las cuatro de la mañana y todos seguían bailando.

Esa vez hubo recalentado del recalentado.

En esa época había más posadas. Cerraban las calles y la gente rompía piñatas, los niños jugaban y guardaban sus dulces y frutas en algún pico de la piñata o en bolsas del supermercado.

Este año no he visto ninguna posada. Se están perdiendo las tradiciones. Esas bonitas tradiciones de incendiarle el cabello a la de adelante con una velita mientras se entonan las letanías, arrullar al niño, el ponche, etc.

Yo tenía como siete años y mi papá le estaba pegando a la piñata. Los gritos no lo dejaron escuchar que los dulces estaban cayendo. Me aventé hacia la cascada de dulces y¡MADRES! Sólo vi estrellas y todo negro. Estaba tirado en el pasto con sangre en la cabeza. Mi padre, con un ojo destapado del paliacate que le cubría los ojos, me miraba con ese ojo atónito. Me pusieron azúcar en la herida de la cabeza, algunos cuchicheaban.

–Es que la cabeza es muy escandalosa…

Lo bueno que tiene la cabeza dura este chamaco…

Todo eso yo lo escuchaba bastante bien. Llegué a pensar que por el golpe tenía una especie de súper poderes y podía escuchar lo que la gente normal no podía. Lo peor de todo es que después del golpe pues no recogí ningún dulce ni nada. Todos se abalanzaron sobre el botín y lo único que me llevé fue ese madrazo en la cabeza.

Pero aunque pasen esas cosas, sigue siendo mi época favorita del año. Espero que podamos comer todo lo que queramos sin engordar, brindar y beber sin resaca y cantar y bailar sin cansarnos.

 

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