La Obrera, un cachito del orgullo chilango

Por Marcia Chi Barrales

La Obrera. Cuentan que esto alguna vez fue una glorieta. En ocasiones, si a un taxista mayor y experimentado se le informa que el destino es la calle de Rafael Delgado, entre Eje Central, Lázaro Cárdenas, y Bolívar, éste responde casi al instante “¡La glorieta del Tío Sam!”

Sí, el Tío Sam… Alguna vez aquí fue un cabaret.

Ya sólo queda una rebanada, y remodelada, glorieta. Este edificio de la colonia Obrera es ocupado, claro, por un sindicato: el de los Trabajadores de la Educación. Estas puertas que alguna vez cobijaron los bailes de Tongolele y mantienen vivo el mito de haber sido escenario de juergas entre el “Flaco de Oro” y su compadre Pedro, acompañados por Malgesto, sirven hoy de punto de reunión entre personajes desconocidos que gustan de manejar automóviles de lujo.

Los carros se lavan a diario, se guardan y se intercambian a placer de los propietarios. Hablo en masculino porque jamás he visto, en este punto, a persona que no lo sea. Aquí, donde convergen las colonias Doctores y Obrera, alguna vez se pretendió un ambiente de glamour y fiesta. Actualmente sólo se deja ver la opulencia desmedida e insensata.

A pesar de lo que se diga de ella, la zona es muy transitada. Sobre el Eje va el Trolebús, por debajo está el Metro, la Línea Verde con la estación Obrera, y la Café con Lázaro Cárdenas. Las calles paralelas son tan largas como conocidas: Bolívar, Isabel la Católica, 5 de febrero y Calzada San Antonio Abad o Calzada de Tlalpan. Como ustedes prefieran, como la conozcan.

Seis calles después de los límites entre la delegación Benito Juárez y Cuauhtémoc, está esta calle que suele imaginarse como tierra de nadie. Carga no sólo con el problema de convivir frente a una de las zonas más estigmatizadas de la ciudad, debido al comercio de autopartes que se practica. También carga con los propios.

Alguna vez se le escuchó decir al pintor Carlos Cuevas, quien vivió sus primeros años en la Obrera, referirse a sus habitantes como “salvajes” que solían resolver sus problemas “a balazos”.

Esa práctica ya no se usa, sin embargo, el ambiente muchas veces puede ser hostil para quienes no lo conocen.

En esta misma esquina que guarda historias y mitos de noches de fiesta y baile, últimamente se habían dejado ver personas, ambigüedad necesaria, ejerciendo no sé bien si la prostitución o el comercio sexual, léase a Marta Lamas si la diferencia no se entiende. Pero la remodelación de calles y banquetas pareciera haber roto su punto de clientela. Ya no se les ve.

Al llegar a la siguiente esquina, la que da con la calle de Bolívar, el entorno se transforma. De noche o de día, las banquetas son ampliamente ocupadas por sus colonos, ya sea que quieran ir a la farmacia, la ferretería, la recaudaría o la papelería. Todos son pequeños negocios atendidos, casi en su totalidad, por sus propios dueños.

Esta colonia, la Obrera, en la zona centro de la Ciudad de México, se estableció a finales del siglo XIX y principios del siglo XX y se convirtió en el hogar de muchos artesanos y obreros industriales. A principios de los años ochenta, algunas fábricas de costura aún estaban allí, pero el terremoto de 1985 en Ciudad de México destruyó la mayoría.

En las primeras décadas del siglo XX fue uno de los barrios más importantes a medida que la industrialización se apoderó de la ciudad. Fue aquí donde los hermanos Ricardo y Enrique Flores Magón organizaron el Partido Liberal Mexicano y publicaron un periódico llamadoRegeneración a partir de 1900.

Durante el terremoto de 1985 en Ciudad de México, un taller llamado “Topeka”, en la calle Manuel José Othón, fue escenario de muchas muertes. De acuerdo con la revista Proceso, cuando los trabajadores de rescate llegaron al edificio, los propietarios ya tenían prisa en derribarla, sin tratar de rescatar o recuperar a las costureras que estaban atrapadas en su interior.

150 cuerpos de trabajadores, aproximadamente, ya habían sido arrancados de los restos por otros trabajadores con sus propias manos. El colapso de esta fábrica expuso las condiciones deplorables de quienes ahí trabajan: se supo que las costureras tenían que trabajar horas extendidas con poca o ninguna compensación.

Pocas personas conocen la historia, y aún menos la recuerdan. La mayoría prefiere pensar en la panadería “El Sol” y la pastelería “D. Henaro”, comercios que concentran los números más altos de clientela.

La primera con dos o tres filas por día que esperan los panes recién horneados, y la segunda que genera tráfico vehicular a casi cualquier hora, ya que sus pasteles y gelatinas son motivo de espera diaria y un verdadero calvario cada 10 de mayo.

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